
Los ojos de gran parte de los británicos están sin lograr pestañear. Sorprendidos, todavía no pueden creer que el hombre que diseñaba las políticas para resguardar a la población e impedir contactos sociales para evitar propagar los contagios de COVID-19, organizara reuniones en su residencia oficial: el famoso número 10 de Downing Street.
Es que Boris Johnson, de 57 años y el primer Ministro del Reino Unido, quedó en el centro de todas las miradas luego de que se descubrieran las concurridas fiestas que organizaba en la icónica casa británica. “Quiero disculparme. Sé que millones de personas en este país han hecho sacrificios extraordinarios durante los últimos 18 meses”, fueron las primeras palabras de Johnson ante el Parlamento británico este miércoles pusieron fin a sus intentos de esquivar el tema, filtrado en la prensa desde finales del año pasado.
Pese a ese intento desesperado por ofrecer un perdón y sentirse arrepentido, el escándalo crece en el Reino Unido y el gobierno no encuentra una salida decorosa a semejante escándalo.
En una lúcida columna publicada hoy por The Atlantic y titulada “El Watergate de Boris Johnson”, el periodista Tom McTague hace una comparación entre los meses finales del ex presidente norteamericano Richard Nixon y el actual primer ministro británico a cuyo tropiezo llama “Partygate”.
Adentrándose en lo ocurrido con el líder Republicano de los años 60 y 70, McTague resalta: “El drama shakesperiano de la lenta asfixia política de Nixon no se parece a nada en la historia democrática moderna: un sutil tejido de tragedia personal, debilidad humana, locura criminal y justicia natural, con un desenlace casi hecho para la televisión. En comparación, el Watergate de Johnson - ‘Partygate’, como se conoce ahora- es de baja calidad, barato y casi patético en su pequeñez, pero con todos los mismos ingredientes de tragedia, debilidad, locura y justicia natural”.
“Sin embargo, Johnson no tiene que cometer un ‘alto crimen o delito’ para ser forzado a abandonar el cargo. La clave para recordar es que Gran Bretaña, a diferencia de Estados Unidos, es un sistema parlamentario, lo que significa que un primer ministro es tan poderoso como su mando en la Cámara de los Comunes y, por extensión, su partido”, explicó el autor.
McTague, subraya además que “la única esperanza de Johnson en este momento es que pueda persuadir a su partido para que mantenga la línea hasta que termine la embestida y rezar para que no salgan a la luz nuevas revelaciones. Pero para Johnson, como para Nixon antes que él, la realidad es que ya no tiene el control”.
“Al igual que el Watergate, el Partygate revela los rasgos de carácter que han definido a Johnson durante mucho tiempo, pero que, hasta el escándalo, se consideraban irrelevantes o incluso positivos cuando se trataba del Brexit. Ahora, aplicados a la pandemia, se consideran descalificadores”, concluyó el columnista de The Atlantic.
El pedido de perdón
Este miércoles fue clave para el político conservador. Johnson no tuvo otra salida que admitir que estuvo en una fiesta organizada en los jardines de Downing Street durante el confinamiento y dijo haber creído que se trataba de un encuentro de trabajo.
La comparecencia del primer ministro era muy esperada tras las nuevas revelaciones de que él y sus altos funcionarios violaron las restricciones de covid al celebrar una fiesta con tragos, y en momentos en que se multiplican los titulares condenatorios de la prensa y crece la ira del público.
“Sé la angustia por la que han pasado: incapaces de llorar a sus familiares, incapaces de vivir sus vidas como quieren o de hacer las cosas que aman. Sé la rabia que sienten conmigo y con el gobierno que dirijo cuando piensan que en Downing Street las personas que hacen las reglas no las siguen correctamente (...) debo asumir la responsabilidad”, dijo el premier.
Este miércoles los diarios se habían hecho eco de la rebelión en la bancada conservadora, cuyo apoyo a Johnson está en duda. The Times tituló: “Pide perdón o nos condenas a todos, dicen los ministros a Johnson”. La duda recaerá ahora en si mantiene el control del partido, como plantea McTague o su destino está sellado.
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