Las sociedades pendulan en sus decisiones de forma dramática, van de las izquierdas a las derechas de manera que el ciudadano moderado nunca termina por comprender cómo se logran semejantes saltos radicales. Solo mira, vota, se asusta. No tiene margen. Cada vez son más los descreídos, enojados o aquellos que no tienen una categoría propia que los rotule o defina en sus apetencias, necesidades o reclamos.

En los hechos, esos cambios son lo lógico: cuando se agotan los modelos de ciertas características, se huye despavorido hacia el opuesto, no por sus méritos sino por los deméritos del que se agotó. Eso no produce felicidad, solo crea una cierta resignación y enojo social.

Los bolsillos siguen ordenando buena parte de los votos de la gente. Pero la moral también se hace su lugar. Cada vez más se combinan ambos factores.

Nadie impulsó tanto al mejor Donald Trump como el peor Barack Obama, aunque esto les duela a muchos y sea casi una ofensa afirmarlo. Nadie produjo el mejor Mauricio Macri, sino la peor Cristina Kirchner. Y así podemos seguir hasta la eternidad y veremos que lo que consideramos imposible, en la actividad política, llega una hora que se hace real. Básicamente porque cuando el escepticismo, los fracasos y la desesperación ganan al colectivo, el que se ubica en la vereda opuesta, a la hora justa, con el relato adecuado (ni siquiera tiene que ser perfecto) siempre tiene una oportunidad de alcanzar el poder que se le hacía esquivo anteriormente.

El regreso de Nelson Mandela al poder en Sudáfrica luego de décadas de prisión (27 años) es la prueba del nueve de lo que afirmo. O la llegada de José Mujica al poder formal y "burgués" en Uruguay. Son todos signos de los tiempos que ni el más imaginativo habría pensado eso en algún punto del pasado. Todo puede suceder siempre. Es solo cuestión de tiempo.

Recordemos al austríaco (que se asumía germánico) que casi nos hace hablar a todos el alemán hace apenas algunas décadas. Cualquiera con dos dedos de frente habría advertido que era un personaje psicopático. No pocos creyeron imposible su ascenso (democrático al principio, como hacen muchos dictadores) y luego terminamos en una tragedia planetaria.

El autor, Washington Abdala
El autor, Washington Abdala

Digamos la verdad: todos lo veían, algunos lo usaron, pero seguro que nadie pensó que iría tan lejos porque en la decisión egoísta (del que lo aplaudió y apoyó) primó eso, sacar provecho personal al precio que fuere. ¿Y era inimaginable al principio? No tanto, hubo cientos de miles de personas que supieron de entrada el monstruo que se estaba alimentando, pero hubo millones que miraron para el otro lado porque creyeron que –individualmente– les convenía semejante cinismo. El ser humano es mucho más egoísta de lo que nos parece.

"Desidealizar" debería ser una disciplina

Si nos permitimos ver a las sociedades de forma descarnada, sin valorarlas desde nuestros demonios, quizás así podríamos predecirlas mucho más. "Desidealizar" debería ser una disciplina a aprender en los procesos de socialización secundarios. Si a esto le agregamos la difusión de noticias falsas que nos predisponen de manera errática ante la realidad, el combo es explosivo.

El País de Madrid en una nota de Javier Salas dice que "Los bulos de internet terminan teniendo graves consecuencias en la vida real, como también sucedió con el atentado del maratón de Boston, lo que motivó a un equipo de investigadores del MIT [Instituto Tecnológico de Massachusetts] a interesarse por su propagación". Según su trabajo, que publica la revista Science, las informaciones falsas se difunden "significativamente más lejos, más rápido, más profunda y ampliamente" que las verdaderas "en todas las categorías de información, y los efectos fueron más pronunciados para noticias políticas falsas. Más que en otros ámbitos también impactantes o controvertidos como el terrorismo, los desastres naturales, la ciencia, las leyendas urbanas o la información financiera. Se trata de las conclusiones del que quizá sea el estudio más importante sobre la difusión online de falsedades, que suscribe el propio jefe científico de Twitter, Deb Roy, con datos y financiación proporcionados por esta red social. Los expertos ya avisan que dará mucho que hablar".

La información vale más que el oro

Uno de los problemas que tenemos actualmente es la concentración de información en pocas plataformas de internet. Facebook maneja más del 70% del flujo informativo planetario, lo hace de manera descarnada y es casi un monopolio. (Algún día habrá que regularla como corresponde y parte de lo que está aconteciendo es esa tensión que ya existe con Zuckerberg.) Para mayor complicación, sigue comprando todo lo que apenas crece y lo asocia a su entramado.

El bien preciado de estos tiempos es la información, vale más que el oro. Saber del perfil del consumidor desde una computadora para convencerlo de revolucionar el mundo o comprar unos calcetines son las opciones que se nos presentan. Todo pasa por algún algoritmo que todo lo puede predecir con información previa. Claro, este selecto mundo es para pocos empresarios dueños de estos imperios, ellos son los verdaderos conocedores de algunas verdades de tendencia real de todos nosotros. Ellos sí tienen poder. Y por eso el poder político –que viene en declive planetario– sabe que esta es la última gran batalla. De ahí su intensidad.

La elección de Trump fue un cimbronazo para las concepcion tradicionales de la política
La elección de Trump fue un cimbronazo para las concepcion tradicionales de la política

Volvamos. En el fondo, es mucho más lo que se puede saber de los pueblos si se los piensa con serenidad y sin apasionamientos, que cuando uno se excita. Bajo la regla de derrocar al otro, de abatirlo y de ganar la pulseada de poder nunca se construye nada demasiado sólido. (Después de todo, Carl Schmidt tenía razón a medias con su Teoría del Enemigo). Es tan obvia esta máxima que da vergüenza tener que redactarla como si fuera necesario explicarla.

Obviedades

Parte de lo grave que padecemos es que tenemos que recordarnos obviedades, sentido común y conceptos básicos. Por momentos siento que padecemos la patología de los organismos internacionales: dicen eternamente lo sensato, replican sobre lo obvio y remiten a ideas que todos sabemos, en ese derrotero se llenan de burócratas que repiten como un mantra esos axiomas, pero no tienen coerción o potencia como para hacer cumplir sus objetivos. Eso les quita peso. De allí que, cuando un organismo internacional se compromete con partes de la realidad de manera activa y firme, resulta impresionante porque no estamos acostumbrados a que suceda, sino a una plática diplomática que arriba a poca concreción. Si los organismos internacionales no inciden sobre la evidencia de lo que no debe ser, con sus retóricas y con sus praxis, no están cumpliendo su verdadero deber.

Recordemos otra obviedad: el derrotado de hoy siempre construirá un retorno en el futuro y no cejará hasta alcanzar su reivindicación. La Alemania de la Segunda Guerra solo se explica (¿se explica?) desde el Tratado de Versalles.

Insisto, habría que grabar a fuego semejante asunto. Solo los que saben negociar, construir consensos y acordar superan su tiempo histórico. El resto vive dentro del mundo microbiano y estará en conflicto permanente.

"El homus idiotus", de Washington Abdala (Aguilar, 2019)