
El primer paso para devolver un guacamayo maracaná (Primolius maracana) a la selva de Misiones ocurre en el consultorio de Dante Di Nucci. De acuerdo con National Geographic, allí, el veterinario del Refugio de Vida Silvestre Güira Oga revisa cada pluma del ave, le toma radiografías, análisis de sangre y trata las heridas que pueda traer.
El refugio está en Puerto Iguazú, en el extremo noreste de Argentina. Décadas atrás, el maracaná —también llamado maracaná lomo rojo o guacamayo de Illiger, y conocido en inglés como “blue-winged macaw”— volaba en bandadas ruidosas sobre la selva, con su plumaje verde brillante, alas azules y una característica mancha roja en la frente, el lomo y el vientre.
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Hoy es distinto: la caza, el tráfico de mascotas, la persecución como plaga agrícola y la pérdida de árboles grandes para nidificar llevaron a la especie a la extinción en estado silvestre en el país. Solo sobreviven ejemplares en cautiverio.
Un programa coordinado por Aves Argentinas, con decenas de instituciones socias en Argentina y Brasil, busca revertir esa historia. El plan combina el rescate de aves traficadas, la cría en cautiverio y el entrenamiento previo a la liberación en la selva.
De la jaula a la selva

A mediados de marzo, Di Nucci tenía cuatro aves en cuarentena, todas rescatadas de cautiverio doméstico o de zoológicos cerrados. Tras un período de observación, fueron trasladadas al centro de entrenamiento de la Reserva Puente Verde, en pleno corazón de la selva misionera, donde se suman a la creciente población de maracanás en preparación para la liberación.
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Muchas de estas aves pasaron años —a veces décadas— en jaulas pequeñas. Algunas llegan con sobrepeso por dietas basadas en semillas de girasol; otras apenas pueden volar. La diferencia con un ave silvestre es notoria: músculos débiles, plumas dañadas y una condición física que hace imposible, al principio, un vuelo largo en la selva.
Pero el desafío no es solo físico. Los guacamayos domesticados durante años suelen perder algo esencial para sobrevivir en libertad: el miedo. Parte del trabajo que empieza en Güira Oga y continúa en Puente Verde es ayudarlos a recuperar conductas naturales, incluido reconocer al ser humano como una amenaza. Di Nucci lo resume así: aprender a valerse por sí mismos aumentará sus chances de sobrevivir tras la liberación.
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No todas las aves llegan a esa instancia. Algunas, por edad, condición física o tiempo en cautiverio, no logran recuperar las habilidades necesarias para ser liberadas —y pasan a integrar el programa de cría, formando parejas que puedan criar pichones con mínimo contacto humano.
Tormenta, Julián y las primeras crías

Según el medio, varias parejas ya se formaron en Güira Oga, y el equipo espera novedades en el próximo verano austral, cuando arranca la temporada reproductiva de la especie. Uno de esos ejemplares es Tormenta, un macho que llegó débil e incapaz de volar tras una tormenta que golpeó Misiones en 2025. Desde entonces se recuperó y formó pareja con otra hembra.
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El futuro de la especie en Argentina también depende de lo que ocurre del otro lado de la frontera. En el Parque das Aves, en Foz do Iguaçu (Brasil), nacieron 14 pichones en la última temporada reproductiva; se espera que diez se sumen al programa argentino en los próximos meses. Bianca Fernandes, a cargo de la cría en Brasil, explicó que el equipo deja que las parejas incuben y alimenten solas a las crías, limitándose a monitorear con cámaras instaladas en los nidos.
En diciembre de 2025 ocurrió un hito esperado durante años: nació en El Puente Verde el primer pichón de maracaná registrado en Misiones en décadas. Lo llamaron Julián. Sobrevivió apenas un mes, pero para el equipo de conservación la experiencia sigue siendo valiosa: los guacamayos aprenden a ser padres a base de práctica, y una intervención humana excesiva podría impedir que esas conductas se desarrollen naturalmente.
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Aprender a volar, de nuevo
Antes de regresar a la selva, las aves deben aprender una última lección: volar. En Puente Verde, un gran aviario forestal funciona como una escuela silvestre donde reconstruyen las habilidades básicas para sobrevivir. El entrenamiento arranca con movimientos simples —algunas aves logran, al principio, apenas pequeños saltos entre ramas— hasta lograr cruzar los 25 metros del aviario y, más adelante, distancias más largas.
También pesa la personalidad: los guacamayos, según describe Sofía Zalazar de Aves Argentinas, tienen una dinámica social compleja, con jerarquías que se forman rápido entre individuos dominantes y más tímidos. Al mismo tiempo, aprenden a reconocer flores, brotes y frutos de la selva que los cuidadores colocan a diario en el recinto, y más adelante acceden a estaciones de alimentación instaladas en árboles cercanos, donde empiezan a forrajear por su cuenta.
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De las 11 guacamayas que estaban entrenando en el aviario hacia junio de 2026, ocho ya estaban en condiciones de ser liberadas, con la primera liberación del proyecto prevista para el 20 de septiembre. Cada una llevará un pequeño transmisor y podrá regresar al recinto a dormir durante las primeras noches si lo necesita.
Si el plan avanza como se espera, serán los primeros maracanás en volar libres en Argentina en décadas —y si el proyecto se consolida en el tiempo, podría reconectar poblaciones entre Paraguay, Brasil y Argentina, devolviéndole a la especie los cielos de la selva sin fronteras.
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