
Somos soberbios. Eso suele ser lo primero que nos enrostra el resto del mundo a los alumnos y ex alumnos del Buenos Aires. Todo el mundo, claro, porque sabemos que no hay nadie que no sepa de nuestra grandeza y que no nos envidie secretamente a los de El Colegio –así, a secas y en mayúscula–, como nos ocupamos de llamarlo en público y en privado, para alimentar nuestra fama y sonreír cómplices cuando descubrimos a otro HAV ("Hermano en el aula y en la vida", tal el lema de la Asociación de Ex Alumnos).
Salvo casos patológicos –que los hay– esa soberbia tiene mucho de actuación inofensiva, un juego que nos divierte retroalimentar.
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Para bien y para mal, el Colegio Nacional de Buenos Aires es único. Por su historia, por la calidad de sus docentes universitarios, su riguroso sistema meritocrático y sus egresados que se han destacado a través de las décadas en las más diversas disciplinas. Aun con sus problemas, defectos y cierto anquilosamiento, El Colegio logró mantenerse a flote como un faro aspiracional en medio de la degradación incesante de la educación pública argentina. Así lo demuestran las miles de familias que cada año se embarcan junto a sus hijos de séptimo grado en la aventura de su durísimo curso de ingreso.
Detrás de esa soberbia impostada, de comportarnos a veces como una secta, persiste un legítimo orgullo por haber pasado por esos claustros.
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Pero en los últimos días, la soberbia dejó de ser chiste. Un grupo de alumnos tomó el Colegio. No fue la primera vez ni será la última. Otra de las virtudes del Buenos Aires, desde siempre, fue la formación de un estudiantado con plena conciencia cívica y social, que hace su ingreso con pasión en el debate público. En nuestros años, todos participamos de marchas, protestas y tomas. Pero claro –suena pueril tener que recordarlo a esta altura–derechos conllevan responsabilidades.
La toma de esta vez fue para oponerse a la reforma educativa que está impulsando el gobierno porteño, nada de la cual se aplicará al Nacional Buenos Aires, que no depende del Gobierno de la Ciudad sino de la UBA. Es absolutamente legítimo solidarizarse con la pelea de otros estudiantes, desde ya. Hay miles de maneras de hacerlo y sumarse a su lucha. Pero tomar el propio colegio parecería un exceso. Ni hablar, si la toma termina extendiéndose durante dos semanas.
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Los líderes de esa toma –estudiantes menores de edad, vale la pena recordarlo– no supieron valorar que su dura protesta estudiantil incluía una cuestión más pedestre: hacerse cargo de lo que ocurría durante esos 15 días dentro de un edificio de tamaño monumental. Alentados por algunos padres, fueron ellos la única ley y autoridad.
Y ocurrió lo peor.
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Un abuso sexual entre adolescentes puede suceder, lamentablemente, en cualquier lado. Pero es un bochorno que ocurra en un colegio. Es intolerable que ocurra en El Colegio, donde asisten, supuestamente, los hijos de la élite cultural y progresista porteña. Es trágico que haya ocurrido durante una toma estudiantil.
Cuando pensábamos que nada peor podía conocerse, llegó el comunicado del Centro de Estudiantes que estuvo a cargo de la toma. Y entonces la soberbia mostró su peor cara.
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No existe en ese texto ningún mea culpa sino, por el contrario, una serie de críticas y lecciones al rector y al periodismo, una exculpación del abuso en el "sistema machista" que rige nuestras relaciones sociales y una autorreivindicación en toda la línea por parte de ese grupo de chicos que reconoce haberse enterado del abuso poco después de ocurrido (en las primeras horas de la toma) pero que decidió no informar a las autoridades del Colegio (¡durante las siguientes dos semanas!) para "respetar los tiempos de la víctima".
Hay un párrafo especialmente pertubador. En él cuentan las medidas que tomaron para no dañar el espíritu de la protesta, que pareciera ser su principal preocupación.
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El petit comité decidió "hablar con el abusador para pedirle que no viniera más a la toma para no generar una situación incómoda" para la víctima y "redactar un Protocolo contra la Violencia de Género para el colegio".
Lejos de la soberbia y el orgullo, hoy muchos ex alumnos sentimos sensaciones nuevas por nuestro colegio, sensaciones que nunca habíamos experimentado: pena, dolor y tristeza.
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