Mientras en la Tierra las personas viven sujetas a la ley de gravedad, durante un viaje espacial el cuerpo sufre el impacto de la microgravedad. La NASA ha comprobado que los astronautas padecen alteraciones en la visión y mayor presión dentro del cráneo, un cuadro que se llama Síndrome VIIP.

Para estudiar los efectos de un ambiente hostil como el espacio exterior, la investigadora de la Universidad Médica de Carolina del Sur (MUSC) Donna Roberts realizó resonancias magnéticas a 34 astronautas, antes y después de sus viajes, 18 de larga duración (165 días en promedio) y 16 de duración breve (14 días en promedio).
Encontró que, ni más ni menos, sus cerebros se habían movido.

El trabajo del equipo de Roberts, publicado en la Revista de Medicina de Nueva Inglaterra, es el más completo. Al comparar los estudios y las reacciones de los participantes, quienes permanecieron durante 90 días en cama con sus cabezas inclinadas hacia abajo, para simular los efectos de la microgravedad, encontró que los cerebros se habían reacomodado dentro de los cráneos, y que el espacio entre algunas regiones se había reducido.
Los cambios eran más visibles en las personas que habían hecho viajes espaciales más largos. Para reforzar la credibilidad de las evaluaciones, los radiólogos que interpretaron las resonancias ignoraban la duración de las travesías.

"En 17 de los 18 astronautas que hicieron viajes largos se observó un estrechamiento del surco central, y en 3 de los 16 astronautas que hicieron viajes breves", estableció el trabajo de Roberts y sus colegas. También confirmó "un giro hacia arriba" del cerebro en 12 de los 18 y en 6 de los 16. Algunos también sufrieron inflamación del disco óptico.
El estudio, financiado por la NASA, demostró que a consecuencia de la microgravedad los cerebros de los astronautas flotan dentro de sus cráneos mucho más alto que en la Tierra.

Roberts observó "un apiñamiento" de fluido espinal en el vértice craneal (la parte superior de la cabeza), con un estrechamiento de la zona media y del surco central, que dividen los hemisferios. Esa inflamación era más notable cuanto más tiempo los participantes habían permanecido en condiciones de microgravedad.
"Sabemos que estos viajes de larga duración tienen un impacto negativo en los astronautas", dijo la autora principal del trabajo. Hasta el momento, el récord lo tiene el ruso Valery Polyakov con 438 días; Scott Kelly pasó 340 días en la Estación Espacial Internacional (ISS), y Peggy Whitson completó una misión de 288 días.

"Lo que no sabemos es si estos efectos adversos se siguen desarrollando en el cuerpo o si se estabilizan luego de cierto tiempo en el espacio", agregó Roberts. "Estas son las cuestiones que queremos considerar, y en particular preguntas como qué les sucede al cerebro y a las funciones cerebrales".
Los estudios continuarán con miras a lograr mejores condiciones de viaje espacial hacia 2033, cuando está previsto el lanzamiento de la expedición de la NASA a Marte. El viaje dura entre tres y seis meses, según la alineación de los planetas, y la misión —cuyos miembros vivirán con la tercera parte de la gravedad que hay en la Tierra— durará dos años en el planeta vecino.
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