
El budismo y la neurociencia tienen en común mucho más de lo que se diría a primera vista. Ambos analizan la mente de manera empírica: el budismo lo hace por investigación directa, mediante la introspección, y la neurociencia apela al conocimiento en tercera persona, la observación científica.
Matthieu Ricard, monje budista y biólogo molecular, conversó a lo largo de años con su amigo Wolf Singer, neurocientífico, sobre sus diferentes perspectivas a la hora de analizar la mente, el yo, la conciencia y el inconsciente, el libre albedrío, la meditación y la neuroplasticidad, entre otros temas. Encontraron que los abundantes descubrimientos que el budismo hizo mediante la experiencia durante dos milenios tienen muchos elementos en común con los hallazgos que la neurociencia hizo con experimentación en sólo 20 años.

"El diálogo entre la ciencia occidental y el budismo se distingue como algo especial en el debate, con frecuencia difícil, entre la ciencia y la religión", explicaron en el libro Beyond the Self, resultado de sus diálogos, que se acaba de publicar en los Estados Unidos.
Dado que el budismo no es una religión en el sentido que se le suele dar al término ("no se basa en la idea de un creador y por ende no requiere un acto de fe"), Ricard y Singer proponen verlo como una ciencia de la mente. A partir de ahí formulan toda clase de preguntas —desde la física cuántica hasta las cuestiones éticas— y, al buscar respuestas, descubren que el budismo tiene mucho que aportar a la neurociencia.
Singer señaló que allí donde el budismo emplea la introspección como herramienta para examinar la mente, "un enfoque autorreferencial interesante", la neurociencia investiga desde una perspectiva externa. ¿Qué garantiza la confiabilidad de la técnica introspectiva?, le preguntó. Porque "no hay nada que otra persona pueda mirar y juzgar como válido; los observadores sólo pueden apoyarse en un testimonio verbal sobre estados subjetivos".

Ricard respondió que, aunque no se lo perciba del mismo modo, es lo que también sucede con el conocimiento científico. "Primero hay que apoyarse en el testimonio creíble de una cantidad de científicos, pero luego uno puede entrenarse en la materia y verificar los hallazgos de primera mano". Es algo, comparó, muy similar a la contemplación. "Primero hay que refinar el telescopio de la mente y los métodos de investigación, durante años, para llegar por uno mismo a lo que otros contemplativos hallaron y acordaron".
El estado de conciencia pura, sin contenidos, puso como ejemplo, no es algo misterioso: "Cualquiera que se tome el trabajo de estabilizar y aclarar su mente podrá experimentarlo".
También es posible la validación, dijo. Un maestro de meditación hace preguntas precisas a un estudiante, y las descripciones "no son vagas y poéticas", sino que ambos hablan sobre algo "bien definido" que los dos entienden.

Singer preguntó cómo se medita. Ricard le dijo que lo primero es la perseverancia. "Hay que entrenarse una y otra vez. No se puede aprender tenis sosteniendo una raqueta por unos minutos cada algunos meses". En la meditación, el esfuerzo apunta a desarrollar un enriquecimiento interno. "Un enriquecimiento que no es pasivo sino voluntario, y dirigido de manera metódica. Cuando uno dedica ocho o más horas por día a cultivar ciertos estados mentales que ha decidido cultivar y que ha aprendido a cultivar, reprograma el cerebro", dijo, con un término de la neurociencia.
Meditar es, sintetizó el neurocientífico, "un proceso cognitivo sofisticado", por el cual "las capacidades cognitivas del cerebro se aplican a estudiar su propia organización y funcionamiento". Y recordó que el modo en que el cerebro se adapta al ambiente, que es un proceso de desarrollo, también se puede considerar una forma de reprogramación.
Porque si bien el cerebro de una persona se desarrolla hasta los 20 años, cuando las conexiones se estabilizan y ya no se pueden generar nuevos circuitos, sí es posible modificar los que existen.

"Un estudio de gente que practicó meditación durante mucho tiempo demostró que la conectividad estructural entre las diferentes áreas del cerebro era mayor" que en aquellos que no meditaban, citó Ricard. "También se puede cambiar el flujo de la actividad neuronal, como cuando aumenta mucho el tránsito en un camino".
Las personas que meditan regularmente tienen la capacidad de generar estados mentales bien definidos, algo que se asocia con patrones cerebrales específicos. "El entrenamiento mental permite que uno genere esos estados cuando lo desee, y que module su intensidad incluso ante circunstancias perturbadoras, como estímulos emocionales fuertes, positivos o negativos", ilustró el monje.
Singer propuso una analogía: la diferenciación creciente de la percepción al aprender. "Con poca experiencia, uno puede reconocer que cierto animal es un perro. Con más experiencia, puede agudizar la vista y distinguir cada vez con más precisión entre perros parecidos". La variedad de estados mentales aumenta con la mayor diferenciación que se logra al entrenar la mente.

El budismo describe 58 eventos mentales principales, con varias subdivisiones, dijo Ricard. Puso el ejemplo de la ira. "Con frecuencia la ira puede tener un componente malvado, pero también puede ser indignación legítima ante la injusticia. La ira puede ser una reacción que nos permite sobreponernos rápidamente a un obstáculo que nos impide lograr algo valioso o eliminar un obstáculo que nos amenaza. Sin embargo, también puede reflejar una tendencia a la irritabilidad".
La meditación, además, ayuda a reprogramar las conexiones cerebrales de manera tal que se pueda aumentar la concentración. "Cuando uno se puede mantener en un estado de conciencia, ve cómo surgen los pensamientos; los deja pasar por la mente, sin tratar de bloquearlos o estimularlos, y desaparecen".
El monje citó un estudio que demostró que la gente que medita regularmente puede mantener la atención en un nivel óptimo por largos periodos. "Cuando realizaban una tarea, aun después de 45 minutos, no se ponían tensos ni se distraían", ilustró.
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