Las familias duermen sobre el suelo desnudo bajo un calor abrasador de 40 grados. Sin agua potable, sin letrinas adecuadas, hacinadas en tiendas de campaña o directamente a la intemperie. Esta es la realidad de cientos de miles de afganos que, más de una semana después del devastador terremoto del 31 de agosto, intentan reconstruir sus vidas en precarios campos de desplazados mientras las organizaciones humanitarias libran una carrera contrarreloj antes de la llegada del crudo invierno afgano.
El sismo de magnitud 6.0 que sacudió el este de Afganistán durante la madrugada del 31 de agosto ha dejado un rastro de destrucción que las autoridades cifran en 2.200 muertos y más de 3.000 heridos, aunque la cifra real podría ser mayor dado que muchas aldeas remotas permanecen inaccesibles. Las Naciones Unidas estiman que más de 500.000 personas han resultado afectadas en las provincias montañosas de Kunar, Laghman y Nangarhar.
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“Las condiciones en el campo son extremadamente complicadas”, describe a Infobae Alexandre Marcou, responsable de comunicación sobre el terreno de Médicos sin Fronteras (MSF), desde Jalalabad, la ciudad más grande cerca de la zona del epicentro. La organización médica ha desplegado equipos de emergencia en la región y este martes inauguró su primera clínica móvil en el campo de desplazados de Patang, donde han sido reubicadas 1.000 familias.
Casas colapsadas como castillos de naipes
La magnitud de la tragedia se explica, en parte, por la precariedad de las construcciones locales. “El terremoto no fue tan fuerte, pero sí bastante superficial. El problema es que las estructuras de las casas no están hechas de roca o piedra, sino que cuando una piedra se sale de la estructura, se derrumba toda la casa”, explica Marcou. Viviendas de adobe y piedra suelta que colapsaron como castillos de naipes ante las violentas sacudidas nocturnas, sepultando a familias enteras mientras dormían.
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La geografía montañosa y los caminos destrozados han complicado enormemente los esfuerzos de rescate y evaluación. Solo existen “dos caminos que suben hacia los más afectados, especialmente en la provincia de Kunar”, según relata el responsable de MSF. Las Naciones Unidas reconocen que únicamente han logrado acceder a 49 de las 441 aldeas afectadas, dejando vastas zonas sin evaluar donde la situación real permanece como una incógnita.
Crisis sanitaria en los campos de desplazados
Si las primeras 72 horas estuvieron marcadas por la atención a traumatismos graves —el Hospital Regional de Nangarhar atendió 600 pacientes y realizó 139 cirugías en un solo día—, ahora el perfil médico ha cambiado radicalmente. “Los casos que hemos recibido hoy están más relacionados con las condiciones del campo de desplazados: pacientes con fiebre, un caso de malaria”, detalla Marcou acerca de la clínica de Patang, donde trataron a sus primeros 21 pacientes.
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El panorama sanitario amenaza con empeorar. Los expertos advierten sobre la propagación de enfermedades transmisibles en unos campos donde el saneamiento es prácticamente inexistente. “A medio y largo plazo vamos a ver enfermedades transmisibles como diarrea —esperemos que no se transforme en cólera si el agua está infectada—, sarampión, y enfermedades que se contagian por la mala calidad del agua”, pronostica el responsable de MSF.

Las infecciones respiratorias se multiplican debido al polvo constante, mientras que las altas temperaturas y la falta de colchones obligan a las familias a dormir directamente sobre el suelo árido.
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“Muchos huérfanos, personas que han perdido a toda su familia”
Más allá de las heridas físicas, el terremoto ha dejado cicatrices psicológicas profundas en una población ya castigada por décadas de conflicto. “Hemos oído que hay muchos huérfanos, niños, mujeres o personas que han perdido a todos los miembros de su familia y están perdidos, sin nadie”, relata Marcou, quien subraya que estas personas “van a necesitar protección y apoyo mental”.
La mitad de las víctimas son menores de edad, según las estimaciones de Naciones Unidas, lo que agrava el impacto psicológico de la catástrofe en una sociedad donde el núcleo familiar es fundamental para la supervivencia.
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La amenaza del invierno y la coordinación con los talibanes
Pero quizás el mayor peligro esté por llegar. Las temperaturas en estas regiones montañosas pueden descender drásticamente con la llegada del invierno en octubre, y las Naciones Unidas han advertido que “estas comunidades pueden no sobrevivir el invierno que se aproxima” si no reciben ayuda adecuada.
“Es un riesgo muy importante”, confirma Marcou, quien compara la situación con su experiencia en Gaza: “Trabajé en Gaza durante el invierno pasado y recibimos muchas más enfermedades respiratorias en esos momentos críticos”. La supervivencia de miles de personas dependerá de la capacidad de otras organizaciones para reconstruir viviendas rápidamente o de que los desplazados puedan regresar a sus lugares de origen.
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Un elemento sorprendente de esta crisis ha sido la actitud colaborativa de las autoridades talibanes. “Ha sido buena”, describe Marcou la coordinación con el régimen. “Nos están facilitando el acceso al campo”, asegura, y apunta que aparentemente han flexibilizado las restricciones sobre las mujeres para el acceso a servicios de salud durante la emergencia.
El llamado a no olvidar Afganistán
Mientras MSF y otras organizaciones despliegan sus operaciones de emergencia, Marcou lanza un mensaje a la comunidad internacional: “Creo que es importante que sigamos dando visibilidad a Afganistán. Llevamos años en los que se habla muy poco”. El terremoto, dice, “abre la posibilidad para medios de comunicación de dar visibilidad a lo que está ocurriendo” en un país donde persisten altos niveles de malnutrición y graves complicaciones en la salud materna.
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Las Naciones Unidas han solicitado 139,6 millones de dólares para los próximos cuatro meses, una cifra que refleja la magnitud de una crisis que va mucho más allá de los escombros del terremoto.
Aunque en los últimos años ha habido mejoras en la seguridad, concluye Marcou, todavía “queda mucho por reconstruir”.
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