(Enviados especiales). Natalia Shevtsova tiene 59 años y hace tres días un misil ruso destruyó el departamento que compartía con su familia. Sucedió a la madrugada -3.34 AM, hora de Kramatorsk-, y por casualidad no hubo muertos. Pero ya nada le sirve para vivir, y al polvo de los escombros se une su pobreza y una tristeza en los ojos que parece infinita.
“Nosotros vamos a ganar”, jura
Shevtsova recuerda que estaba durmiendo y que se despertó por los gritos de su hijo. “Estaba trabajando con la computadora, y de repente cayó la bomba. Yo le saque el polvo de la cara y lo llevaron al hospital: tuvo un golpe con mucha sangre en la cabeza”, comentó a Infobae.
-¿Adonde vive?
-Acá. No tengo adonde ir.

Kramatorsk es una ciudad que vive de la producción agropecuaria. Está muy cerca del frente de batalla -40 kilómetros al este-, y sus calles y avenidas apenas son transitadas. La mayoría de los negocios tienen las persianas bajas, escasea la nafta en las estaciones de servicio y el control militar es exhaustivo.
En los últimos días, la artillería rusa se ensañó con Kramatorsk y todos sus blancos fueron civiles.
El jefe de la administración militar regional de Donetsk, Pavlo Kirilenko, informó que al menos 810 apartamentos en 32 edificios de esta ciudad habían sido dañados por un ataque masivo de cohetes rusos.

“Los rusos están retrocediendo. Y por eso tiran los misiles a los blancos civiles”, explicó Solodun Román, teniente coronel de la Policía Nacional.
_¿La estrategia rusa consiste en establecer un clima de terror para recuperar la iniciativa en el frente de batalla?-, preguntó este enviado especial.
-No creo. La gente que tenía miedo ya se fue. Y los que nos quedamos, nos quedamos a luchar, y ya no nos dan miedo las sirenas. Nos preocupa que haya muertos. Pero miedo ya no tenemos.

A diferencia de Kiev o Kharkiv, en esta ciudad se reconoce la falta de ayuda social, la ausencia de trabajo y el desabastecimiento de alimentos y combustibles. En Kramatorsk se padece la guerra por su cercanía con la línea de fuego, y también se sufre por la desocupación y la magra asistencia que garantice un plato de comida, una frazada o una cama en el hospital de la ciudad.
Oleksandr Drogalo es cerrajero, pero el conflicto bélico terminó con sus clientes. Y hace cuatro días, cuando trataba de dormir con las sirenas sonando al máximo, un misil ruso impactó en el edificio que comparte con 300 vecinos más.
El cerrajero del barrió, esa madrugada, se convirtió en una héroe accidental. Salió rápido al pasillo de su piso, y ayudó a un grupo de ancianos que habían quedado bajo los escombros.
“Sólo tuvimos dos heridos. Fue un milagro”, aseguró Drogalo a Infobae.
-¿Estaba durmiendo?
-No. En Kramatorsk nadie duerme, y de día se vive mal.
-¿Hay ayuda social?
-Nos dan comida, todos los días. Pero no pagarán el arreglo de mi casa. Y yo no tengo plata.
-¿Hay trabajo en Kramatorsk?
-No. No hay nada. La guerra se llevó todo.

Las sirenas en Kramatorsk suenan fuerte y por muy largo rato. Y el toque de queda se extiende desde las 8 PM hasta las 6 de la madrugada. Si de día la gente no sale de sus casas, la ciudad muestra una imagen distópica cuando el sol empieza a caer. Se teme a los misiles, pero sólo los periodistas transitan la ciudad con el casco y el chaleco antibalas.

“Nosotros vamos a ganar. Yo lo creo”, aseguró -una vez más- Natalia Shevtsova.
Minutos después, las alarmas empezaron a sonar. Y la poca gente que caminaba por el barrio, cambió su paso frente a una alerta que se puede transformar en tragedia. Nadie sabe si los misiles rusos caerán -de nuevo- sobre los edificios de Kramatorsk. Pero la muerte aletea en esta ciudad, que está a 40 kilómetros del frente de batalla.
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