
La deforestación impacta negativamente en la capacidad de las cuencas hidrográficas para retener y filtrar agua, incrementando la presencia de “agua joven” y la contaminación de las fuentes hídricas para consumo humano. Un estudio de la Universidad de Columbia Británica destaca que la pérdida de bosques deteriora el ciclo hídrico global y amenaza la calidad del agua, según The Conversation.
La deforestación disminuye la acción esponjosa de las cuencas: el agua de lluvia llega más rápido a ríos y arroyos, sin tiempo suficiente para filtrarse en el suelo, lo que conlleva mayor arrastre de contaminantes.
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Esto afecta directamente la calidad del agua destinada a la población. Por cada 1 % de bosque perdido, el porcentaje de “agua joven” en el caudal de los ríos aumenta alrededor de un 0,17 %, de acuerdo con la investigación liderada por Adam Wei.

El “agua joven” es el que proviene de precipitaciones recientes, generalmente de los últimos dos o tres meses. Su incremento indica que las cuencas pierden su habilidad natural para almacenar y depurar agua de manera eficiente.
Cómo la deforestación altera la calidad del agua
La investigación publicada en The Conversation explica que, al eliminar el dosel del bosque, las gotas de lluvia impactan el suelo con mayor violencia. Además, la compactación causada por maquinaria y vías de acceso reduce la capacidad de filtración del suelo, forzando el escurrimiento superficial.
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Sin suficientes árboles, se pierde el proceso de transpiración necesario para devolver agua a la atmósfera. El suelo, al saturarse, ya no puede almacenar más agua; cuando llueve de nuevo, el exceso se dirige rápidamente a los cursos superficiales, acentuando la proporción de “agua joven” en ríos y arroyos.

Estos efectos se agravan en cuencas con aguas subterráneas someras y suelos de baja capacidad de almacenamiento, donde cualquier alteración rápida en la cobertura vegetal se traduce en cambios inmediatos en el flujo y la calidad del agua.
Gestión forestal para proteger las cuencas hidrográficas
El equipo de la Universidad de Columbia Británica comprobó que el impacto de la deforestación depende tanto del área total eliminada como del patrón espacial de los parches de bosque. “La configuración espacial de los árboles importa tanto como el área total perdida”, resaltó el estudio recogido por The Conversation.
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Los bordes del bosque, o zonas de contacto entre árboles y claros, juegan un papel inesperado: aumentar su densidad puede disminuir la proporción de “agua joven”. Esto ocurre porque en los bordes, la exposición al sol y al viento estimula la evapotranspiración, reduciendo el volumen de escurrimiento.

El efecto es más notorio en paisajes donde la cobertura forestal es inferior al 40 %. Allí, aberturas suficientemente grandes favorecen la penetración lateral de luz y la evaporación. En cambio, fragmentar bosques densos en claros pequeños disminuye la eficacia de este mecanismo regulador.
Según The Conversation, la recomendación es evitar cortes homogéneos y aplicar técnicas que imiten la diversidad natural, como la tala selectiva y la silvicultura de cobertura continua. Así, se reducen los efectos negativos de la explotación forestal sobre la calidad del agua.
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Los resultados de este estudio refuerzan la importancia central de los bosques en la gestión de los recursos hídricos. Diseñar sistemas forestales inspirados en la estructura natural permitirá que las cuencas hidrográficas funcionen como reservas eficientes de agua, en lugar de convertirse en canales donde la contaminación circula sin control.
La investigación subraya que el manejo forestal debe adaptarse a las características específicas de cada cuenca. Considerar la topografía, el tipo de suelo y el régimen de lluvias resulta esencial para mantener el equilibrio ecológico y asegurar la disponibilidad de agua limpia.
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