Jaime Bayly.
Jaime Bayly.

Mañana viajaremos a Nueva York. Queremos visitar a mis hijas mayores. Hace meses que no las veo. Las extraño mucho.

Llevaremos a nuestro perrito de apenas tres meses. No sé cuán complicado será viajar con él. Me preocupa que se asuste en el avión. Cuando nos lo mandaron desde Iowa encerrado en una jaula en el área de carga del avión, llegó traumatizado. Espero que este viaje le sea leve. Por supuesto estará con nosotros en la cabina, y no abajo con las maletas.

En Nueva York he perdido extrañamente tres pasaportes. También he perdido el corazón. El primer pasaporte lo perdí en un viaje con una novia. El segundo lo extravié cuando fui a ver un programa de Letterman. El tercero creo que se me cayó en un taxi cuando estaba de visita con mi esposa. No sé por qué he perdido tantos pasaportes en esa ciudad. Debe de ser por la premura, el estrés, el vértigo que resultan inevitables estando allá. O tal vez simplemente porque soy un idiota.

También he perdido el corazón en Nueva York. Me he enamorado más de una vez y no he sido correspondido. Creo que me perjudicó ser gordito y no darme cuenta. Pero esa es otra historia.

Nos alojaremos en la parte alta de la isla de Manhattan, al este de Central Park, a distancia caminable de ese parque alucinante. Mis hijas viven en la parte baja, como casi todos los jóvenes, pero a mí me gusta el aire tranquilo y señorial de la parte alta, cerca del gran Central Park. No concibo pasar por Nueva York sin caminar por Central Park y perderme en sus meandros, senderos y vericuetos, y sentarme en sus bancas a ver las nubes y admirar aquellos árboles que seguirán en pie cuando yo sea tan solo un amasijo de huesos sepultos. Mis hoteles favoritos en esa ciudad (el Carlyle, el Surrey, el Lowell, el Mark) están todos más o menos cerca, al este del gran parque, y en ellos me gusta perder el tiempo gozosamente, tomando el té, cenando aun sin hambre, o bebiendo una limonada en el bar, escudriñando a la gente.

Hace años que sueño con comprar un pequeño apartamento de dos habitaciones en Manhattan, a pocas cuadras de Central Park, pero mi mujer me refrena, me lo prohíbe, amenaza con tomar represalias si no la obedezco. Y entonces, mansamente, la obedezco. Porque es verdad que nunca vamos a Nueva York más de dos veces al año. Y no es menos cierto que los impuestos a la propiedad en Manhattan son absurdamente caros. Pero hay dos apartamentos en venta en el Carlyle, a precios no tan abusivos, por los que salivo de ilusión, de madrugada, cuando ella duerme y yo espío el mercado de bienes raíces.

De más está decir que también sueño con comprarme una casa en un club de Pilar, al norte de Buenos Aires, como Tortugas o Highland, para pasar allá los meses de junio, julio y agosto, cuando nuestra hija sale de vacaciones en el colegio en Miami, pero eso solo ocurrirá, si acaso, cuando me despidan de la televisión, porque, teniendo un programa todas las noches, no puedo irme tres meses de vacaciones, a duras penas puedo escaparme una semanita cada tanto. ¿Sería más lindo tener una casa en Pilar, o un apartamento en Recoleta? No lo sé. Soy bipolar. Cambio de opinión cada semana. Por el mismo precio, me tienta más una casa con jardín y piscina. Pero probablemente en unos días piense que es más estimulante estar en Recoleta, cerca de tantos hoteles, cafés y cines, y hacerlo todo caminando. Este es uno de los tantos problemas de ser bipolar, que mudas de convicciones y certezas con extrema veleidad, tanta que mi esposa se impacienta y me manda al carajo con mis sueños de tener casas en medio mundo.

Después de pasar por Nueva York y visitar a mis hijas, volaremos a Vancouver. Habíamos comprado boletos en Cathay Pacific, una aerolínea de Hong Kong, con una soberbia primera clase, pero, como no admiten perros en la cabina, los devolvimos y nos negamos a viajar con ellos. Furiosa, mi esposa me dijo:

-Estos chinos del orto se comen a los perros, pero no los dejan subir al avión.

Me hizo reír. En realidad, sí permiten viajar con perros, pero los despachan abajo, en el área de carga, y no queremos que el perrito sufra de esa manera, tal vez recordando el trauma que padeció cuando nos lo mandaron desde Iowa. Así que hemos cambiado los boletos y viajaremos en Air Canada.

El viaje a Vancouver es perfectamente innecesario. Bien podríamos quedarnos más días en Nueva York. De hecho, yo quisiera quedarme toda la semana con mis hijas. Pero mi esposa es adicta al esquí y me pide que la lleve a esquiar. No es fácil encontrar montañas con nieve y pistas de esquí abiertas a mediados de mayo. Hay muy pocos lugares en el mundo donde uno puede esquiar este mes. En el hemisferio norte ya pasó el invierno, ha dejado de nevar, y en el hemisferio sur aún no ha llegado el invierno, todavía no cae nieve. Pero, según nos han asegurado, y ojalá sea verdad, en Whistler, British Columbia, al norte de Vancouver, todavía hay pistas de esquí abiertas. Por eso viajaremos a Vancouver, para que mi esposa pueda darse el gusto de subir a la nieve y deslizarse por las montañas, esquiando con suprema destreza y aire grácil. Es un placer verla esquiar, parece un ángel zigzagueando entre las nubes níveas, inasibles.

¿Y qué haremos con el perrito cuando los tres subamos la montaña para esquiar? Lo dejaremos en el hotel, pero no encerrado en la habitación, pues sufriría, lloraría, nos echaría de menos, sino en un club de perros, donde hay unos cuidadores muy instruidos, muy amables, que cobran diecisiete dólares canadienses por cada hora cuidando al perrito. Yo sabía que comprar un perro sería caro (la comida, las visitas al veterinario, los juguetes, la ropa para la nieve), pero no imaginé que tendría que pagarle babysitters cuando viajásemos. Así es la vida: el amor, la felicidad, ser padre, viajar con una mascota, son cosas que cuestan un cierto dinero, más del que uno imaginaba. Pero ¡qué goce tan grande es conocer el amor de un perro! Yo no lo había experimentado y no sabía lo que estaba perdiéndome.

El perro no te juzga, no te critica, no te guarda rencor, te quiere incondicionalmente, no le importa que seas gordo, pobre, ocioso, no le importa que seas un perdedor, un cero a la izquierda, un bueno para nada, te quiere igual, te da todo su corazón y su ternura. A cambio te pide bien poco: solo que lo quieras, que le prestes atención, que le des de comer. No te pide que cambies, que reces, que hagas deporte, que seas una mejor persona, que no seas tan dormilón. No le importa que tengas éxito o seas un completo fracaso, no se resiente contigo y te quita su cariño si le pisas accidentalmente la cola o una patita, no te retira su afecto pleno, sin reservas, porque escribiste tal o cual cosa descomedida sobre su intimidad o sus defectos. Los humanos, a diferencia de los perros, estamos todo el día juzgando, criticando, conspirando, sembrando intrigas, siendo mezquinos, o al menos así soy yo (y casi todos los individuos que conozco). Los perros no conocen esas formas tan humanas de envenenar la existencia. El mundo sería mucho mejor si fuera gobernado por los perros y los gatos. Son, desde un punto de vista ético, claramente superiores a nosotros. Saben ser felices con lo que de veras importa: mucho cariño y un poco de comida. Todo lo demás, el poder, el dinero, la fama, la gloria, la inmortalidad en los textos de historia, les tiene sin cuidado. ¿Dónde se ha visto un perro estresado porque quiere tener poder y dar órdenes? ¿Dónde se ha visto un perro nervioso, alterado, porque quiere ser millonario y no lo consigue? ¿Dónde se ha visto un perro desdichado porque considera que merece ser famoso por su incalculable talento y todavía no lo es? Los humanos, nosotros, esos bichos tan estúpidos, nos pasamos la vida peleando por todas esas cosas que los perros ignoran tan sabiamente.

Tengo altas expectativas de Whistler. Mi hermano, que vivió muchos años en Vancouver, me ha hablado maravillas de esas montañas. Son probablemente las mejores pistas de esquí de Canadá y quizás de todo Norteamérica. Presumo que pasaremos días felices allá arriba. Tengo ganas de esquiar, sí, pero más de pasear con mi hija y el perrito por las montañas. Caminar con mi hija de siete años, escuchando sus relatos afiebrados, poderosos, real maravillosos, saltando del español al inglés, haciéndome reír con sus disparates e invenciones, es una fuente segura de placeres. Mi esposa esquiará, nosotros caminaremos buscando la belleza tranquila, centenaria, de los árboles. Por supuesto, si me enamoro de los paisajes de Whistler como probablemente ocurrirá, no tardaré en averiguar precios de casas y apartamentos y perderé el tiempo fantaseando con tener una madriguera allá arriba, en las montañas, para escapar del verano ardiente de Miami y sus mosquitos viciosos, sanguinarios.

En un mes, apenas un mes, qué ilusión, estará por comenzar el mundial de fútbol. Dado que nos gusta tanto viajar, ¿iremos a Rusia a ver algunos partidos, por ejemplo los de Perú? No, no iremos, a pesar de que hay un vuelo directo de Miami a Moscú en Aeroflot. No he ido a Rusia ni quiero ir porque es una autocracia homofóbica, enemiga de las libertades individuales y cómplice de las peores tiranías del mundo, incluyendo la venezolana. No gastaré un dólar, un rublo, en ese país gobernado por espías desalmados. ¿Dónde veremos el mundial de fútbol, entonces? En el mejor lugar del mundo para verlo: en Buenos Aires, donde la ciudad estará embanderada, y las televisiones y las radios copadas de emoción y publicidades conmovedoras y notas del himno nacional que me hacen llorar, y los goles argentinos provocarán un eco maravilloso hecho de miles de voces que recorrerá la ciudad y traspasará el alma de todos, de los ricos y los pobres, de los poderosos y los marginales, de los que tenemos perros y de los que se sienten perros callejeros, con rabia, sin dueño. Cuento los días para ir a Buenos Aires a gritar los goles peruanos, argentinos, colombianos, españoles, uruguayos, mexicanos. Veremos allá todos los partidos de octavos y cuartos de final, con la insuperable narración afiebrada de los argentinos. En cuanto a los brasileros, espero que de nuevo les metan una canasta de siete goles, perdón por la franqueza. No se puede ser hincha de la Argentina en un mundial y, al mismo tiempo, también de Brasil. O yo no puedo. O yo no quiero. Mi pasión por Argentina es tan viva e irracional como mi animosidad por Brasil. Del mismo modo que detesto a los alemanes: haré barra por cualquiera que juegue contra ellos. ¡Cómo puede mi esposa, que habla el alemán perfectamente, hinchar por Alemania y no por la Argentina! Esto es algo que no puedo perdonarle. Pero, al final del día, le perdono todo cuando se quita la ropa.

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