
En 1947, el escritor Albert Camus publicó La Peste, en la que plasmó una amarga alegoría de un mundo al que solo una catástrofe logra rehumanizar a la sociedad y es una de las más representativas obras de la corriente del absurdo. Esta novela se desarrolla en Omán, Argelia, donde una plaga lleva al límite a la civilización, tal y como ahora, 72 años después de que saliera a luz ese libro, ocurre en Nueva York, Estados Unidos, con una auténtica invasión de ratas.
Más de USD 30 millones se han invertido en Nueva York para acabar con una plaga de ratas que el propio New York Times ya bautizó como la "Ballena Blanca" de Manhattan. Pero ni todo ese dinero y un sinnúmero de programas para controlar la propagación de estos animales por la ciudad de los rascacielos ha bastado para erradicarlas, como si se tratara de un capricho de la naturaleza o quizás un buen ejemplo de supervivencia de la especie.
Mientras algunos señalan al cambio climático como principal causante del incesante crecimiento de la población de ratas en la Gran Manzana, estas son cada vez más grandes y terroríficas, por lo que su capacidad de adaptación ha hecho que las autoridades simplemente no puedan combatirlas.
Desde 2015, Bill de Blasio declaró la guerra a estos roedores, sumándose a una larga lista de 109 alcaldes en hacer lo mismo, sin mucho éxito, según recapituló el diario español El País, que dedicó un reportaje en sus espacios a este fenómeno en la ciudad estadounidense.
"Solo hay que fijarse en los últimos datos del servicio de asistencia telefónica de Nueva York. Las quejas de los vecinos al número 311 crecieron casi un 40% en un año, hasta superar las 17.350 llamadas", relata ese diario. "Y eso pese a que el alcalde Bill de Blasio declaró hace dos años la guerra a las ratas, destinando USD 32 millones del presupuesto municipal a un programa de combate y erradicación de los roedores".
Irónicamente, mientras los altos precios de venta y alquiler obligan a más vecinos a abandonar la ciudad, la población de ratas crece casi proporcionalmente. De Blassio prometió que iba a librar batallas donde fuese necesario para acabar con esta plaga, así fuera en cloacas, parques, reservorios de agua, plazas de juegos y hasta en un vagón del metro, donde es común verlas, por más que su presencia no sea bien recibida por los usuarios del transporte público.

Según relata El País, no existe un solo barrio que se libre de esta peste, pese al esfuerzo que se está haciendo. Aunque es un problema común en otras grandes ciudades, como Filadelfia, Washington, Chicago, Los Ángeles o Seattle, biólogos han dejado en claro que el total de ratas nunca podrá ser erradicado por completo en la Gran Manzana.
Recientemente se implementó una nueva arma que -de acuerdo con El País– emula casi el mismo esmero con que los soviéticos enterraban animales radiactivos en Chernobyl, solo que en vez de concreto, a las ratas las entierran con hielo seco en sus propias madrigueras.
El método consiste en ubicar las madrigueras, si se encuentran unos 70 orificios, el cálculo es que ahí viven unos 250 rattus norvegicus. Luego, el equipo de exterminadores arroja en cada agujero hielo seco en cubos, en verdad dióxido de carbono en estado sólido. La maniobra se hace de día cuando la rata duerme, entonces el hielo seco las asfixia y entre el 90 y 100% de los roedores son exterminados.
Pero el mayor problema es que el barrio de Manhattan está en una isla y el agua baña también el Bronx, Queens y Brooklyn. La extensa red de metro les da protección y una vía para desplazarse. Además del sistema de recogida de basura, que se apila por las noches frente a los bares y los restaurantes hasta que el camión pasa horas después. Un auténtico manjar que atrae naturalmente a los roedores.
Las grandes construcciones de esta ciudad y hasta el cambio climático, son factores igual de determinantes para su proliferación. Los inviernos más suaves elevan la supervivencia de estos mamíferos y aceleran su proceso de reproducción. Las ratas ganaron en paralelo peso y tamaño.
Es así que como en La Peste de Camus se siembra la idea de que el hombre no tiene control sobre nada cuando la naturaleza lo lleva al límite y la irracionalidad de la vida es inevitable, así la peste representa el absurdo, la teoría que el mismo Camus ayudó a definir y quizás, ayudar a entender esta realidad que azota la ciudad de Nueva York.
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