
Hace 4.000 años, entre la primera y la sexta catarata del Nilo se formó el reino de Kush. Su evolución estuvo íntimamente conectada a los hermanos del norte, los egipcios. Y como ellos, fueron sometidos a la conquista y recibieron el aporte de griegos, romanos, cristianos, musulmanes y ejércitos y administradores británicos. Hasta que surgió Sudán con una población árabe-musulmana en el norte y otra animista-cristiana-negra en el sur. Se independizó en 1956 y desde entonces vivió la mayor parte de su historia en guerra. En este momento se enfrentan dos facciones armadas que se disputan el gobierno de Khartoum, la del ejército regular y la de una poderosa milicia apoyada por los mercenarios del Grupo Wagner ruso, iniciando desde el fin de semana el último de una serie casi infinita de conflictos armados que amenaza con desestabilizar una vasta región del norte de África, desde el Sahel hasta el Mar Rojo.
Las fuerzas armadas sudanesas son ampliamente leales al general Abdel Fattah al-Burhan, líder de la junta militar y gobernante de facto del país, mientras que los paramilitares de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), un conjunto de milicias, siguen al señor de la guerra, el general Mohamed Hamdan Dagalo, más conocido como Hemedti. Ambos disputan el poder desde que derrocaron en 2019 la dictadura de 30 años de Omar al-Bashir. Los militares habían prometido una salida democrática hasta que dos años más tarde organizaron un autogolpe y se apoderaron definitivamente del gobierno.
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Las RSF fueron fundadas por Bashir para aplastar la rebelión en Darfur, al oeste del país, que comenzó hace más de 20 años debido a la marginación política y económica de la población local por parte del gobierno central sudanés. Las RSF son conocidas por la población local por el nombre de Janjaweed, famosas por las atrocidades que cometieron. En 2013, Bashir transformó a los Janjaweed en una fuerza paramilitar semiorganizada y otorgó a sus líderes rangos militares antes de desplegarlos para aplastar otra rebelión, esta vez en Darfur, en el sur y, posteriormente, enviar a muchos de ellos a luchar en la guerra de Yemen y, más tarde, de Libia.

Los jajaweed de las RSF, liderados por Hemedti, y las fuerzas militares regulares bajo el mando de Burhan se unieron para derrocar a Bashir en 2019. El primer acto de las RSF fue provocar la masacre de un grupo de civiles que protestaba pacíficamente contra el golpe. Pero en 2021, sorpresivamente, las RSF se pusieron de lado de los grupos que apoyaban una salida política a los militares y esto enfrentó públicamente a Burhan y a Hemedti. La tensión entre ambos se había dirimido hasta la semana pasada con algunas escaramuzas y el reparto de las ganancias en los negocios, pero algo hizo estallar la frágil tregua el sábado por la mañana, cuando comenzaron los combates entre las fuerzas de ambos bandos alrededor del aeropuerto internacional de Khartum.
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En el medio de todo esto aparece el infame Grupo Wagner de mercenarios rusos liderado por Yevgeny Prigozhin, socio de Vladimir Putin. El ex dictador Al Bashir los había contratado en 2017 para dar seguridad a las minas de oro en el país, algunas de las cuales están en manos de empresarios rusos cercanos al Kremlin. Lo consiguió después de visitar Moscú en 2017 y decirle a Putin que “Sudán es la puerta de entrada de Rusia en África”. Hemedti reforzó esa relación cuando viajó en febrero de 2022 a Moscú, apenas unas horas después de la invasión rusa a Ucrania, para dar todo su apoyo a la aventura militar de Putin.
Los Wagner, que ya operaban en Libia, y mantienen presencia en Mali y la República Centroafricana, llegaron primero para ocupar los territorios alrededor de las minas de la compañía Meroe Gold, controladas por el conglomerado M Invest con sede en Moscú. “Pronto pasaron a ocuparse de otros asuntos y a `cumplir mandados’ del gobierno de Khartum. Se comprometieron en todos los conflictos locales de las zonas mineras y provocaron atroces matanzas”, explicó a Al Jazeera, Samuel Ramadi, autor de un prestigioso libro sobre la expansión rusa en el continente africano.
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Entre las tareas de los mercenarios rusos está la de asegurar la salida del oro sudanés hacia Latakia, el puerto que Rusia controla en la costa mediterránea de Siria. Una investigación de la CNN demostró la salida de al menos 16 aviones repletas de oro desde la capital sudanesa hasta el aeropuerto militar de Latakia. También se cree que una parte de ese oro termina financiando tanto a las actividades de los Wagner en Ucrania como a las milicias de Hemedti. “No creo que haya una luz verde de Putin para que las fuerzas rusas tengan un papel activo en esta actual confrontación militar, pero los Wagner sí la tienen porque se juegan grandes intereses y recursos si no apoyan a Hemedti o si no terminan negociando con Burhan”, explicó el escritor Ramadi. Aunque hay en juego algo muy apreciado por Moscú que es la posibilidad de que Rusia tenga una base en la costa sudanesa sobre el Mar Rojo y esto tiene toda la atención de Putin.
Sudán se encuentra en una región muy volátil con límites en el Mar Rojo, la región del Sahel (el sur del Sahara) y el Cuerno de África. Allí operan filiales de las redes terroristas islamistas, desde Al Qaeda hasta ISIS. Esa situación estratégica y la riqueza agrícola con la que cuenta convirtieron a su territorio en el centro de los juegos de poder regionales. Los militares, queriendo conservar el poder y evitando una transición democrática, hicieron el resto. La tensión interna, incluso se trasladó en los últimos meses a sus vecinos y comenzó a afectar a Etiopía, por una disputa sobre tierras de cultivo a lo largo de la frontera, Chad y Sudán del Sur, que sigue dependiendo en buena manera de sus hermanos del norte.
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Y no faltan las potencias globales y regionales. Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos quieren influenciar para que Sudán permanezca como una nación árabe sunita donde no penetren los extremistas islámicos o los shiítas de Irán. Estos países juntos a Estados Unidos y Gran Bretaña formaron un grupo “cuadrilateral” que patrocinaron en estos años la mediación en los conflictos.
En tanto, los enfrentamientos se extendieron a casi todas las ciudades importantes del país y ya hay más de 200 muertos y 2.000 heridos. Y uno de los más preocupados en estas horas es el general Abdel Fatah al-Sisi, el presidente de Egipto, que entiende que la guerra civil sudanesa pronto puede incendiar el sur de su país.
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