
Estados Unidos e Irán sostienen conversaciones indirectas este fin de semana en Omán, mientras persisten los temores en Occidente ante la posibilidad de que Teherán construya una bomba nuclear. Según el último informe del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), el régimen persa podría enriquecer suficiente uranio de grado armamentístico para fabricar una bomba en una semana, y reunir material para siete artefactos en tres semanas.
El presidente Donald Trump ha endurecido su postura frente a la República Islámica al desplegar seis bombarderos B-2 Spirit en la base militar de Diego García, en el océano Índico. Las aeronaves están equipadas con bombas penetradoras de búnker de 13.600 kilogramos [30.000 libras], en lo que algunos analistas interpretan como una advertencia visible desde el espacio. “Si las conversaciones no tienen éxito, creo que será un muy mal día para Irán”, declaró Trump tras reunirse la semana pasada con el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu.
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El enviado especial de Estados Unidos para Oriente Medio, Steve Witkoff, y el viceministro de Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, se reúnen en Omán en un intento por evitar una escalada militar de gran escala.
El programa nuclear iraní tiene sus raíces en la política de no proliferación promovida por Washington durante la Guerra Fría. En 1953, el entonces presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower lanzó la iniciativa “Átomos para la Paz”, destinada a compartir tecnología nuclear con fines civiles. Como parte de ese programa, Estados Unidos proporcionó a Irán su primer reactor nuclear en 1967, cuando el país estaba gobernado por el sha Mohammad Reza Pahlavi. En esa época, la cooperación entre ambos países incluía ambiciosos planes para construir hasta dos docenas de plantas nucleares.
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Todo cambió con la Revolución Islámica de 1979. El nuevo régimen encabezado por el ayatolá Ruhollah Jomeiní heredó la infraestructura nuclear creada con apoyo estadounidense, pero rompió todos los lazos con Washington, al que desde entonces se refiere como “el Gran Satán”. “Hasta 1979, había plena cooperación nuclear con Occidente”, explicó William Alberque, exdirector de no proliferación nuclear de la OTAN, citado por el diario británico The Times. “Después de la revolución, todo se cortó”.
La guerra entre Irán e Irak (1980-1988), marcada por el uso de armas químicas por parte de Bagdad, reforzó en Teherán la percepción de que necesitaba una capacidad nuclear de disuasión. Según Alberque, “el detonante inmediato fue Irak. Los dos países se disparaban misiles balísticos contra sus capitales”.
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A pesar de sanciones crecientes, Irán avanzó de forma sostenida en su programa nuclear. En 2006 anunció haber alcanzado un nivel de enriquecimiento de uranio del 3,5 % en la planta de Natanz, dentro de los límites civiles. Sin embargo, expertos como Alberque advierten que “cuando un país dice que va a enriquecer uranio, en realidad está diciendo que va a construir una bomba”.

En 2009, Estados Unidos, Reino Unido y Francia revelaron la existencia de un segundo centro secreto de enriquecimiento en Fordow, excavado bajo una montaña cerca de la ciudad sagrada de Qom. La instalación, situada entre 80 y 90 metros bajo tierra, está fuera del alcance de las bombas convencionales más potentes del arsenal estadounidense, como la GBU-57A/B, también conocida como “Massive Ordnance Penetrator”. Este proyectil de 13.600 kilogramos, transportado exclusivamente por bombarderos B-2, podría no ser suficiente para destruir Fordow en una sola operación.
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Los avances tecnológicos de Irán han levantado dudas entre los inspectores internacionales sobre la existencia de sitios secretos. Según Kelsey Davenport, directora de no proliferación del Arms Control Association, “existe un riesgo real de que Irán haya desviado tecnología, como centrifugadoras, a instalaciones encubiertas. Ese es el verdadero reto de la verificación”.
En 2015, el régimen persa acordó limitar su programa nuclear a cambio de un levantamiento de sanciones, en el marco del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés), promovido por el ex presidente norteamericano Barack Obama. El pacto restringía el nivel de enriquecimiento al 3,67% y el volumen de uranio almacenado a 300 kilogramos. Sin embargo, tras la salida unilateral de Estados Unidos del acuerdo en 2018, bajo la presidencia de Trump, Teherán reanudó y aceleró sus actividades nucleares. En la última inspección del OIEA, realizada en febrero, se registraron 8.300 kilogramos de uranio enriquecido, incluidos 275 kilogramos al 60 % de pureza, apenas un paso por debajo del nivel necesario para armamento nuclear.
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Ahora, el dilema para Washington y sus aliados es estratégico. Israel, que en el pasado ha llevado a cabo sabotajes contra el programa nuclear iraní con apoyo de Estados Unidos, no dispone de bombarderos con capacidad para destruir instalaciones como Fordow sin ayuda directa de Washington. Por su parte, Trump ha oscilado entre exigir el “desmantelamiento total” del programa iraní, según afirmó su asesor de seguridad nacional Mike Waltz, y sugerir un posible alivio de sanciones si se alcanza un acuerdo. “Quiero que prosperen. Quiero que Irán sea grande. Lo único que no pueden tener es un arma nuclear”, afirmó el presidente norteamericano.
La elección del reformista Masoud Pezeshkian como presidente de Irán el año pasado podría facilitar un acercamiento. Según Alberque, “este podría ser el mejor momento para un acuerdo, justo cuando están a un paso de fabricar una bomba. Si quisieran, podrían construirla mañana mismo, pero temen las consecuencias”.
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En tanto, si Teherán finalmente cruza esa línea roja y completa un arma, podría conducir a “cascadas de proliferación”, advirtió recientemente Laura Holgate, cuyo mandato como embajadora de Estados Unidos en el OIEA terminó cuando Trump asumió el cargo en enero: “Si Irán se nucleariza, otros podrían seguirle. Eso podría perforar el tabú de la no proliferación y bajar la barrera para que otros países, incluso fuera de la región, sigan su ejemplo”.
En una reciente entrevista a la revista DEF, Rafael Grossi, director general del Organismo Internacional de Energía Atómica, dijo que la situación está “relativamente contenida, aunque muy cerca del umbral nuclear”, y agregó: “Irán ha tenido una historia de claroscuros, por decirlo de manera diplomática, y, en algunas oportunidades, no ha cumplido sus obligaciones internacionales, lo que ha llevado a fuertes tensiones. En este momento de enorme volatilidad internacional, en particular en Oriente Medio, el papel que el OIEA está desempeñando en las negociaciones es absolutamente esencial".
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