
El suelo de Nunapitchuk, pequeña localidad del norte de Alaska, enfrenta una grave inestabilidad: grietas que atraviesan viviendas, filtraciones de aguas residuales, erosión que deja edificios al borde del colapso y charcos persistentes evidencian el rápido avance del deshielo del permafrost, según MIT Technology Review.
Este proceso, impulsado por el cambio climático, no solo altera la vida diaria de las comunidades árticas, sino que también amenaza infraestructuras críticas y plantea desafíos de seguridad y adaptación a nivel global.
El permafrost es una capa de suelo congelada durante al menos dos años, que cubre cerca del 15% del hemisferio norte y sirvió durante siglos como base para pueblos en el Ártico. El calentamiento global, que afecta con mayor intensidad a las regiones polares, está provocando el desmoronamiento de esta base, ocasionando problemas estructurales y ambientales de gran alcance.
En Nunapitchuk, la población debe decidir entre reparar viviendas dañadas o trasladarse a zonas más estables. Los científicos, apoyados en datos satelitales y trabajo en terreno, colaboran con estas comunidades para anticipar riesgos y orientar reubicaciones o refuerzos de infraestructuras.

Riesgos para infraestructuras y tensiones geopolíticas
Los efectos del deshielo no se limitan a la vivienda civil. La infraestructura militar de Alaska —seis bases, cuarenta y nueve puestos de la Guardia Nacional y 21 estaciones de radar para la detección de misiles— se encuentra en situación vulnerable.
Según MIT Technology Review, el 85% del estado se asienta sobre permafrost, exponiendo a la mayoría de estas instalaciones a daños actuales o inminentes.
La Agencia Nacional de Inteligencia Geoespacial (NGA) de Estados Unidos incrementó su interés en comprender la dinámica del permafrost, ya que la estabilidad de estas infraestructuras resulta esencial para la seguridad nacional.

El foco de atención también se dirige a infraestructuras estratégicas de países árticos como Rusia, amenazadas en su red vial, oleoductos y bases militares.
En Rusia, el permafrost abarca el 60% del territorio y, según datos oficiales citados por MIT Technology Review, más del 40% de los edificios en el norte sufrieron daños.

Innovaciones en detección y monitoreo
La dimensión del problema impulsó el desarrollo de nuevas tecnologías de monitoreo. Tradicionalmente, los estudios requerían costosos y extensos trabajos de campo, como la perforación de núcleos de suelo.
Desde 2009, científicos como Kevin Schaefer, del Cooperative Institute for Research in Environmental Sciences de la Universidad de Colorado Boulder, aplicaron radares satelitales para medir cambios en la elevación y estimar la cantidad de hielo en la capa activa, la franja superficial que alterna entre deshielo y recongelación cada año. Esta técnica permite identificar regiones con exceso de hielo, especialmente propensas a la inestabilidad del terreno.
El avance en teledetección fue notable. Simon Zwieback, especialista en geoespacial y medio ambiente de la Universidad de Alaska Fairbanks, creó algoritmos que, usando datos de radar y temperaturas, modelan digitalmente el subsuelo y estiman el contenido de hielo en grandes áreas.
Estos modelos se validan mediante la comparación con muestras físicas tomadas sobre el terreno, demostrando su utilidad para ingenieros y planificadores civiles y militares.
“Para planificar en estos entornos, realmente necesitamos saber cuánta cantidad de hielo hay, o dónde se encuentran esas zonas ricas en hielo”, explicó Zwieback a MIT Technology Review. Sin embargo, la exactitud de los modelos depende de la comprobación en campo, ya que variables como la humedad y la vegetación pueden variar incluso dentro de una misma zona registrada por satélite.

Adaptación y colaboración para la resiliencia
La cooperación entre científicos y comunidades locales es clave en la búsqueda de soluciones. El proyecto “Permafrost Pathways”, financiado con USD 41 millones por TED Audacious Project, implementa redes de monitoreo terrestre que se complementan con datos satelitales y el saber local.
En Nunapitchuk, la reubicación de la comunidad solo se decidió tras validar con investigadores la estabilidad del nuevo asentamiento, sobre una zona elevada de arena compacta.
Iniciativas como “Weather Stream”, dirigida por Schaefer, buscan que la información científica llegue a los responsables de infraestructuras antes de eventuales colapsos. Sin embargo, la transferencia del conocimiento científico a la ingeniería aplicada continúa siendo un reto.
“Resulta frustrante cuando mucha de esta información que conocemos desde la ciencia, y que ha llegado a la ingeniería, no se ha traducido realmente en la construcción sobre el terreno”, señaló Erin Trochim, geocientífica de la Universidad de Alaska Fairbanks, en declaraciones tomadas por MIT Technology Review.

Las consecuencias del deshielo del permafrost tienen impacto global. Esta capa congelada contiene el doble de carbono que el presente en la atmósfera. Su descongelación libera gases de efecto invernadero y metales pesados, generando un ciclo que acelera el calentamiento global.
Entender la magnitud del fenómeno es esencial para diseñar respuestas eficaces. La ciencia y la colaboración comunitaria emergen como herramientas indispensables para afrontar los desafíos del deshielo del permafrost en el Ártico.
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