
Días después del ataque terrorista contra una sala de conciertos ocurrido en las afueras de Moscú el pasado viernes siguen los interrogantes sobre la actuación de los servicios secretos y las fuerzas de seguridad rusas. Muchos, adentro y afuera de Rusia, se están haciendo por estos días la misma pregunta: ¿Cómo es posible que el vasto aparato de inteligencia y represión, tan eficaz en perseguir a la disidencia, no lograra evitar el atentado más mortífero en Rusia en casi dos décadas, con 143 personas muertas?
El diario estadounidense The New York Times (NYT) intentó este jueves responder a esa pregunta, en una extensa investigación basada en entrevistas con funcionarios de seguridad estadounidenses y europeos, expertos en seguridad y analistas especializados en capacidades de inteligencia internacional. Muchos hablaron bajo condición de anonimato para discutir detalles sensibles de inteligencia.
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Advertencias desoídas
El Times recuerda que las advertencias en los días previos fueron múltiples.
Un día antes de que la embajada de Estados Unidos en Moscú emitiera este mes una rara alerta pública sobre un posible atentado extremista en una sala de conciertos rusa, la filial local de la CIA entregó un aviso privado a funcionarios rusos que incluía al menos un detalle adicional: el complot en cuestión implicaba a una rama del Estado Islámico conocida como ISIS-K.
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La reunión respondía a las directivas de “deber de advertir”, que exigen a los servicios de inteligencia de EEUU informar a “personas estadounidenses y no estadounidenses” de amenazas específicas dirigidas al “asesinato intencionado, lesiones corporales graves y secuestro”.
La inteligencia estadounidense había estado siguiendo de cerca al grupo y creía que la amenaza era creíble. Sin embargo, a los pocos días, el presidente Vladimir Putin descalificó las advertencias, calificándolas de “chantaje descarado” e intentos de “intimidar y desestabilizar nuestra sociedad”.
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Además de eso, informes internos de los servicios de inteligencia rusos, que muy probablemente circularon en los niveles más altos del gobierno, advirtieron de la mayor probabilidad de un atentado en Rusia perpetrado por personas de etnia tayika radicalizadas por el ISIS-K, según el Times, que citó información obtenida por el Dossier Center, una organización de investigación londinense.
En efecto, Rusia ha identificado a los cuatro hombres sospechosos de perpetrar el atentado como originarios de Tayikistán.
La desidia de las autoridades es aún más inexplicable ya que hay pruebas de que, al menos inicialmente, habían respondido a las advertencias.
El 7 de marzo, el día después de que la CIA emitiera la advertencia privada a los rusos, el Servicio Federal de Seguridad (SFB) anunció que había matado a dos kazajos al suroeste de Moscú, al tiempo que desbarataba un complot del ISIS-K para atentar contra una sinagoga de la capital.
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Funcionarios estadounidenses pensaron que la redada era posiblemente una señal de que las autoridades rusas estaban entrando en acción, según el NYT.
La sala de conciertos Crocus City Hall también vio un aumento de la seguridad en los días previos al ataque, según testigos, con personal revisando los bolsos y el lugar.
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Sin embargo, estas medidas no permitieron descubrir a uno de los atacantes, Shamsidin Fariduni. Empleados de la sala de música, en declaraciones a los medios rusos, recordaron haber visto a Fariduni en la sala de conciertos el 7 de marzo. Una foto suya con un abrigo marrón claro en la sala, verificada por The Times, ha circulado en la prensa rusa.

Por su parte, Aleksandr V. Bortnikov, director de la FSB, subrayó en comentarios públicos que la información proporcionada por Estados Unidos era “de carácter general”.
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“Reaccionamos a esta información, por supuesto, y tomamos las medidas apropiadas”, dijo, señalando que las acciones que e FSB llevó a cabo para seguir el soplo no lo confirmaron.
Desconfianza rusa
El fracaso a la hora de impedir el atentado fue probablemente el resultado de una combinación de otros factores, entre ellos el cansancio tras haber estado “especialmente alerta” durante el periodo previo a las recientes elecciones presidenciales rusas, dijo un funcionario europeo de seguridad, que hace un seguimiento de las actividades de los servicios de inteligencia rusos.
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Los expertos que hablaron con el NYT también destacaron los profundos niveles de desconfianza, tanto en el seno de los servicios de seguridad rusos como en sus relaciones con otras agencias de inteligencia mundiales.
“Como el FSB -y Putin- ve el mundo a través del prisma de que Estados Unidos va a por Rusia, cualquier información que no sea coherente con ese marco se descarta fácilmente”, dijo Andrea Kendall-Taylor, investigadora principal del Center for a New American Security, que anteriormente dirigió los análisis de Rusia por parte de la comunidad de inteligencia estadounidense.
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“El problema es que, para poder prevenir realmente los atentados terroristas, es necesario contar con un sistema realmente bueno y eficaz de intercambio y recopilación de información”, agregó Andrei Soldatov, experto en inteligencia rusa, quien subrayó que es necesaria la confianza dentro de la agencia nacional y con las agencias de otros países, así como una buena coordinación. Y añadió: “Ahí es donde hay problemas”.
Esa desconfianza se vio reflejada en las declaraciones de Bortnikov, quien dijo que la advertencia estadounidense sobre el ataque debería considerarse una prueba de la posible complicidad estadounidense.
Bortnikov declaró el martes que los extremistas islamistas por sí solos no podían haber perpetrado el atentado. Culpó, entre otros, a Estados Unidos.
Represión política
Los expertos señalaron que la forma en que Putin ha secuestrado su aparato de seguridad nacional para una represión política cada vez mayor en su país -así como su enfoque en una cruzada contra Ucrania y Occidente- como distracciones que probablemente no ayudaron en prevenir el ataque.
La agencia principalmente responsable de combatir el terrorismo en Rusia se llama Segundo Servicio, una rama del FSB.

Una tiempo se centraba en los extremistas islamistas, bandas de asesinos y grupos neonazis internos.
Pero a medida que Putin ha avanzado en su represión política interna, su lista de objetivos se ha ampliado para incluir a figuras de la oposición como Aleksei Navalny, que murió el mes pasado en una prisión rusa, y a sus partidarios, así como a activistas de los derechos de L.G.B.T.Q., testigos de Jehová, activistas pacifistas y otros críticos del Kremlin.
“En general, el FSB es una fuerza de policía política, y como tal refleja las preocupaciones del Kremlin”, dijo Mark Galeotti, especialista en operaciones de seguridad de Rusia y miembro asociado senior del Royal United Services Institute de Londres. “En la actualidad, al gobierno lo que más le preocupa es la disidencia política y el sabotaje ucraniano, por lo que son las prioridades del FSB.”.
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