
La ceremonia, escribió Carlos Monsiváis, fue “austera, pretecnológica”. “Casi,130 asistentes, el mínimo de exigencias de seguridad”, cronicó el capitalino sobre la última aparición pública de Octavio Paz, el gigante de las letras mexicanas, poeta, ensayista y único Nobel de Literatura (1990) que ha dado el país y quien de este miércoles se festejan 107 años de su natalicio.
El evento se llevó a cabo en diciembre de 1997, en el sur de la Ciudad de México, donde en 1914 nació Paz, quien comparte onomástico con el legendario matemático René Descartes. El pretexto fue la presentación de la Fundación Octavio Paz.
“Hablan el presidente Ernesto Zedillo, el novelista Fernando del Paso, y el poeta Octavio Paz”, detalla Monsiváis en su biografía sobre el Nobel “Adonde yo soy tú somos nosotros” (Raya en el Agua, 2000).

Cerca de fin del siglo –y del milenio–, México enfrenta cambios inéditos en la arena política. Luego de 70 años de dominio absoluto del PRI (Partido Revolucionario Institucional), 1997 es el año en que, por primera vez, la capital del país fue gobernada por la oposición. En tres años, la presidencia pasará a manos del conservador Vicente Fox, en una festejada –y al final, decepcionante– alternancia democrática.
Sin embargo, Paz no vivirá para entonces. En diciembre de 1997, apenas unas semanas luego de salir del hospital aquejado de un cáncer. Pero aún es –y lo será– la figura preponderante en el país de las letras.

“A los 83 años, Paz es, entre otros desempeños, la gran figura de la literatura mexicana, lo que no indica la ausencia de otros creadores extraordinarios, sino el convenio –nunca explícito, siempre vigente– entre gobierno, sectores literarios y artísticos, medios académicos, prensa cultural y sociedad, de acuerdo al cual una nación reconoce a quien mejor expresa, o más adecuadamente representa sus afanes espirituales o, si se quiere una fórmula actualizada, culturales”, explica Monsiváis.
El evento se realiza en la casa de Alvarado, en la calle Francisco Sosa, de la alcaldía (entonces delegación) de Coyoacán. Entre los asistentes, que enumera Monsiváis, se identifican nombres propios. “Aquí están los grandes empresarios que hacen posible la Fundación Octavio Paz (Emilio Azcárraga Jean, Alfonso Romo, Bernardo Quintana, Fernando Senderos, Carlos Slim, Carlos González Zabalegui, Manuel Arango, Alberto Bailleres, Hernán Larrea, Antonio Ariza, Issac Chertorinsky), los funcionarios culturales de la SEP, los amigos de Octavio y Marie Jo, escritores, artistas plásticos, editores”, relata.
Para la ocasión, detalla el cronista, “la solemnidad es genuina” porque “desde hace tiempo Paz es en México una obra apreciadísima y la garantía de alto nivel, fórmula muy insuficiente para describir la disciplina artística, el rigor de pensamiento, el trato con los mejores del mundo, la voluntad de exigir de los lectores el esfuerzo que los amerita, la calidad polémica”.

Faltan cuatro meses para su muerte, pero Octavio Paz, cuyo padre fue zapatista y que en su juventud fue misionero de alfabetización en Yucatán, se ha confirmado como la figura definitiva del establishment cultural mexicano. “Mucha luz”, gritaban sus críticos, en contra de su poesía. En sus últimos años, se mantuvo fiel a su forma de ser: polémico, incansable.
“El final del discurso es extraordinario, con su filo de de testamento a las generaciones y, sobre todo, su invitación al viaje por lo cotidiano, a recuperar el asombro ante el espectáculo de todos los días. Paz eleva una mano y despeja por un momento sus incertidumbres prodigando la certeza, que es un acto de amor a sus orígenes y de elevación de lugar natal a la categoría del espejo fundacional del puñado de voces significativas, donde el sol es palabra y es astro que cumple funciones paralelas”, elogia Monsiváis.
Recita Paz: “No sé cuánto tiempo tenga libre, pero sé que ahí hay nubes y que en esas nubes hay muchas cosas, hay sol, también. Las nubes están cerca del sol. Nubes y sol son palabras hermanas. Seamos dignos de las nubes del Valle de México, seamos dignos del sol del Valle de México. Valle de México, esa palabra que iluminó la infancia, esa palabra ilumina mi madurez y mi vejez”. Serán sus últimas palabras en público.
Una vez más, nos dice Monsiváis, Octavio Paz lo ratifica, vale la pena vivir bajo la intensidad pareja de las palabras, los paisajes y las ideas. “Así su mundo prosigue, no con lecturas sino con mausoleos”, finaliza el cronista, avanzando hasta abril de 1998, cuando Paz es velado en Bellas Artes.
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