
Un momento ritual en los Andes —tres hojas de coca ofrecidas al viento en dirección a los Apus— sintetiza una lucha milenaria que hoy alcanza los pasillos de la ONU. En la cima de una cruzada diplomática sin precedentes, Bolivia y Colombia encabezan el intento por revertir décadas de criminalización contra la hoja de coca, reivindicándola como símbolo de identidad, fuente de salud y bien cultural de la humanidad.
El alma verde de los Andes
A más de tres mil metros sobre el nivel del mar, en los caminos de la cordillera andina, el intercambio de hojas de coca —los k’intus— no es un gesto trivial. Es un acto de reciprocidad con la tierra, una manera de comunicarse con Pachamama y de reafirmar la pertenencia al universo andino. Hallpay, el uso ceremonial y cotidiano de la hoja, forma parte de lo que significa ser Runakuna, una persona en comunidad, con derechos y obligaciones con el entorno.
La coca no solo es sagrada; es también útil. Estudios realizados por Tim Plowman y Jim Duke en 1975 demostraron su alto contenido nutricional, incluyendo calcio, proteínas y vitaminas esenciales. Andrew Weil, médico y botánico formado en Harvard, la ha usado durante décadas y ha documentado sus beneficios: regula el azúcar en sangre, alivia el soroche (mal de altura), facilita la digestión y mejora el estado de ánimo. “La coca es un regalo del cielo”, ha dicho. Más de 9 millones de personas en Colombia, Perú y Bolivia la consumen a diario de manera tradicional.
La variedad de esta planta es tan rica como su historia. Desde la Erythroxylum coca var. coca de los valles amazónicos peruanos hasta la Erythroxylum novogranatense var. truxillense del norte del Perú, base del sabor original de Coca-Cola, la coca ha sido cultivada y reverenciada por al menos ocho mil años.
La guerra contra una planta

Pero la hoja sagrada fue convertida en enemiga. La Convención Única sobre Estupefacientes de 1961, firmada por 186 países, incluyó a la coca en la Lista I, junto a la heroína y la cocaína, condenando su cultivo y uso tradicional sin evidencia médica o científica.
La base de esa clasificación se gestó décadas antes, en los años 40, cuando autoridades de salud de Perú, Bolivia y EEUU la asociaron arbitrariamente a la miseria y la “degeneración racial”. El informe Fonda, producto de una comisión enviada por la ONU en 1949, nunca entrevistó a los usuarios tradicionales de la hoja. Sus conclusiones, basadas en prejuicios y pseudociencia, señalaron que “la masticación de coca es perjudicial desde el punto de vista social”.
Más virulentas aún fueron las opiniones del funcionario de la OMS Pablo Osvaldo Wolff, quien describió a los consumidores de coca como “morales e intelectualmente anestesiados”, culpables de la “miseria del indio”. Su legado fue decisivo: redactó el lenguaje que condenaría a la coca en los tratados internacionales. Ninguno de sus estudios incluyó análisis químicos de las hojas ni investigaciones con control científico. Pero sí incluyó desprecio y racismo.
La ofensiva andina

En 2009, Bolivia, bajo el liderazgo del entonces presidente Evo Morales, solicitó ante el Consejo Económico y Social de la ONU eliminar el mandato de erradicación total de la coca. Morales, primer presidente indígena del país, provenía de Chapare, una región cocalera históricamente reprimida por la guerra contra las drogas patrocinada por Estados Unidos.
El proceso fue lento. Pero en 2023, la Organización Mundial de la Salud (OMS) aceptó revisar críticamente el estatus de la hoja. La decisión final se conocerá en octubre de 2025, en Ginebra, y la votación oficial ocurrirá en marzo de 2026, durante la sesión de la Comisión de Estupefacientes (CND) en Viena.
El vicepresidente boliviano David Choquehuanca, en la última sesión de la CND en marzo de 2025, denunció que “la convención de 1961, sin evidencia científica concluyente, cometió un absurdo, un atentado contra la cultura de la vida”. A su vez, Colombia, representada por la canciller Laura Sarabia, ratificó que la revisión científica demostrará que “la hoja de coca no es dañina para la salud”.
Hoja no es droga

La confusión deliberada entre coca y cocaína ha sido central en la narrativa prohibicionista. Si bien la cocaína, aislada en 1860, fue en su momento considerada un avance médico —y aún se usa como anestésico en otorrinolaringología—, su toxicidad y adicción están lejos de los efectos de la hoja. La diferencia es tan radical como entre la almendra de un durazno y el cianuro que contiene.
Incluso la Coca-Cola, amparada por el artículo 27 de la convención, importa cada año más de 100 toneladas de hojas para la fabricación de su bebida, tras extraer el alcaloide en laboratorios de Nueva Jersey. El resto del mundo, en cambio, enfrenta cárcel por tener la misma hoja en el bolsillo.
Lo que está en juego

Liberar la hoja de coca tendría consecuencias profundas. En primer lugar, permitiría a más de 200.000 familias colombianas y miles de bolivianas desvincularse del mercado negro y cultivar legalmente. Generaría impuestos, reduciría la deforestación causada por el cultivo clandestino y abriría la puerta a una verdadera exploración de los beneficios terapéuticos de la hoja.
En lo simbólico, se trataría de un reconocimiento histórico. “La energía vital de esta planta sagrada no debe confundirse con la energía de la muerte”, dijo Choquehuanca en Viena. “Es hora de liberarla y construir una política basada en el culto a la vida”.
El futuro depende ahora de los resultados del informe de la OMS y de la voluntad política de los 53 Estados miembros de la CND. EEUU, aunque ya no forma parte de la OMS, sigue ejerciendo presión. Aun así, el viento sopla a favor de la coca.
La última oportunidad

Si el veredicto en octubre de 2025 es favorable y la hoja se desclasifica completamente, comenzará una nueva era para los pueblos andinos. Si se opta por reclasificarla como sustancia médica (como ya lo es en EEUU, aunque sin suministro legal), se abrirá un canal restringido pero valioso. El peor escenario sería dejar las cosas como están.
Por primera vez en casi un siglo, hay una posibilidad real de que la comunidad internacional reconozca lo que la historia, la ciencia y la espiritualidad andina han proclamado siempre: que la coca no es una droga, sino una planta sagrada, una aliada del cuerpo, del alma y del espíritu humano.
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