Los Gates donaron USD 38.000 millones para su trabajo filantrópico en África
Los Gates donaron USD 38.000 millones para su trabajo filantrópico en África

Bill y yo creamos formalmente la Bill & Melinda Gates Foundation en el año 2000. Fue una fusión de la Gates Learning Foundation y la William H. Gates Foundation. Le pusimos a la fundación el nombre de los dos porque yo desempeñaría un papel importante en la dirección, más que Bill en ese momento porque aún trabajaba a jornada completa en Microsoft y así seguiría durante los ocho años siguientes. Por aquel entonces teníamos dos hijos —Jenn, de cuatro años, había empezado la educación infantil, y Rory, de solo un año—, pero me hacía ilusión asumir más trabajo. Aun así, dejé claro que quería hacerlo entre bastidores. Deseaba estudiar los problemas, hacer viajes de aprendizaje y comentar la estrategia, pero durante mucho tiempo decidí no desempeñar un papel público en la fundación. Veía lo que le suponía a Bill estar expuesto en el mundo y ser conocido, y no me atraía.

Con todo, lo más importante era que no quería pasar más tiempo sin los niños, y mi intención era darles una educación lo más normal posible. Eso era de vital importancia para mí, y sabía que, si renunciaba a mi intimidad, sería más difícil proteger la intimidad de los niños. (Cuando empezaron en el colegio, los matriculamos con mi apellido, French, para que gozaran de cierto anonimato.) Por último, quería mantenerme alejada del trabajo en público porque soy una perfeccionista. Siempre he sentido que necesito una respuesta para todas las preguntas, y en aquel momento no tenía la sensación de saber lo suficiente para ser una voz pública de la fundación. Así que dejé claro que yo no pronunciaría discursos ni concedería entrevistas. Eso era tarea de Bill, por lo menos al principio.

Desde el inicio buscábamos problemas que los gobiernos y mercados no atendieran o soluciones que no probaran. Queríamos descubrir las grandes ideas olvidadas que permitieran que una pequeña inversión causara una mejora enorme. Nuestra formación empezó durante un viaje a África en 1993, un año antes de casarnos. Por entonces no habíamos creado una fundación, y desconocíamos cómo invertir el dinero en mejorar la vida de la gente. Sin embargo, vimos escenas que se nos quedaron grabadas.

Recuerdo salir en coche de una de las ciudades y ver a una madre con un bebé en la barriga, otro en la espalda y un montón de palos en la cabeza. Era evidente que había recorrido a pie una distancia larga sin zapatos, mientras que los hombres que veía llevaban chanclas y fumaban cigarrillos sin palos en la cabeza ni niños en el costado. A medida que avanzábamos, vi más mujeres con cargas pesadas, y quise saber más sobre sus vidas. Cuando regresamos de África, Bill y yo organizamos una pequeña cena en casa para Nan Keohane, entonces presidenta de la Universidad de Duke. Por aquel entonces yo casi nunca organizaba actos de ese tipo, pero me alegré de haberlo hecho. Un investigador que asistió a la cena nos habló de la enorme cantidad de niños de países pobres que morían a causa de la diarrea y de cómo el suero oral podría salvarles la vida. Poco después, un colega nos recomendó leer el Informe de Desarrollo Mundial de 1993. Anunciaba que una gran cantidad de muertes se evitarían con intervenciones de bajo coste, que no llegaban a la gente. Nadie sentía que fuera tarea suya. Luego Bill y yo leímos un artículo desgarrador de Nicholas Kristof en The New York Times sobre la diarrea, que causaba millones de muertes infantiles en los países en vías de desarrollo. Todo lo que oíamos y leíamos respondía al mismo tema: los niños de los países pobres estaban muriendo a causa de enfermedades por las que ningún niño moría en Estados Unidos.

A veces los nuevos hechos y datos no quedan registrados hasta que los oyes de varias fuentes, y luego todo empieza a encajar. Mientras seguíamos leyendo sobre niños que morían cuyas vidas era posible salvar, Bill y yo pensamos: «A lo mejor podemos hacer algo». Para nosotros, lo más desconcertante era la poca atención que se le prestaba al tema. En sus discursos, Bill utilizaba el ejemplo de un accidente de avión. Si un avión sufre un accidente, mueren trescientas personas, es una tragedia para la familia y aparece un artículo en todos los periódicos. Sin embargo, ese mismo día mueren treinta mil niños, es una tragedia para las familias y no aparece ningún artículo en ningún periódico. No sabíamos nada de las muertes de esos niños porque ocurrían en países pobres, y en los países ricos no se presta mucha atención a lo que pasa en los países pobres.

Ese fue el mayor golpe para mi conciencia: millones de niños morían porque eran pobres, y no sabíamos nada porque eran pobres. Ahí empezamos el trabajo en salud global. Comenzamos a estudiar cómo podíamos incidir en ello. Salvar vidas de niños fue el objetivo que impulsó nuestra labor global, y nuestra primera gran inversión fue en vacunas. Nos horrorizó saber que las vacunas desarrolladas en Estados Unidos tardarían entre quince y veinte años en llegar a los niños pobres de los países en vías de desarrollo, y por aquel entonces las enfermedades que mataban a criaturas en esos países no entraban en la agenda de los investigadores de vacunas. Fue la primera vez que vimos con claridad qué ocurre cuando no existe un incentivo de mercado que beneficie a los niños pobres. Mueren millones de ellos. Fue una lección crucial para nosotros, así que unimos a gobiernos y otros organismos para crear la Alianza Mundial para Vacunas e Inmunización (GAVI, por sus siglas en inglés), y usar los mecanismos del mercado para ayudar a que las vacunas llegaran a todos los niños del mundo. Otra lección que no dejábamos de aprender es que los problemas de la pobreza y la enfermedad siempre van de la mano. No existen los problemas aislados.

En uno de mis primeros viajes para la fundación fui a Malaui y me conmovió profundamente ver a tantas madres de pie formando largas colas con aquel calor con el fin de conseguir dosis para sus niños. Cuando hablé con las mujeres, me comentaron que recorrían largas distancias a pie. Muchas habían caminado quince o veinticinco kilómetros. Se llevaban la comida del día. Además de llevar al niño que iban a vacunar, tenían que ir con sus otros hijos. Era un día duro para unas mujeres cuyas vidas ya eran difíciles de por sí. Con todo, intentábamos que el viaje fuera más fácil y breve, y cada vez recomendábamos hacerlo a más madres. Recuerdo que vi a una madre joven con niños pequeños y le pregunté: «¿Vas a llevar a estos preciosos niños a que reciban su dosis?». Ella me contestó: «¿Y qué pasa con mi dosis? ¿Por qué tengo que caminar veinte kilómetros con este calor para conseguir mi dosis?». No hablaba de una vacuna, sino del Depo-Provera, una inyección de control natal de efecto prolongado que podía impedir que se quedara embarazada. Ya tenía más niños de los que podía alimentar. Temía tener más, pero la perspectiva de caminar durante un día con sus hijos hasta una clínica remota donde tal vez no quedaran existencias de la inyección le resultaba muy frustrante. Era solo una de las muchas madres que conocí durante mis primeros viajes que cambiaban el tema de conversación de las vacunas infantiles a la planificación familiar. Recuerdo viajar a un pueblo de Níger y visitar a una madre llamada Sadi Seyni cuyos seis hijos competían por su atención mientras hablábamos. Dijo lo mismo que oí a tantas otras madres: «No sería justo tener otro hijo. ¡No puedo alimentar a los que ya tengo!».

En un barrio muy grande y pobre de Nairobi llamado Korogocho conocí a Mary, una joven madre que vendía mochilas hechas con retazos de tela tejana azul. Me invitó a entrar en su casa, donde cosía y vigilaba a sus dos niños pequeños. Usaba anticonceptivos porque, según sus propias palabras, «la vida es dura». Le pregunté si su marido la apoyaba en su decisión. «Él también sabe que la vida es dura», me dijo. En mis viajes, fuera cual fuese el propósito, cada vez oía y veía más la necesidad de los anticonceptivos. Visité comunidades donde todas las madres habían perdido a un hijo, y todo el mundo conocía a una madre que había fallecido en el parto. Conocí a más madres que estaban desesperadas por no quedarse embarazadas porque no podían cuidar de los niños que ya tenían. Empecé a entender por qué, pese a que no estaba allí para hablar de anticonceptivos, las mujeres no dejaban de sacar a colación el tema. Las mujeres estaban experimentando en sus vidas lo que yo leía en los datos. En 2012, en los 69 países más pobres del mundo 260 millones de mujeres utilizaban anticonceptivos. Más de 200 millones más de mujeres de esos países querían usar anticonceptivos, y no podían conseguirlos. Eso significaba que millones de mujeres del mundo en vías de desarrollo se quedaban embarazadas demasiado pronto, demasiado tarde y con demasiada frecuencia para que sus cuerpos lo pudieran gestionar. Cuando las mujeres de los países en vías de desarrollo dejan un espacio de como mínimo tres años entre los partos, cada bebé tiene casi el doble de posibilidades de sobrevivir durante el primer año, un 35 por ciento más de posibilidades de llegar a su quinto cumpleaños. Es una justificación suficiente para extender el acceso a los anticonceptivos, pero la supervivencia infantil es solo uno de los motivos.

Uno de los estudios sobre salud pública de mayor duración se remonta a la década de 1970, cuando en una serie de pueblos de Bangladesh dieron anticonceptivos a la mitad de las familias y a la otra mitad no. Veinte años después, las madres que habían tomado anticonceptivos gozaban de mejor salud. Los niños estaban mejor nutridos. Las familias contaban con una mayor riqueza. Las mujeres tenían salarios más altos. Los hijos y las hijas tenían más estudios. Los motivos son sencillos: cuando las mujeres podían programar y espaciar sus embarazos, tenían más opciones de progresar en su formación, ganar un sueldo, criar a niños sanos, y disponían del tiempo y el dinero para dar a cada uno de ellos la comida, la atención y los estudios necesarios para prosperar. Cuando los niños alcancen su potencial, no acabarán siendo pobres.

Así es como las familias y los países salen de la pobreza. De hecho, durante los últimos cincuenta años ningún país ha salido de la pobreza sin ampliar el acceso a los anticonceptivos. Hicimos que la anticoncepción formara parte de las primeras donaciones de nuestra fundación, pero nuestra inversión no era proporcional a los beneficios. Tardamos años en aprender que los anticonceptivos eran la mayor innovación jamás creada para salvar vidas, acabar con la pobreza y empoderar a las mujeres. Cuando comprendimos el poder de la planificación familiar, supimos que los anticonceptivos tenían que ser una prioridad para nosotros. Tampoco era cuestión de firmar cheques más abultados. Necesitábamos financiar nuevos anticonceptivos que tuvieran menos efectos secundarios, duraran más y costaran menos, y que una mujer pudiera conseguirlos en su pueblo o tomárselos sola en su casa. Necesitábamos una iniciativa global que incluyera a gobiernos, organismos internacionales y farmacéuticas en colaboración con socios locales para ofrecer planificación familiar a las mujeres en los lugares donde vivían. Necesitábamos muchas más voces que defendieran a las mujeres que no estaban siendo escuchadas. A esas alturas ya había conocido a muchas personas admirables que llevaban décadas trabajando en el movimiento de la planificación familiar.

Hablé con todas las que pude y les pregunté cómo podía ayudar nuestra fundación, qué podía hacer para ejercer de altavoz. Toda la gente a la que me acercaba terminaba con un silencio incómodo, como si la respuesta fuera evidente y yo no lo viera. Finalmente, unas cuantas personas me dijeron: «La mejor manera de apoyar a los defensores públicos de la causa es convertirte tú misma en defensora. Tienes que unirte a nosotros». No era la respuesta que buscaba. Soy una persona reservada, en cierto sentido un poco tímida. Yo era la niña del colegio que levantaba la mano para hablar en clase mientras las demás vociferaban sus respuestas desde la última fila. Me gusta trabajar entre bastidores. Quiero estudiar los datos, ir a ver el trabajo, desarrollar una estrategia y solucionar problemas. En aquel momento ya estaba acostumbrada a dar discursos y conceder entrevistas, pero de pronto amigos, colegas y activistas me presionaban para que me convirtiera en defensora pública de la planificación familiar, y eso me asustó. «Vaya, ¿voy a entrar públicamente en algo tan político como la planificación familiar, con mi iglesia y muchos conservadores tan en contra?», pensé. Cuando Patty Stonesifer era la directora de nuestra fundación, me advirtió: «Melinda, si en algún momento la fundación se mete en este espacio con contundencia, te encontrarás en el centro de la polémica porque eres católica. Todas las preguntas irán dirigidas a ti».

Sabía que supondría un cambio enorme para mí, pero era evidente que el mundo tenía que hacer mucho más con la planificación familiar. Pese a las décadas de esfuerzos por parte de defensores apasionados, los avances estaban estancados en gran medida. La planificación familiar había dejado de ser una prioridad de la salud mundial. En parte se debía a que en Estados Unidos se había politizado mucho, además de que la epidemia de sida y las campañas de vacunación habían desviado la atención y los fondos de los anticonceptivos en el ámbito global. (Si bien es cierto que la epidemia de sida generó amplios esfuerzos en la distribución de preservativos, por motivos que explicaré más adelante los preservativos no eran un método anticonceptivo eficaz para muchas mujeres.) Sabía que al convertirme en defensora de la planificación familiar me exponía a unas críticas a las que no estaba acostumbrada, y me quitaría tiempo y energía para realizar otras actividades de la fundación. No obstante, empecé a sentir que por eso sí valía la pena pagar ese precio.

Era una sensación visceral, personal. La planificación familiar fue indispensable para nuestra capacidad de formar una familia. Me permitió trabajar y tener tiempo para cuidar de cada niño. Era sencillo, barato, seguro y poderoso: no conocía a ninguna mujer que no utilizara un método anticonceptivo, pero cientos de millones de mujeres de todo el mundo querían usarlo y no podían acceder a ello. Este acceso desigual era simplemente injusto. No podía mirar hacia otro lado mientras hubiera mujeres y niños que se morían por no haber tenido a su alcance una herramienta que podría haberles salvado la vida. También me planteé mi deber con mis hijos. Tenía la oportunidad de alzar la voz por las mujeres que no la tenían. Si la rechazaba, ¿qué valores estaba transmitiendo a mis hijos? ¿Querría que ellos rechazaran tareas difíciles en el futuro y luego me dijeran que seguían mi ejemplo? Mi propia madre ejerció una gran influencia en mi decisión, tal vez sin saberlo. A medida que me hacía mayor, siempre me decía: «Si tú no marcas tu propia agenda, lo hará otro». Si no llenaba mi horario con cuestiones que consideraba importantes, otros lo llenarían con lo que ellos consideraban importantes.

Por último, siempre he tenido en mente las imágenes de las mujeres que he conocido, y guardo fotografías de las que más me han conmovido. ¿Qué sentido tenía que me abrieran su corazón y me contaran su vida si no iba a ayudarlas cuando tenía la oportunidad? Aquello fue decisivo. Escogí afrontar mis miedos y defender en público la planificación familiar. Acepté una invitación del gobierno de Reino Unido para copatrocinar una cumbre sobre planificación familiar en Londres con todos los jefes de Estado, expertos y activistas que pudiéramos atraer. Decidimos doblar el compromiso de nuestra fundación con la planificación familiar y lo convertimos en una prioridad. Queríamos reactivar el compromiso global que facilitara el acceso a los anticonceptivos a todas las mujeres del mundo, para decidir si queríamos tener niños y cuándo.

Sin embargo, aún tenía que definir cuál sería mi papel y qué debía hacer la fundación. No bastaba con convocar una cumbre global, hablar sobre anticonceptivos, firmar una declaración y luego irnos a casa. Necesitábamos fijar objetivos y elaborar una estrategia. Nos unimos al gobierno de Reino Unido en la carrera para celebrar una cumbre en su capital en julio de 2012, dos semanas antes de que la atención mundial se centrara en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres a finales de mes. El enfoque de la cumbre desencadenó una oleada de reportajes en los medios de comunicación que destacaban el valor de salvavidas de la planificación familiar. La revista médica británica The Lancet publicó un estudio financiado por el gobierno de Reino Unido y nuestra fundación que demostraba que el acceso a los anticonceptivos reduciría en una tercera parte el número de madres fallecidas en el parto. Un informe de Save the Children apuntaba que todos los años un millón de muchachas adolescentes mueren o quedan lesionadas a causa del parto, lo que convierte el embarazo en la primera causa de muerte de las adolescentes. Estas conclusiones, entre otras, ayudaron a fijar el tono de urgencia para el congreso.

A la cumbre asistió mucha gente, incluidos numerosos jefes de Estado. Las intervenciones fueron bien, y yo estaba encantada. No obstante, sabía que la prueba del éxito sería quién daría un paso adelante y cuánto dinero recaudaríamos. ¿Y si los dirigentes nacionales no apoyaban la iniciativa? ¿Y si los gobiernos no incrementaban su inversión? Esas inquietudes me habían provocado una mala sensación durante meses, no muy distinta al temor de organizar una fiesta y que no acuda nadie, solo que en este caso los medios de comunicación sí se presentarían para informar del fracaso. No diré que no tenía de qué preocuparme. Mis inquietudes hacen que me esfuerce más. Aun así, la financiación y el apoyo recibidos superaron con creces mis mejores expectativas. Reino Unido dobló su compromiso con la planificación familiar. Los presidentes de Tanzania, Ruanda, Uganda y Burkina Faso, así como el vicepresidente de Malaui, asistieron al congreso y desempeñaron un papel esencial en la recaudación de los 2.000 millones de dólares comprometidos por los países en vías de desarrollo. Eso incluía Senegal, que dobló su compromiso, y Kenia, que aumentó en una tercera parte su propuesta nacional para la planificación familiar. Juntos nos comprometimos a dar acceso a los anticonceptivos a 120 millones más de mujeres a finales de la década en un movimiento que llamamos FP 2020. Era sin duda la mayor suma de dinero jamás comprometida para apoyar el acceso a los anticonceptivos.

"No hay vuelta atrás", de Melinda Gates (Conecta)