
El dato que distingue al episodio actual de El Niño no surge de una impresión general sobre el calor ni de una sucesión de días con temperaturas altas. Proviene de una medición precisa sobre una franja del océano Pacífico ecuatorial central, conocida como región Niño 3.4.
Allí, el fenómeno de 2026-2027 alcanzó oficialmente la categoría de intensidad “muy fuerte”, tras registrar una anomalía de +2,0 ℃ entre agosto, septiembre y octubre según los criterios operativos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA).
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La clasificación expresa cuánto se aparta la temperatura de la superficie marina de los valores considerados normales para esa época del año. Cuando el agua de esa zona del Pacífico permanece al menos 0,5 ℃ por encima de su referencia durante varios meses, los especialistas identifican una fase cálida del sistema climático llamado El Niño-Oscilación del Sur.

Los umbrales posteriores ordenan la magnitud: menos de +1,0 ℃ define un evento débil; entre +1,0 ℃ y +1,5 ℃, uno moderado; entre +1,5 ℃ y menos de +2,0 ℃, uno fuerte. Desde +2,0 ℃, la categoría pasa a muy fuerte.
Esa frontera numérica importa porque un calentamiento de tal escala modifica con mayor vigor la circulación atmosférica tropical. El Pacífico libera energía hacia la atmósfera, desplaza zonas de nubosidad y altera los vientos que distribuyen humedad y calor en el planeta. Sus consecuencias no aparecen de forma idéntica en todos los territorios ni permiten anticipar el tiempo de una jornada específica. Sí cambian las probabilidades estacionales de lluvias, sequías, olas de calor y crecidas.
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La Organización Meteorológica Mundial (OMM) prevé que el evento todavía gane intensidad. Su proyección multimodelo ubica la anomalía media de la temperatura superficial del mar en Niño 3.4 cerca de +3,7 ℃ para el período noviembre-diciembre-enero, con un máximo alrededor de diciembre. Esa cifra supera los valores asociados con el episodio de 2015-2016, que hasta ahora ocupaba un lugar central entre los más intensos de las series recientes.

“El Niño se está desarrollando de acuerdo a lo previsto ya hace varios meses. O sea que estamos alcanzando ya la intensidad fuerte y se espera que la máxima intensidad ocurra entre fines de la primavera y comienzos del verano. Gran parte de Argentina espera una mayor chance de registrar lluvias por sobre lo normal, que esa señal se condice la fase del Niño activa”, explicó a Infobae, José Luis Stella, climatólogo del Servicio Meteorológico Nacional (SMN).
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Y agregó: “Ya sabemos el escenario de largo plazo, que es un escenario húmedo, particularmente en lo que es el noreste de Argentina y la región central. Ya tuvimos en septiembre y octubre varios eventos de tormentas severas, y eso se va a ir incrementando porque normalmente empieza a llover más en esta época y la frecuencia de tormentas y lluvias intensas también se favorecen cuando está el Niño presente”.
Por último, el experto en clima precisó que lo fundamental es actualizarse, tener en cuenta todos los alertas, avisos a corto plazo y pronósticos semanales que se van emitiendo.
La nueva medición busca separar a El Niño del calentamiento global

La NOAA modificó este año especialmente su herramienta operativa para vigilar el fenómeno. Durante décadas, el indicador más utilizado fue el Índice Oceánico Niño, u ONI por sus siglas en inglés. Ese cálculo compara la temperatura de Niño 3.4 con un promedio climático histórico. El problema aparece cuando el océano tropical entero eleva su temperatura de base por efecto del calentamiento global: una parte de la anomalía refleja esa tendencia de fondo y otra corresponde a la dinámica propia de El Niño.
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Por esa razón, la agencia estadounidense adoptó el Índice Oceánico Niño Relativo, conocido como RONI. La fórmula descuenta la señal media del calentamiento en los océanos tropicales y permite observar con mayor nitidez la diferencia particular del Pacífico central. Bajo ese método, el trimestre agosto-septiembre-octubre marcó +2,0 ℃ y entró en el rango muy fuerte. Con el índice tradicional, el valor ascendió a +2,5 ℃.
La diferencia no implica que uno de los índices sea correcto y el otro, erróneo. Cada uno responde a una pregunta distinta. El ONI muestra cuán anormal resulta la temperatura frente a una climatología de referencia; el RONI estima cuánto sobresale El Niño respecto del calentamiento que ya afecta al conjunto de los trópicos. Para la vigilancia actual, la NOAA considera que el segundo ofrece una descripción más ajustada de la fuerza del fenómeno.
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La proyección de la OMM de +3,7 ℃ parte de la metodología convencional. Si la distancia observada este año entre ONI y RONI se mantuviera, el pico equivaldría de forma aproximada a una anomalía relativa de entre +3,2 ℃ y +3,4 ℃. La conversión requiere cautela: la brecha entre ambos índices varía según la evolución de la temperatura tropical y no funciona como una resta fija.
La secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, advirtió que el fenómeno tiene una probabilidad cercana al 100 % de persistir hasta febrero de 2027. Ese consenso reúne pronósticos de 13 centros climáticos nacionales e internacionales, que combinan información de boyas, satélites, barcos y observaciones atmosféricas. El seguimiento no depende de un único modelo ni de una sola estación en el océano.
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La intensidad tampoco equivale por sí sola a un pronóstico automático de daños. Un Niño muy fuerte amplifica señales climáticas que pueden combinarse con otros factores, como la temperatura del Atlántico, el Dipolo del Océano Índico, la variabilidad regional y el cambio climático. La OMM espera un dipolo positivo en el Índico durante octubre, además de temperaturas por encima de lo normal en el Atlántico ecuatorial. Esas condiciones pueden reforzar o atenuar impactos según cada región.
Lluvias, sequías y calor: dónde puede sentirse la señal del Pacífico

Una de las marcas habituales de un El Niño intenso aparece en la reorganización de las lluvias tropicales. La OMM anticipa una mayor probabilidad de precipitaciones superiores a lo normal sobre el Pacífico ecuatorial central y oriental.
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También prevé condiciones más húmedas en el Cuerno de África, sectores de Asia Central y de la costa oriental asiática, el norte de la península arábiga, partes de América del Norte y el sudeste de América del Sur.
En sentido opuesto, el pronóstico estacional señala un riesgo de déficit de lluvias en el Pacífico occidental y en el Atlántico ecuatorial. La señal seca puede extenderse por el Pacífico Sur hasta el extremo austral sudamericano, además de abarcar el subcontinente indio, el sur de Centroamérica, zonas del Caribe y el noroeste de Sudamérica. Estos mapas describen tendencias de varios meses, no certezas para cada localidad ni reemplazos de las alertas nacionales.
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El calentamiento del Pacífico se suma a un contexto térmico global elevado. Los registros de Copernicus, la NOAA y la NASA ubicaron a agosto entre los meses más cálidos de las mediciones instrumentales, mientras la superficie oceánica global también alcanzó niveles récord.
El Niño no crea por sí mismo energía nueva en el sistema terrestre, pero favorece la transferencia hacia la atmósfera de calor acumulado en el océano. Esa interacción puede elevar la probabilidad de temporadas con temperaturas medias altas y episodios extremos.
Para Argentina, el patrón climático asociado a El Niño suele adquirir relevancia por la disponibilidad de agua en áreas agrícolas, el caudal de los ríos y el riesgo de inundaciones. El SMN anticipó para octubre-diciembre una mayor probabilidad de lluvias por encima de lo habitual en el Litoral, Córdoba, sectores de Cuyo, La Pampa, el oeste bonaerense y el noreste patagónico.

El escenario también contempla temperaturas medias inferiores a los valores históricos en Mendoza, San Juan, San Luis, Córdoba, Santa Fe, La Pampa y el oeste de Buenos Aires. Ese resultado puede parecer contradictorio con un planeta más cálido, aunque no lo es. La temperatura global describe un promedio de largo alcance; una región concreta puede atravesar un trimestre más fresco por la presencia de nubosidad, humedad, lluvias frecuentes o circulación de aire distinta.
Stella, señaló que “en gran parte de Argentina se espera una mayor chance de registrar lluvias por sobre lo normal” y que “en la región del Litoral las probabilidades de lluvias son mayores” por la dinámica propia de la fase activa del fenómeno. En esa zona, la atención se concentra en posibles crecidas y en la necesidad de monitorear las cuencas durante los meses siguientes.
La etiqueta de muy fuerte, por lo tanto, no funciona como un anuncio de un único desenlace. Es una señal física sobre la potencia de una alteración oceánica capaz de reorganizar el clima a gran distancia. La evolución del pico previsto para diciembre y la duración de la fase cálida hasta febrero de 2027 definirán el alcance final de un evento que ya se ubica entre los más destacados desde 1950.
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