
Tan solo cinco años atrás, "Kim" era miembro de un emergente grupo social en el país comunista denominado tonju, cuyo significado se traduce a "amos del dinero".
Son los "nuevos ricos" de Corea del Norte, que acumulan riquezas que en algunos casos pueden alcanzar seis dígitos (en dólares). Estos emprendedores aprovechan la incipiente economía de mercado que nació en las vísperas de la hambruna que padeció el país cuando la utopía hiperestalinista de Kim Il-sung comenzó a desmoronarse, a principios de los años noventa.
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La economía del sector privado del país comunista forma necesariamente parte del mercado negro norcoreano, cuyo desarrollo ha sido parcialmente tolerado, hasta ahora, por el joven dictador Kim Jong-un.
Está actividad ha dado lugar a un boom del consumo que se ha hecho notar en las ciudades norcoreanas, donde algunos individuos trabajadores y ambiciosos lograron aprovechar la crisis que atravesó el país para generar riqueza.
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En el caso de Kim, quién prefirió no compartir su nombre real, fue la incipiente industria pesquera la que, en primer lugar, le trajo éxito y, luego, le permitió desertar a Corea del Sur.
No escapó para evadir el peligro, como suele ser el caso para muchos perseguidos por el régimen autoritario, sino por su edad: se consideraba demasiado viejo para continuar la arriesgada, aunque gratificante, vida de un empresario cuasi legal en Corea del Norte.
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Por muchos años, Kim fue oficial naval, y en sus últimos años en la Armada fue expuesto a actividades comerciales que tenían como propósito recaudar dinero para el régimen. Con algunas ideas sobre cómo hacer tratos y con buenas conexiones políticas, Kim se retiró de la Marina a mediados de los años 90 para buscar oportunidades de negocios.
En aquella época, los mariscos eran el principal producto de exportación del régimen totalitario, que aún no había explotado su industria minera. Entonces Kim, que había aprendido a navegar el mar durante su tiempo en la marina, decidió probar su suerte en la industria pesquera.
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Como el régimen de Kim Jong-il padecía por entonces una seria crisis económica, la mayoría de los barcos permanecían inmóviles en el puerto debido a la escasez de combustible. No obstante, Kim se acercó a una compañía de pesca estatal y les ofreció comprar cuatro barcos pequeños para comenzar su emprendimiento.
Al no ver la posibilidad de usar los barcos en el futuro cercano, el gerente de la compañía aceptó la propuesta, pero bajo sus propios términos: Kim recibiría los barcos a cambio de dos toneladas de combustible.
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Aceptó el trato. Sin embargo, al no tener suficiente dinero propio, tuvo que pedir prestada la diferencia a un policía local que presuntamente había acumulado su riqueza a través de una serie de sobornos.
Corría un riesgo importante: si no lograba saldar la deuda, su vida podía volverse un infierno o directamente acabarse. No era prudente enfadar a las autoridades norcoreanas.
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Pero Kim tenía una ventaja fundamental. Por sus conexiones en la marina, tenía acceso seguro a las zonas costeras que seguían prohibidas a los pescadores comunes, donde las probabilidades de pesca eran por lo menos el doble.
Luego de cada día de trabajo, Kim aprovechaba su posición de privilegio para vender sus pescados a representantes comerciales japoneses.
En tan solo un mes, el ex soldado pagó la deuda en su totalidad a pesar de que la tasa de interés diaria era de 1%. Como si fuera poco, en los dos meses posteriores consiguió alrededor de USD 20.000 de ganancias y compró cuatro barcos pesqueros adicionales.
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Aunque los barcos eran pequeños, con cascos de madera y motores débiles (12-28 caballos de fuerza), el tamaño de su flota superaba ampliamente la de sus competidores.

Luego de unos años, ya con suficiente capital para llevar su negocio a la siguiente fase, el nuevo empresario solicitó un permiso para establecer una base de comercio exterior que estaría subordinada a una empresa de comercio extranjera.
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Estas compañías, que comenzaron a entablar relaciones comerciales en el país a mediados de los noventa, operan con un alto grado de autonomía y, por lo tanto, suelen ofrecer una buena cobertura a los empresarios privados que buscan oficializar su negocio.
Mientras que los tonju simulen que sus empresas mantienen cierto grado de control estatal, pueden concretar este tipo de inversiones para legalizar gran parte de sus actividades y convertir su capital en propiedad registrada.
A cambio, Kim se comprometía a ceder parte de sus ganancias a los funcionarios relevantes del gobierno y estos mantenían sus papeles en orden y no perturbaban sus actividades.

Según relata, también cuidaba bien a sus empleados, no porque se sintiera responsable por ellos, sino porque un buen trato tenía más probabilidades de garantizar que valoren su trabajo y que se abstengan de robar mercadería que luego podían vender ellos mismos en el mercado negro.
No solo pagaba buenos salarios para evitar el robo, también iba a pescar él mismo para tener una idea de que tan grande era la pesca en un determinado momento e implantaba a espías que reportasen a los trabajadores que robaban. No obstante, admite, el problema no podía solucionarse completamente.
Kim enfrentó un problema mayor a fines de los noventa cuando, ya con un mayor abastecimiento de combustible, otros pescadores comenzaron a navegar las aguas costales en búsqueda de pescado.
Aunque el estado mantenía regulaciones firmes para evitar la sobrepesca, la mayoría de las autoridades estaban dispuestas a ignorar las reglas a cambio de un pequeño soborno. Entonces, Kim decidió abandonar la industria pesquera en búsqueda de otras oportunidades de negocios.
Por una década, invirtió su capital acumulado en otros emprendimientos hasta que decidió retirarse a Corea del Sur, donde disfruta de una vida relativamente modesta pero al menos -lo que considera más importante- segura.
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