
Un estudio global difundido por Yale Environment 360 revela que la vegetación urbana puede causar un efecto de calentamiento en zonas áridas, en contraste con la creencia de que las áreas verdes siempre refrescan las ciudades.
La investigación, basada en el análisis de 761 grandes ciudades de 105 países con datos entre 2014 y 2023, indica que hasta un 22% de las urbes con menos de 1.000 mm de precipitaciones anuales registran temperaturas más altas debido a la presencia de césped y cultivos urbanos.
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Según el informe de Yale Environment 360, superficies como el césped y los cultivos suelen alcanzar temperaturas superficiales superiores a las de las áreas construidas en una de cada cinco grandes ciudades situadas en regiones áridas.
El estudio, liderado por Zhengfei Guo y publicado en Science Advances, resalta que este fenómeno se produce especialmente donde el agua es escasa, ya que la vegetación no enfría el entorno y, en cambio, intensifica la isla de calor urbana.

Césped, cultivos y árboles: diferencias claves en el enfriamiento
Los autores puntualizan que el reverdecimiento urbano no asegura efectos de enfriamiento en todos los climas. A nivel global, la vegetación urbana disminuye la temperatura en el 78% de los casos para césped y en el 98% para árboles. No obstante, en ciudades áridas, el 22% experimenta un efecto neto de calentamiento por césped y cultivos, mientras que en el caso de los árboles ese valor baja al 2%.
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El fenómeno se explica principalmente por dos mecanismos físicos: el efecto albedo y la evapotranspiración. La reflectividad de la vegetación suele ser menor que la de las superficies claras, lo que implica mayor absorción de radiación solar y, como resultado, más acumulación de calor.
Además, en ambientes áridos, la evapotranspiración se ve muy limitada por la falta de agua, lo que impide que césped y cultivos transfieran suficiente humedad al ambiente para lograr un enfriamiento efectivo.

Al comparar tipos de cobertura, los árboles urbanos muestran un mayor potencial de enfriamiento en la mayoría de los contextos evaluados. El equipo de Guo explica que, gracias a sistemas radiculares profundos y mayor superficie foliar, los árboles sostienen tasas elevadas de evapotranspiración, manteniendo cierto efecto refrescante incluso en condiciones de sequía relativa.
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Por el contrario, el césped y los cultivos urbanos solo reducen la temperatura en situaciones de abundancia hídrica y lo logran en el 78% de las ciudades analizadas.
En episodios de calor extremo, las diferencias entre tipos de vegetación se acentúan. Los árboles consiguen moderar el aumento térmico en tres de cada cuatro ciudades a escala global. En cambio, el césped y los cultivos agravan el incremento de temperatura en un 71% y un 82% de las ciudades de regiones secas, respectivamente.
La razón es que, bajo déficit intenso de vapor, la conductancia del dosel de césped y cultivos disminuye de forma abrupta, lo que bloquea la evaporación y, con ello, la capacidad de enfriamiento natural.
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Adaptar estrategias: el desafío de reverdecer en zonas áridas
El análisis de Yale Environment 360 advierte que trasladar modelos estándar de reverdecimiento urbano, diseñados para climas húmedos o templados, a entornos áridos sin adaptación puede resultar contraproducente.
Promover la instalación de césped o cultivos urbanos en ciudades con falta de agua puede aumentar la crisis térmica urbana en lugar de aliviarla.
Como alternativa, los investigadores sugieren priorizar especies adaptadas a la sequía y considerar opciones como pavimentos de color claro o superficies de alto albedo, que reflejan más radiación solar y pueden desempeñar un papel relevante en la mitigación del calor urbano cuando el agua escasea.
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El informe enfatiza que las estrategias eficaces deben integrar gestión sostenible del agua, selección adecuada de vegetación y materiales urbanos con alta reflectividad para minimizar la absorción solar.

El estudio reconoce beneficios paralelos del reverdecimiento urbano, como la mejora de la biodiversidad, el manejo de aguas pluviales y el bienestar de la población. Sin embargo, insiste en que el diseño y la aplicación de soluciones deben ajustarse siempre a las condiciones climáticas e hídricas locales.
Las conclusiones reflejan el trabajo de Guo y su equipo, recogido por Yale Environment 360, y subrayan que las políticas de adaptación climática tendrán mayor éxito si se basan en la evidencia científica y muestran flexibilidad ante los desafíos de cada ciudad.
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La advertencia principal es contundente: en climas áridos, la incorporación indiscriminada de áreas verdes puede elevar la temperatura urbana.
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