Esta nueva edición del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, encuentra a las demandas y reivindicaciones del movimiento de mujeres en el centro de las agendas gubernamentales, mediáticas, y sociales, como pocas veces antes en la historia. No es casualidad. La última década las mujeres de todo el mundo han ganado las calles y alzado la voz contra las distintas formas que asume la desigualdad, desde las prácticas naturalizadas socialmente que pueden ocurrir dentro de una familia, hasta la subrepresentación femenina en los organismos de poder, por ejemplo.
En América Latina, por caso, el hartazgo ante los espeluznantes índices de violencia de género que dispararon la masiva manifestación en Argentina en el año 2015 bajo el lema #NiUnaMenos ha desatado una serie de movilizaciones en prácticamente todos los países de la región que se mantienen hasta hoy. Esa primera protesta fue considerada por muchas de las estudiosas y teóricas del tema como el puntapié de lo que fue definido como una nueva ola feminista. ¿Por qué hablamos de ‘ola’? Porque es masiva e internacional, y porque en todo este periodo se han registrado, incluso, varias acciones coordinadas.
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Tras el #NiUnaMenos, llegó el llamado “lunes negro” en Polonia ante un proyecto gubernamental que pretendía volver aún más restrictiva una limitada legislación sobre el aborto. Miles de mujeres vestidas de negro abandonaron sus puestos de trabajo y salieron a las calles en lo que fue la manifestación más grande desde la caída del comunismo en el país europeo, treinta años atrás.
Como fichas de un dominó, las protestas callejeras se multiplicaron, se masificaron y se diseminaron por el globo, desde la periferia, hacia el centro. Italia, España, Turquía, Reino Unido, Brasil, Pakistán, hasta Estados Unidos. Este último país fue testigo, en el último lustro, de varios episodios de relevancia para las mujeres: desde la llamada Marcha de las Mujeres, convocada en enero del 2017 contra una serie de expresiones misóginas pronunciadas por el entonces flamante primer mandatario, Donald Trump; hasta el movimiento conocido como #MeToo que, por primera vez, puso de manifiesto los sistemáticos abusos que existían en Hollywood y que fueron destapados por una serie de denuncias contra el poderoso productor Harvey Weinstein.
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Las protestas de mujeres, finalmente, volvieron a repetirse en el país en ocasión del nombramiento por parte del presidente Trump del juez Brett Kavanaugh para la Corte Suprema, quien había sido denunciado por abuso sexual por parte de varias mujeres y cuyo voto podría, finalmente, torcer la balanza en la máxima instancia de la Justicia estadounidense para derogar el fallo Row v Wade que en el año 1973 legalizó el aborto en el país.
España también se ha convertido en uno de los focos de la movilización de las mujeres a nivel internacional. Más allá de las huelgas en ocasión del 8 de marzo de los últimos años, en el año 2018 el país se vio sacudido al conocerse una sentencia judicial que liberó a los miembros de un grupo conocido como La Manada, acusado de una violación grupal en el año 2016 durante las fiestas de San Fermín. La decisión judicial fue tildada de patriarcal al definir el episodio como abuso y no como violación y desató una ola de indignación que llevó a decenas de miles de mujeres a las calles. Tras eso, las condenas fueron revisadas.
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La región de Medio Oriente también se hizo eco de lo que pasó en otras latitudes. Desde Turquía, que fue escenario de masivas manifestaciones que fueron ferozmente reprimidas por la policía, hasta las repetidas en El Líbano, que llegaron en 2019 a tumbar un gobierno, con las mujeres en la primera línea. En Arabia Saudita, uno de los países más regresivos en materia de derechos para las mujeres, lo sucedido fronteras afuera ha tenido su impacto interior, entre otras cosas, levantando el régimen de tutelaje masculino para viajar, terminando con la prohibición para conducir automóviles y otorgando por primera vez el derecho de registrar el nacimiento de sus hijos, el matrimonio o el divorcio.
Una ola, dos olas, tres olas y una historia
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Lo que sucede en la actualidad, sin embargo, sólo puede explicarse a partir de la larga historia del movimiento de mujeres, que hace más de un siglo pelean por sus derechos y reivindicaciones. Lejos del glamour de Hollywood, de los eslóganes sobre la femeneidad o de los hashtags de las redes sociales, lo cierto es que el día de la mujer se gestó en plena pelea por los derechos laborales y las condiciones de trabajo, cuando 123 obreras de una fábrica textil en Nueva York murieron calcinadas por reclamar por salarios y la jornada laboral, en el año 1911.

En el mismo momento, del otro lado del Océano Atlántico, un grupo de mujeres cada vez más amplio y radicalizado reclamaba su derecho al voto. En el Reino Unido pasaron a la historia con el nombre de sufragistas, cuando en el año 1918 finalmente conquistaron la legalización del voto femenino. Su lucha estaba en sintonía con lo que sucedía en ese momento en toda Europa: las alemanas Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin, referentes de la socialdemocracia alemana, por caso, fueron las organizadoras en 1907 de la Primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, en Stuttgart, que aprobó entre sus resoluciones la obligatoriedad de los partidos socialistas del mundo a luchar por el sufragio femenino y elaboró una estrategia política para acercar a las trabajadoras a los partidos socialistas.
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La segunda ola es un periodo de actividad y pensamiento feminista ubicado generalmente entre las décadas del sesenta y del ochenta, que tuvo lugar fundamentalmente en los países occidentales pero con ecos por fuera de ellos. Dicho movimiento se centró en temáticas tales como sexualidad, familia, trabajo, derechos reproductivos y desigualdades, y es responsable de las legislaciones que habilitaron la práctica del aborto sancionadas durante ese periodo. El feminismo de la segunda ola también llamó la atención sobre la violencia doméstica, creó centros de acogida para mujeres violentadas e introdujo cambios en las legislaciones de divorcio.

Sobre la tercera y la cuarta ola, las especialistas no coinciden. Mientras que algunas la ubican en torno a lo que se llamó el ‘momento queer’ en la década del 90, con la publicación por parte de Judith Butler del libro Problemas de género, para otras se trató de un fenómeno circunscripto a los Estados Unidos, y por tanto no tuvo el carácter de movimiento ni de ola. Para este segundo grupo, la tercera ola es a la que estamos asistiendo actualmente, desde el año 2015 a esta parte, y es un movimiento protagonizado generalmente por gente joven, que involucra a casi la totalidad de los países del mundo. En algunos casos, ha emprendido peleas defensivas, como la de las mujeres que reclaman y paran contra la violencia de género, y en otros ofensivas, como los movimientos que pelean por la legalización del aborto en países como Irlanda o Argentina. Hasta dónde llegará, cuáles peleas perderá y cuáles otras ganará, aún está por verse.
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