
El periodismo es indispensable para cualquier sociedad democrática. Sin medios de comunicación y profesionales autónomos que aporten a la población un panorama informativo amplio y plural, es muy difícil que los ciudadanos puedan decidir libremente cómo y por quién pretenden ser gobernados.
Si bien es una profesión que incomoda, que —ejercida a conciencia— cuestiona y expone a quienes no quieren rendir cuentas, no debería ser peligrosa. No obstante, en países en los que la democracia es ficticia, donde no hay instituciones que regulen la violencia, ser periodista puede significar vivir bajo amenaza de muerte.
El Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ por su nombre en inglés) es una organización no gubernamental con presencia en los cinco continentes, que se dedica a bregar por la libertad de prensa en el mundo. Según sus exhaustivos registros, en los últimos 25 años fueron víctimas de homicidio al menos 1.885 trabajadores de medios.
Con la excepción de 1993 y 1994, años en los que se alcanzaron picos de 72 y 85 muertes violentas, entre 1992 y 2003 los homicidios se mantuvieron por debajo de 60, y, en cuatro oportunidades, por debajo de 40. Sin embargo, a partir de 2004, tras el estallido de guerras y conflictos armados en Medio Oriente, se registró un súbito incremento. Las víctimas no bajaron de 64 anuales y en 2007 se llegó al máximo histórico, 112.
El 44% de los 1.885 periodistas que murieron en el período fueron asesinados. Muchos, como represalia por haber hecho su trabajo. Otros, por estar en lugares demasiado violentos, en los que no tiene valor la vida de ninguna persona.
Un ejemplo es el del mexicano Bladimir Antuna García, redactor de El Tiempo de Durango, que apareció muerto el 2 de noviembre de 2009 en el estado de Durango, tras haber sido secuestrado por un grupo comando vinculado a los Zetas. Tenía una nota que decía: "Esto me pasó por escribir demasiado".
El 16% fue víctima del fuego cruzado, por estar reportando en medio de un conflicto armado. Es lo que le pasó a Ibrahim Omar, camarógrafo de la cadena qatarí Al Jazeera, que murió en un ataque aéreo perpetrado el 11 de julio de 2016 en Idlib, Siria.
Al 9% los mataron mientras estaban en lo que el CPJ denomina "coberturas riesgosas". Es el caso de Sabah al-Bazi, periodista de la cadena emiratí Al-Arabiya, que cubría una reunión de un consejo provincial en Tikrit, Irak, cuando un grupo terrorista irrumpió en el edificio con granadas y mató a 58 personas.
El 32% restante sufrió muertes violentas en circunstancias que no fueron esclarecidas.
Entre los periodistas muertos, 209 trabajaban de forma independiente, como colaboradores con distintos medios. La empresa que sufrió más bajas es Reuters (Reino Unido), que tuvo 16 víctimas en el último cuarto de siglo. Le siguen Al-Arabiya (Dubai), con 15; Al-Iraqiya (Irak) y BBC (Reino Unido), con 13; Al-Sharqiya (Irak), con 12; Baghdad TV (Irak), con 9; y Al-Jazeera (Qatar), Televisión Estatal de Argelia y Ozgur Gundem (Turquía), con 8.
El repaso de los medios a los que pertenecían muchos de los profesionales muertos revela que pocos países concentran a buena parte de las víctimas. En concreto, el 76% está repartido entre 20 naciones, todas atravesadas por la violencia bélica, el crimen organizado, graves conflictos políticos o una nefasta combinación de las tres cosas.
Con 277 periodistas muertos, Irak tiene el trágico liderazgo. Duplica al segundo, Filipinas, donde hubo 138 homicidios en el mismo período. La cifra es impactante, porque hasta 2003 sumaba apenas una muerte.
La Guerra de Irak, que se desató en marzo de ese año, elevó a 21 el número de víctimas en sus primeros 12 meses, y tuvo sus picos en 2006 y 2007, con 56 y 51 muertos. A partir de 2009 cayó abruptamente la cantidad de homicidios, coincidiendo con la disminución de los enfrentamiento armados. Pero el país nunca recuperó la calma, mucho menos después de la irrupción del Estado Islámico, en 2014.
En Filipinas no hubo formalmente una guerra, y por eso no hay registro de periodistas abatidos en fuego cruzado, como en Irak, donde esa fue la circunstancia en la que se produjo el 24% de los decesos. Pero es desde hace tiempo uno de los países más violentos del mundo.
Salvo en 1994 y en 1999, en todos los años hubo al menos un periodista víctima. El máximo, 38, se registró en 2009, cuando explotó un sangriento conflicto entre clanes rivales por el control de algunos territorios del país.
El podio lo completa Siria, donde murieron 130 trabajadores de medios. Como en Irak, hasta que comenzó su guerra civil —tras las protestas de la llamada "Primavera Árabe" de 2011— no se habían producido muertes.
De dos homicidios en 2011 pasó a 37 en 2012, el pico. Desde ahí empezó a bajar y el mínimo, nueve, se alcanzó el año pasado. Es el único país en el que la gran mayoría de las muertes, el 69%, fueron resultado del fuego cruzado.
Entre las 17 naciones restantes hay cinco latinoamericanas, lo que prueba lo difícil que puede resultar hacer periodismo en una región sofocada por la violencia criminal y política. México está primero, con 100 víctimas en el período, y lo siguen Colombia (85), Brasil (54), Honduras (27) y Guatemala (23).
La disparada en México coincidió con la estrategia de declararle la guerra al narcotráfico, que comenzó en 2006 durante el gobierno de Felipe Calderón. La iniciativa provocó un aumento exponencial de las muertes. Lo sufrió toda la ciudadanía, pero afectó especialmente el trabajo de los periodistas, como ilustra el caso de Bladimir Antuna García. El peor año fue 2010, con diez muertos.
Si algo caracteriza al drama mexicano es la opacidad y la corrupción de las fuerzas de seguridad y de la clase política. No sólo para combatir a las organizaciones criminales, sino para ser sus cómplices.
Se estima que hay cerca de 30 mil personas que desaparecieron en estos años, como los 43 estudiantes de Ayotzinapa, de los que no hay rastros desde 2014. Por eso no llama la atención que en México el 56% de los homicidios a periodistas se haya producido en circunstancias no esclarecidas, la mayor proporción entre las naciones estudiadas.

En Colombia, la violencia se explica por la compleja interconexión entre narcotráfico y lucha armada. Superado lo peor del enfrentamiento entre el Estado y los grandes carteles de la droga entre fines de los 80 y principios de los 90, hubo un alza notable en la muerte de periodistas entre 1997 y 2003.
La causa fue el fortalecimiento de las FARC en esos años, como resultado del controvertido acuerdo que alcanzaron con el presidente Andrés Pastrana. Su gobierno les otorgó una "zona de distensión", que les sirvió de base para incrementar los ataques. Con el declive de la guerrilla mejoró la situación para los trabajadores de prensa.
Brasil posee la particularidad de tener la mayor proporción de asesinados (74%) entre sus periodistas muertos. Es un caso más parecido al de México, ya que es una sociedad muy polarizada, donde el crimen organizado es cada vez más predominante en las zonas marginadas, como las favelas y la periferia de las grandes ciudades. La diferencia es que el aparato estatal y el sistema de justicia son más robustos, y muchos de los crímenes que en México quedan impunes, en Brasil al menos son investigados y —a veces— condenados.
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