El monumento a Bernardo de Gálvez en Pensacola, Florida (@Hudson_Miller15)
El monumento a Bernardo de Gálvez en Pensacola, Florida (@Hudson_Miller15)

Hace pocos días Estados Unidos expulsó a 21 jóvenes sauditas, vinculados a un atentado terrorista ocurrido en la base naval de Pensacola. Luego de acomodar sus gafas de lentes redondos, el fiscal general William Barr hizo el anuncio: “Han sido dados de baja de los programas de capacitación de la base militar. Aunque no estaban acusados de participar en el ataque terrorista del mes pasado en el que murieron tres personas, se descubrió que habían accedido a material de propaganda yihadista”.

Barr -que ocupa el mismo cargo que alguna vez detentó Robert Kennedy- hacía referencia al sangriento episodio del 6 de diciembre pasado, perpetrado por Mohammed Alshamrani en la Naval Air Station de Pensacola, la clásica escuela de los pilotos norteamericanos por cuyas aulas pasaron John Glenn (primer norteamericano que orbitó la Tierra) y Neil Armstrong (el primer ser humano que pisó la Luna).

El breve discurso del fiscal Barr fue el disparador de esta crónica.

Porque si bien uno asocia la palabra Pensacola con aquella marca de atún enlatado que fue muy popular hace algunos años, surge de inmediato la imagen de las hermosísimas playas de esa ciudad del norte del estado de Florida, en los Estados Unidos.

En Pensacola, a unos 1.000 kilómetros de Miami, el turista encuentra precios bastante más bajos, arenas blancas, aguas transparentes y una riquísima variedad de pescados y mariscos. Y una sorpresa: en el cruce de la avenida Palafox y la calle Wright, hay una monumental estatua de bronce, sobre un alto pedestal de piedra, que homenajea al español Bernardo de Gálvez.

¿Bernardo de Gálvez? ¿Un español, en Pensacola? ¿Y por qué merece semejante reconocimiento?

Porque sin él, George Washington no habría ganado la guerra de la independencia de los Estados Unidos.

Ese país en el que la máxima distinción nacional es ser considerado Ciudadano Honorario de Estados Unidos. Una especialísima consagración oficial se le ha otorgado solamente a siete extranjeros, a lo largo del tiempo. Entre ellos, Winston Churchill y la Madre Teresa de Calcuta.

Y Bernardo de Gálvez, el español reconocido como Ciudadano Honorario de los Estados Unidos en 2014, nombramiento ratificado por la Cámara de Representantes y el Senado estadounidenses y firmado por el entonces presidente Barack Obama.

Bernardo de Galvez, héroe español de la independencia de los Estados Unidos. El cuadro de Carlos Monserrate posa en el Capitolio
Bernardo de Galvez, héroe español de la independencia de los Estados Unidos. El cuadro de Carlos Monserrate posa en el Capitolio

El motivo por el que los Estados Unidos considera al español Bernardo de Gálvez un héroe norteamericano hay que buscarlo en la historia.

Si alguien me pregunta para quién escribo, mi respuesta es invariable: para los más de 500 millones de hispanohablantes que hay en el mundo. Por supuesto, una meta tan ambiciosa no debe tomarse literalmente. Simplemente, simboliza la proyección universal de nuestro idioma. Lectores, oyentes, televidentes con los que me puedo comunicar. De ellos, casi sesenta millones viven en Estados Unidos.

Esa presencia en USA de nuestra cultura -el habla, la gastronomía, la música, el periodismo- no es un fenómeno contemporáneo. Ni puede ser caracterizado sólo a través de una dolorosa terminología, plagada de “camión”, “coyotes”, “indocumentados”, “papeles”, “muro” o “frontera”. La historia empezó hace mucho.

Entre 1535 y 1821 existió lo que se llamó el Virreinato de Nueva España. Estaba formado -además de México, Cuba, Guatemala, República Dominicana, El Salvador, Puerto Rico, Honduras, Nicaragua y Filipinas- por los actuales estados norteamericanos de California, Nevada, Colorado, Utah, Nuevo Mexico, Arizona, Texas, Oregon, Washington, Florida y algunas regiones de Idaho, Montana, Wyoming, Kansas, Oklahoma y Luisiana.

Toda esa enorme región de lo que hoy es Estados Unidos era parte del Virreinato de Nueva España. Y lo fue a lo largo de 286 años.

Recordemos que el Virreinato del Río de la Plata fue creado recién en 1776, como un desprendimiento del Virreinato del Perú. Apenas se extendió por 35 años, hasta la capitulación de Francisco Javier de Elío en Montevideo, en 1811.

¿Y Pensacola?

Pensacola fue fundada en 1559 por un español llamado Tristán de Luna y Arellano, que la bautizó Villa de Santa María. Duró poco: un huracán la destruyo, dos años después. Más tarde, en 1698 fue reconstruída por otro español, Andrés de Arriola.

Hasta que llegó la sangrienta batalla de Pensacola, que terminó el 10 de mayo de 1781, cuando los ingleses se rindieron ante las tropas españolas comandadas por Bernardo de Gálvez. La reconstrucción de ese combate está registrada en las pinturas del catalán Augusto Ferrer-Dalmau y las ilustraciones del norteamericano H. Charles Mc Barron.

Una de las maravillosas playas de Pensacola, en Florida (Instagram: @visitpensacola)
Una de las maravillosas playas de Pensacola, en Florida (Instagram: @visitpensacola)

Por su parte, el periodista español Francisco Reyero, autor del libro Y Bernardo de Gálvez entró en Washington nos permite entender el significado histórico de la batalla de Pensacola:

Gálvez era el gobernador de la Luisiana en 1777, cuando se desata la Guerra de Independencia. Si Gálvez no hubiese sido gobernador, George Washington no habría ganado la Guerra de la Independencia. Literalmente es así”.

España y Francia tenían intereses comunes contra el imperio británico y decidieron actuar contra el inglés. La Armada británica era muy poderosa y el Imperio iba creciendo en detrimento del español. Decidieron ayudarlos, en el caso de España, primero de un modo receloso. Bernardo de Gálvez, incluso contra la opinión de los españoles, se decide a apoyar a los norteamericanos: les envía mantas, blinda el Misisipi, les da respaldo militar, entra en varias plazas estratégicas.

En los últimos años ha crecido el interés en este singular héroe nacido en España. Es así que Guillermo Fesser, creador junto a Juan Luis Cano del inolvidable programa de radio “Gomaespuma”, también lo rescata en su último libro: Conoce a Bernardo de Gálvez:

Hasta hace nada, yo no tenía ni idea de que el idioma y la cultura de los que hablamos español hubieran estado tan presentes en la creación de Estados Unidos. Por eso, al escuchar por vez primera las hazañas de Bernardo de Gálvez, un malagueño que fue gobernador del territorio de Luisiana durante la guerra de independencia de las trece colonias británicas, me quedé muy sorprendido”.

Fesser, que desde algunos años vive en Rhinebeck, cerca de Nueva York, agrega:

El personaje que me ha dado pie para iniciar esta aventura es Bernardo de Gálvez, nacido el 23 de julio de 1746 en Macharaviaya, un pueblecito de la provincia de Málaga. Como en el siglo XVIII Europa entera estaba metida en guerras, cuando Bernardo creció eligió la carrera que tenía más salida y se hizo soldado. Pronto destacaría por su valentía en el ejército y el rey Carlos III lo nombró capitán y lo mandó a patrullar los dominios españoles de América del Norte. Cuando le ascendieron a gobernador de Luisiana, se puso del lado de los patriotas norteamericanos. Desde Nueva Orleans, les mandó por el río Misisipí barcos cargados de uniformes, municiones, comida, mantas y medicinas. Derrotó con sus tropas a los británicos en tres batallas (Baton Rouge, Natchez y Mobile) y, con una hazaña histórica que le valió el lema ‘Yo solo’, reconquistó la Florida”.

La frase “Yo solo” a la que se refiere Fesser es auténtica y revela el extraordinario coraje de Gálvez. Cuando estaba a punto de lanzarse al ataque definitivo contra los ingleses atrincherados en Pensacola, el capitán Calvo de Irazábal, comandante de su propia flota se negó a que los buques entrasen a la bahía, por temor al fuego de las baterías británicas.

Entonces Bernardo de Gálvez se subió al pequeño bergantín “Galveztown” y dijo: “El que tenga honor y valor que me siga. Yo solo”. Y bajo el fuego enemigo abrió el paso, como único tripulante de la nave. Ante ese gesto, todos los demás le siguieron y tomaron Pensacola.

Cuadro de la Batalla de Pensacola con Bernardo de Gálvez comandando el asalto final. La pintura fue hecha por Augusto Ferrer-Dalmau y descansa en el Museo del Ejército de Toledo
Cuadro de la Batalla de Pensacola con Bernardo de Gálvez comandando el asalto final. La pintura fue hecha por Augusto Ferrer-Dalmau y descansa en el Museo del Ejército de Toledo

El 4 de julio de 1776 nació un nuevo país. En ese momento, pocos advirtieron que en la marcha triunfal Washington ordenó que a su derecha cabalgara el español Bernardo de Gálvez. Y a la hora de asumir su cargo como primer presidente de los Estados Unidos, fue saludado por las salvas de honor que disparó el bergantín Galveztown, amarrado en la bahía de Nueva York.

Esta es la historia.

Pero falta algo más.

Como hemos visto, Bernardo de Gálvez era “marachatungo”. Había nacido en un pueblo llamado Macharaviaya, que está a 28 kilómetros de Málaga. Es muy pequeño, tiene una superficie de poco más de 7 kilómetros cuadrados, cabe 15 veces en Pensacola. Y su población apenas llega a los quinientos habitantes.

Comparte el encanto de cientos de localidades andaluzas: angostas calles empedradas, casas blancas, viejas iglesias. Y las clásicas fiestas lugareñas, como San Bernardo, en agosto. O la veneración a la Virgen del Rosario, en septiembre.

Pero la fiesta principal, en Macharaviaya se celebra el 4 de julio, el Día de la Independencia de los Estados Unidos.

Cada año, el pequeño pueblo de la sierra malagueña evoca a su hijo dilecto, aquel soldado que hace más de tres siglos y a 7.000 kilómetros de distancia, forjó la independencia de los Estados Unidos. Y como en una paradójica versión opuesta a “Bienvenido Mr. Marshall” de Berlanga, los escasos vecinos de Marachaviaya se disfrazan de soldados, unos como españoles, otros como ingleses. Empuñan arcabuces y mosquetes de utilería, emplazan cañones de madera y transforman las empinadas cuestas solariegas en un teatral campo de batalla.

Sólo el auténtico redoble de los tambores y el estruendo de la pirotecnia hacen cierta la fantasía del combate.

Al final, celebran en torno a una mesa grande, en la que no faltan los tesoros gastronómicos de esa tierra andaluza: los aguacates y los camarones.

Justamente, la mejor prueba de la hermandad entre la aldea malagueña y aquella playa de Florida, es que en Pensacola -traducción mediante- el festejo es idéntico, con el consagrado sabor de sus avocados y shrimps.

Para mayor coincidencia, recientemente una bodega malagueña ha comenzado a exportar vinos a Pensacola. La marca es Gálvez Legacy, y las variedades son moscatel de la Denominación de Origen “Málaga y el tinto de la Denominación de Origen “Sierras de Málaga. Así que el brindis está asegurado, en uno y otro lado.

Por las dudas, voy avisando: si a fines de junio no me encuentran, lo más probable es que esté de viaje.

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