El canto de la isabelita de Japón, un ave pequeña de la familia de los estríldidos, tiene la misma estructura matemática que el lenguaje humano y el canto de las ballenas jorobadas.
Investigadores del Reino Unido, Japón e Israel lo confirmaron: esos pájaros organizan sus canciones con las mismas fórmulas que los seres humanos usan, sin saberlo, cada vez que hablan, según el estudio que publicaron en la revista Science Advances.
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No se trata de una coincidencia menor. Los investigadores sostienen que algunas de las propiedades más profundas del lenguaje no son exclusivas de los seres humanos, sino una solución que la evolución repite cada vez que una especie aprende a comunicarse y pasa ese conocimiento de generación en generación.
El estudio fue liderado por Simon Kirby, de la Universidad de Edimburgo, en el Reino Unido; Kazuo Okanoya, de la Universidad de Teikyo, en Japón; e Inbal Arnon, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, en Israel. Contó con la participación de Ellen Garland, de la Universidad de St Andrews, y Miki Takahasi, del Centro de Ciencias del Cerebro RIKEN de Japón.
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El secreto matemático del lenguaje

El lenguaje humano tiene dos propiedades estadísticas que lo hacen único, o al menos eso se creía. La primera es que las palabras son unidades predecibles: los sonidos que las forman tienden a aparecer siempre juntos, de la misma manera.
La segunda se conoce como ley de Zipf —o distribución de potencias—: unas pocas palabras se usan constantemente y la mayoría se usa muy poco. En español, “el”, “de” o “que” aparecen en casi cualquier oración, mientras que palabras como “crisálida” o “espadachín” son rarísimas.
Estas dos propiedades ayudan a los bebés a aprender a hablar: el cerebro detecta esos patrones repetidos y aprende a separar una palabra de la siguiente sin que nadie se lo enseñe de manera explícita.
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Los estudios anteriores sobre cantos de aves habían analizado sílabas sueltas, pero nadie había preguntado si las secuencias más largas de sonidos también obedecían a esta ley, y esa pregunta fue el punto de partida de esta investigación.
Los investigadores partieron de esta hipótesis: si estas propiedades surgen porque un sistema de comunicación se transmite culturalmente —de individuo a individuo, como el lenguaje humano—, deberían aparecer en cualquier especie que aprenda y transmita su comunicación de esa forma.
El objetivo fue también verificar si esas propiedades están presentes desde los primeros intentos de canto o solo en los pájaros adultos, algo imposible de estudiar en ballenas por falta de registros de desarrollo.
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Las canciones de seis pájaros japoneses

El equipo grabó a seis machos de isabelita de Japón desde sus primeros intentos de canto, alrededor del día 60 de vida, hasta que su canto quedó fijo, cerca del día 120.
Las grabaciones se realizaron cada dos semanas en cámaras insonorizadas, y cada sílaba fue identificada y clasificada con una tasa de acuerdo entre codificadores del 93,3%. Luego aplicaron al canto las mismas herramientas que se usan para estudiar cómo los bebés aprenden a separar palabras en el habla continua.
El método detecta caídas en las probabilidades de transición —momentos en los que es menos probable que un sonido siga a otro— para encontrar los límites entre secuencias de sílabas, el equivalente aviar de las palabras.
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Los resultados coincidieron con los obtenidos previamente con ballenas jorobadas: el canto de la isabelita tiene secuencias de sílabas estadísticamente coherentes cuya distribución de frecuencias sigue una ley de potencias, con una pendiente similar a la del lenguaje humano.

Las secuencias más frecuentes resultaron ser las más cortas y las más largas aparecieron con menor frecuencia, el patrón exacto que predice la ley de brevedad de Zipf.
Lo más llamativo fue que este patrón ya estaba presente en los pájaros más jóvenes, desde sus primeras canciones imperfectas, lo que indicó que no es el resultado final del aprendizaje sino algo que emerge desde el inicio.
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La coherencia estadística de las secuencias aumentó con el tiempo y la distribución se volvió más pronunciada a medida que el canto se acercó al modelo adulto.
Pájaros, ballenas y humanos

Los investigadores subrayaron que estos hallazgos acercan la comprensión de qué comparte el lenguaje humano con otros sistemas de comunicación en la naturaleza, sin que eso implique que el lenguaje humano deje de ser especial en otros aspectos.
Una diferencia fundamental permanece: los humanos usan el lenguaje para transmitir significado, mientras que las isabelitas y las ballenas usan el canto principalmente para la exhibición sexual, por lo que las secuencias detectadas no equivalen a palabras con contenido.
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Los investigadores propusieron que aplicar este mismo método a otras especies podría revelar estructuras similares en más sistemas de comunicación animal.
El equipo advirtió que su predicción tiene una dirección específica: esperan que los sistemas de comunicación transmitidos culturalmente sean zipfianos, pero no que todas las distribuciones zipfianas tengan necesariamente un origen cultural.
En diálogo con Infobae, el doctor Gabriel Mindlin, investigador del Conicet y la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (UBA), comentó: “El tipo de aves estudiado en la revista Science Advances necesitan de un tutor para aprender a cantar. Es probable que también haya especies de aves en América Latina que también cuenten con propiedades similares a los de los humanos”.
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