En los confines helados del ártico, el pueblo de Tasiilaq, en Groenlandia oriental, vive sujeto a los ritmos y desafíos del mar. La caza de ballena minke, práctica regulada y ancestral, constituye una parte esencial de la subsistencia local. En esta región, donde la agricultura es virtualmente imposible por el clima extremo, las comunidades dependen del océano para alimentarse y sobrevivir.
La especie más frecuentemente cazada es la ballena minke, la más pequeña de las ballenas barbadas, considerada abundante y extendida desde los trópicos hasta las regiones polares. Según detalla la Comisión Ballenera Internacional (IWC), organismo regulador global, en Groenlandia oriental se cazan en promedio 9 ejemplares por año, una cifra que, aunque modesta comparada con el pasado, sigue siendo vital para la dieta y la economía local.
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La historia reciente de la caza de ballenas está marcada por un fuerte contraste. Durante el siglo XX, la industria ballenera eliminó casi tres millones de ejemplares a nivel mundial, en lo que expertos consideran la mayor matanza de animales, en términos de biomasa, jamás registrada. Este declive masivo provocó no solo una crisis de conservación, sino también una alteración profunda en la dinámica de los océanos. El establecimiento de la IWC buscó poner freno a esta tendencia y regular la actividad, permitiendo solo prácticas de subsistencia como las que aún perduran en Groenlandia.

En este entorno hostil y de tradiciones profundas, un hallazgo reciente ha llamado la atención de la comunidad científica y del público internacional, según informa la cadena británica BBC. El fotógrafo sueco Alex Dawson, acompañado por la apneísta Anna Von Boetticher, emprendió una expedición subacuática cerca de Tasiilaq.
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El trayecto hasta el lugar de buceo requirió atravesar el hielo con temperaturas de hasta -20 °C, transportando equipo especializado en trineo y motonieve. Una vez en el sitio, Dawson y su equipo abrieron manualmente un agujero triangular de un metro de espesor en la capa de hielo, enfrentando el peligro constante de las mareas y la posibilidad de quedar atrapados bajo el hielo.
Lo que descubrió Dawson bajo la superficie resultó tan inusual como inesperado: a solo cinco metros de profundidad, en la tenue luz azul del océano ártico, yacían los esqueletos de unas 20 ballenas minke. Estos restos, acumulados en aguas poco profundas, no correspondían al destino natural que suelen tener los cadáveres de estos grandes mamíferos marinos. Dawson, protegido por un grueso traje seco, describió la escena como un “cementerio”. El hallazgo fue documentado en una serie de fotografías, una de las cuales, titulada Whales Bones, fue reconocida internacionalmente y recibió el premio Under Water Photographer of the Year 2024.
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Qué ocurre cuando una ballena muere en mar abierto

El fenómeno observado por Dawson se entiende mejor al analizar el papel ecológico de las ballenas muertas en el océano profundo, conocido como “whale fall”. Normalmente, cuando una ballena muere en mar abierto, su cuerpo es aprovechado primero por carroñeros superficiales como tiburones y aves. Luego, el cadáver se hunde a grandes profundidades, donde alimenta durante años o décadas a una biodiversidad única.
El proceso incluye varias fases: primero, peces, tiburones y cangrejos devoran la carne; posteriormente, organismos especializados como el gusano Osedax, también conocido como “gusano devorador de huesos”, perforan el esqueleto y consumen lípidos y colágeno. Finalmente, la descomposición libera azufre y otros compuestos que favorecen bacterias quimiosintéticas, creando nuevas cadenas alimenticias en el fondo marino.
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Este ciclo natural es fundamental para la vida en las profundidades. Un solo esqueleto de ballena puede sostener hasta 407 especies, lo que lo convierte en un oasis de nutrientes en un entorno donde la materia orgánica es escasa.

Investigadores como Greg Rouse, curador de invertebrados bentónicos en Scripps Institution of Oceanography, centro de investigación científica dedicado al estudio de los océanos de la Universidad de California en San Diego, y Adrian Glover, ecólogo marino especializado en aguas profundas del Natural History Museum de Londres, el museo nacional de historia natural del Reino Unido en Londres, señalan que la desaparición de estos eventos tras la caza industrial ha tenido efectos duraderos, aunque aún hoy se pueden encontrar ecosistemas enteros asociados a ballenas caídas en el fondo del océano.
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Sin embargo, el hallazgo de Dawson evidencia una interrupción de este proceso. En lugar de hundirse a las profundidades, los esqueletos de ballenas cazadas en Groenlandia suelen ser arrastrados a tierra para su despiece y luego devueltos al mar por la marea, quedando atrapados en aguas poco profundas. Al quedar confinados cerca de la costa, los nutrientes que deberían alimentar a los ecosistemas de aguas profundas se quedan en aguas menos profundas, por lo que no llegan hasta el fondo marino abisal.
Esto priva al fondo marino de una fuente vital de materia orgánica, lo que provoca una reducción de la biodiversidad profunda: menos “whale falls” implican menos oportunidades para que cientos de especies especializadas prosperen, algunas de las cuales podrían desaparecer antes incluso de ser conocidas por la ciencia.
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Greg Rouse advierte: “Probablemente hay menos esqueletos en el fondo marino que nunca antes. No sabemos qué hemos perdido”.
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