La selección de Hungría que inventó el fútbol total y humilló a Inglaterra

Hace setenta años, un equipo del mundo socialista no sólo derrotaba a los “inventores” de este deporte, sino que también revolucionaban la estrategia conocida hasta el momento. Por qué su influencia llega hasta Pep Guardiola.

Derechazo de Puskas, una de las figuras claves de la selección húngara que sorprendió a Inglaterra, y luego al mundo entero.
Derechazo de Puskas, una de las figuras claves de la selección húngara que sorprendió a Inglaterra, y luego al mundo entero.


La frase no fue una mera estrategia de marketing: el amistoso entre Inglaterra y Hungría celebrado en Wembley durante aquella tarde gris del 25 de noviembre de 1953 fue el partido del siglo, un cisma en la historia del fútbol. Los creadores, celosos, prepotentes y en franco declive, desafiaron al mejor equipo del mundo en busca de un triunfo que los reivindicara como fuerza dominante.

Pero la batalla excedió lo deportivo: fue un duelo táctico entre el pasado y el futuro, entre la rigidez de un sistema anacrónico y la flexibilidad de una revolución en ciernes que sentaría las bases del fútbol total que diseñó Rinus Michels, adoptó más tarde Johan Cruyff y perfeccionó Pep Guardiola en Barcelona con Lionel Messi como epicentro.

En Londres, frente a más de 100.000 fanáticos y transmitido por la BBC para todo el mundo, ingleses y húngaros protagonizaron una jornada memorable. Fueron noventa minutos de brillantez absoluta de una de las mejores selecciones de todos los tiempos, una lección para los fundadores humillados en su propia casa ante su público.

Sir Bobby Robson, mito del fútbol inglés primero como jugador y más tarde como entrenador, analizó más tarde con humildad aquel cruce: “Vimos un estilo nuevo que desconocíamos, nunca lo habíamos visto. Ninguno de esos jugadores significaba nada para nosotros, eran de Marte para nosotros. Inglaterra nunca había perdido en Wembley y pensábamos que éramos los maestros contra los pupilos, pero fue al revés”.

LA DEBACLE INGLESA

Bobby Robson cuenta cómo los sorprendió Hungría: "Ninguno de esos jugadores significaba nada para nosotros, eran de Marte para nosotros. Inglaterra nunca había perdido en Wembley y pensábamos que éramos los maestros contra los pupilos, pero fue al revés"
Bobby Robson cuenta cómo los sorprendió Hungría: "Ninguno de esos jugadores significaba nada para nosotros, eran de Marte para nosotros. Inglaterra nunca había perdido en Wembley y pensábamos que éramos los maestros contra los pupilos, pero fue al revés"

La primera reunión de The Football Association, el 26 de octubre de 1863, es mundialmente reconocida como la fecha fundacional del fútbol moderno. Nueve años más tarde, Inglaterra protagonizó el primer partido oficial entre selecciones en un empate sin goles frente a Escocia. Los británicos habían sido campeones de los Juegos Olímpicos de París 1900, Londres 1908 y Estocolmo 1912. El título, precursor de la Copa del Mundo, era el más importante en el planeta futbolístico. Prácticamente en simultáneo, el Arsenal de Herbert Chapman popularizaba la icónica WM (3-2-2-3) como formación.

Inglaterra decidió boicotear y no participar de los primeros tres mundiales, en disputa permanente con la FIFA y con el convencimiento absoluto de que eran el indiscutido mejor equipo del globo terráqueo. Mientras el fútbol evolucionaba en Sudamérica y en el resto de Europa, la soberbia inglesa ponderaba a su selección como un equipo imbatible -no había sufrido derrotas en su territorio ante rivales no pertenecientes a Gran Bretaña desde 1863 y apenas había caído frente a Irlanda en Goodison Park en 1949- al que ni siquiera le hacía falta demostrar su valor.

El primer cimbronazo al espíritu de los reyes del fútbol fue en Brasil 1950. Inglaterra se volvió a casa en la primera ronda con apenas el triunfo inicial frente a Chile como única alegría. Ni siquiera los resultados adversos consiguieron minar la confianza y la superioridad desmedida de los Tres Leones. Nada cambió en la estructura inglesa tras la debacle en tierras brasileñas.

La caída del fútbol inglés era evidente y Argentina desnudó sus problemas en un amistoso celebrado en el Monumental el 14 de mayo de 1953. El combinado albiceleste dirigido por Guillermo Stábile se impuso por 3-1 con dos goles de Ernesto Grillo y un tanto de Rodolfo Micheli. Ante más de 80.000 hinchas, Grillo inmortalizó su nombre como el autor de un gol imposible que se convirtió instantáneamente en un momento icónico y de allí surgió el 14 de mayo como el día del Futbolista Argentino.

Guillermo Stábile dirigió a la selección argentina que le ganó a Inglaterra por primera vez el 14 de mayo de 1953, día que Ernesto Grillo hizo un golazo.
Guillermo Stábile dirigió a la selección argentina que le ganó a Inglaterra por primera vez el 14 de mayo de 1953, día que Ernesto Grillo hizo un golazo.

Si bien el nombre de Grillo quedó en los libros, aquella tarde fue Carlos Lacasia quien enloqueció al fondo británico. Figura de Independiente, en su debut con la camiseta albiceleste ocupó la posición de falso nueve y confundió al fondo rival, acostumbrado a la marca personal, tirándose atrás para sumarse al mediocampo. En aquella época, la hegemónica WM tenía máximas inquebrantables: dado que el número definía la posición, las asignaciones en defensa eran lineales y el defensor central (2) defendía mano a mano al clásico centrodelantero (9). Meses más tarde, Inglaterra se toparía con un desafío similar y sufriría uno de los mayores cachetazos de su historia.

EL FÚTBOL SOCIALISTA DOMINA AL MUNDO

Gusztáv Sebes nació en Budapest el 22 de enero de 1906 y su primer contacto con el fútbol fue durante su juventud, en las inferiores de Vasas SC. Líder sindical en Budapest, se mudó a París para trabajar como montador en Renault mientras despuntaba su hobby futbolístico. Después de cuatro años regresó a su país y redondeó su discreta carrera profesional. Fue como entrenador, inspirado por la influencia de Jimmy Hogan y del Wunderteam austríaco de Hugo Meisl, donde brilló al construir a una Hungría imbatible e impulsó una revolución que cambió al fútbol para siempre.

Comisionado general del deporte húngaro, también asumió como director técnico del combinado nacional en 1949. Desde su carisma y su carácter protector construyó su liderazgo: meses después de que Ladislao Kubala se escapara oculto en un camión de matrícula soviética, el central Gyula Lóránt fue capturado cuando intentaba cruzar la frontera. Sebes, amigo cercano del líder húngaro Mátyás Rákosi que había sido ungido por Stalin como Secretario General del Partido Comunista Húngaro al término de la Segunda Guerra Mundial, prometió con su vida que Lóránt no iba a marcharse. Y Lóránt, que encontró refugio en Sebes, nunca se marchó.

Afianzado su liderazgo gracias a su imagen paternal, Sebes instaló tres medidas inéditas en el ámbito deportivo. La primera fue un régimen de entrenamientos de cuatro días a la semana, de entre cuatro y seis horas cada sesión. Los jugadores entrenaban con la selección y el fin de semana jugaban en sus respectivos clubes.

Para cumplir con la rutina, el flamante DT planteó dos medidas innegociables: los jugadores seleccionables deberían vivir en Budapest y jugar en uno de los cuatro equipos capitalinos: Honvéd, Ferencvaros, Vasas o MTK. El Honvéd, cuyo nombre significa “defensor de la patria”, pertenecía al ejército nacional y el MTK era propiedad del ejército.

Entre ambos clubes nuclearon a los cimientos de una selección que se construyó en torno a seis nombres: Ferenc Puskás, Sándor Kocsis, Nándor Hidegkuti, Zoltán Czibor, József Bozsik y Gyula Grosics. En consecuencia, los jugadores húngaros cumplieron un ciclo de cuatro años jugando permanentemente juntos para afianzar su identidad, naturalizar su estilo, potenciar sus fortalezas y disimular sus falencias.

Una década adelantado, el innovador entrenador transformó al fútbol al invertir la WM. El flamante sistema táctico, original, flexible y versátil, conmovió a la rigidez del clásico 3-2-2-3. “Cuando atacábamos, atacábamos todos. Cuando defendíamos, defendíamos todos. Fuimos el prototipo del fútbol total”, analizó en retrospectiva Ferenc Puskás. Los jugadores no tenían una posición fija, rotaban de acuerdo a las necesidades del trámite y todos cumplían una función dual.

La figura de Hungría Puskas contó años después el secreto: “Cuando atacábamos, atacábamos todos. Cuando defendíamos, defendíamos todos. Fuimos el prototipo del fútbol total”,
La figura de Hungría Puskas contó años después el secreto: “Cuando atacábamos, atacábamos todos. Cuando defendíamos, defendíamos todos. Fuimos el prototipo del fútbol total”,

Sebes fue el máximo responsable de una Hungría imperial, los Magiares Mágicos, que tiranizó el fútbol entre 1950 y 1956: fue campeón olímpico en Helsinki 1952, campeón de Europa central en 1953, subcampeón del mundo en el Mundial de Suiza 1954, consiguió triunfos resonantes frente a varias de las principales potencias y perdió apenas uno de los 50 encuentros oficiales que disputó.

Si bien Puskás fue la estrella más popular, Hidegkuti fue el hombre clave en la estructura de Sebes: “Era un fantástico jugador y un gran lector del juego. Era perfecto para el rol, ubicándose en el frente del mediocampo, haciendo pases contundentes, arrastrando a la defensa contraria y haciendo carreras fantásticas para anotar él mismo”, lo elogió el propio Puskás.

Hidegkuti jugaba con la número nueve estampada en la espalda pero sus movimientos eran prácticamente indescifrables para rivales confundidos: el central convivía con la duda permanente de seguir al nueve rival o de mantener su posición. Ante cada decisión, Hidegkuti tenía una respuesta: si el dos rival lo perseguía, sus compañeros atacaban la zona liberada; si lo dejaban jugar sin marca, castigaba desde la zona creativa gracias a su talento, su visión y su capacidad asociativa.

Hidegkuti perfeccionó la función del falso nueve potenciado por la estructura de avanzada que edificó Sebes. El ordenado caos húngaro, que partía de un 2-3-3-2 ideal, sumamente efectivo en sus transiciones defensa-ataque en las que se convertía en un 4-2-4, fue la revolución antes de la revolución.

Todo empezaba en el arco. Gyula Grosics representaba al prototipo del arquero moderno: excepcionalmente ágil, con un físico privilegiado, cumplía las funciones de líbero para cubrir los espacios de una defensa adelantada y se lucía gracias a su juego de pies cuando ningún arquero se destacaba en ese rubro.

Mihály Lantos y Jenő Buzánszky ocupaban los flancos y Gyula Lóránt se retrasaba hasta convertirse en el líbero del equipo mientras József Zakariás, el mediocentro defensivo, se posicionaba como segundo central.

József Bozsik era el mediocentro organizador, el encargado de controlar el ritmo del partido y de marcar los caminos de su equipo gracias a su impresionante visión y panorama que ejecutaba con idéntica efectividad con sus dos piernas. Bozsik era el mejor del mundo en su puesto, además de un prodigio físico.

Hidegkuti, en sociedad con Zakariás y Bozsik, conformaba un mediocampo de tres perfiles diferentes. Con la nueve en la espalda, retrocedía hasta la zona de Zakariás para recibir y combinarse mientras Bozsik se liberaba por el otro lado. Entre los tres abastecían a Ferenc Puskás -un goleador implacable de sublime zurda consolidado como el motor del equipo- y Sándor Kocsis -un artillero clásico con un poder aéreo indefendible-.

Los extremos, Zoltán Czibor y László Budai, estaban obligados a regresar para auxiliar en defensa y recibir los pases de Bozsik e Hidegkuti. Czibor, por la izquierda, era un gambeteador escurridizo en el mano a mano que además trazaba diagonales sin la pelota. En la derecha, más limitado técnicamente pero igual de efectivo, Budai eliminaba rivales pegado a la línea de cal.

Hungría era una máquina de jugar al fútbol.

EL PARTIDO DEL SIGLO

Sebes planificó minuciosamente un partido que representó una declaración de intenciones: en los entrenamientos dispuso que el campo de juego tuviera exactamente la misma medida del mítico Wembley, consiguió las mismas pelotas que utilizaba la Federación -más pesadas de lo habitual- e incluso dispuso que los clubes húngaros utilizados como sparrings durante la preparación adoptaran el sistema táctico inglés.

El choque entre dos estilos antagónicos se celebró finalmente en la tarde nublada y gris de Londres. El mejor equipo del mundo, con siete de sus once jugadores del Honvéd, brindó una clase abierta frente a los padres fundadores.

Hidegkuti, el hombre clave del sistema, recibió de espaldas en la frontal del área antes del primer minuto de juego y, sin marca, dominó con la zurda, giró en soledad y vulneró a Gil Merrick con un derechazo al ángulo para adelantar a los visitantes.

Si bien Inglaterra reaccionó y consiguió el empate en los pies de Jackie Sewell, Hungría sentenció el partido en siete minutos con el segundo gol de Hidegkuti y un doblete de Puskás. El primer tanto de Puskás fue antológico: con una pisada, su jugada patentada, dejó en el camino a Billy Wright, uno de los mejores centrales del mundo, y marcó el tercero de los seis tantos de los Magiares Mágicos. El último, el hattrick de Hidegkuti, llegó tras una combinación de 10 pases en un trámite de abismal superioridad en el que el combinado de Sebes disparó en 35 oportunidades al arco británico.

“No existen palabras para escribir adecuadamente las sensaciones de las 100.000 personas en Wembley en esta tarde gris de noviembre. El orgulloso récord de Inglaterra fue destrozado. Fueron derrotados en todos los aspectos del juego y la historia debe ser reescrita. Hungría lo tenía todo y su juego se componía de pases largos y cortos con un final absolutamente letal. El público nunca los olvidará”, escribió el periodista Mike Payne.

Fue una pesadilla para Harry Johnston, el zaguero central de la línea de tres defensores inglesa que jamás pudo frenar a Hidegkuti, autor de tres goles. "Para mí la tragedia fue mi total impotencia. Ser incapaz de hacer nada para defenderlo”, escribió más tarde en su autobiografía. Los relatores de la BBC también sufrieron aquellos noventa minutos: no conseguían identificar la numeración ni el sistema táctico de Hungría. El 9 ya no era el centrodelantero, el 3 jugaba de central, el 4 de lateral izquierdo y el 8 de delantero.

Jackie Sewell, quien había protagonizado el traspaso más caro de la historia del fútbol británico cuando se sumó al Sheffield Wednesday desde el Notts County, fue contundente sobre aquella actuación: “La gente pensaba que nosotros íbamos a ganar pero recibimos una lección ese día. No creo que hubiéramos jugado tan mal, pero ellos fueron maravillosos, fácilmente el mejor equipo que vi en mi vida”.

Stanley Matthews escribió en la autobiografía publicada antes de su muerte en el año 2000: "Hungría combinaba dos estilos: el corte y empuje británico y el juego de pases cortos para probar la infiltración, muy favorecido en esa época por los sudamericanos. Era una combinación imaginativa de control exacto del balón, velocidad de los movimientos y visión esotérica que se unieron para formular un estilo de fútbol tan innovador como productivo. Mucho antes del pitido final, la gloria de nuestro pasado futbolístico había sido dejada de lado. Inglaterra fue superada y maniobrada. Wembley fue testigo de la historia del fútbol”.

EL DÍA DESPUÉS

Inglaterra asimiló el golpe pero insistió en su tozudez y viajó a Budapest en busca de venganza en su preparación para el Mundial de Suiza de 1954. Aquella estrepitosa caída en Wembley había sido el punto final para las carreras internacionales de seis jugadores que nunca más volvieron a vestir la camiseta de los Tres Leones: William Eckersley, Alfred Ramsey, George Robb, Stanley Mortensen, Ernest Taylor y Harry Johnston fueron las víctimas principales del 6-3. El 23 de mayo de 1954, camino a la Copa del Mundo, los británicos viajaron a Budapest y el revés fue aún más estruendoso: Hungría se impuso por 7-1 con goles de Mihály Lantos, Puskás (x2), Kocsis (x2), Hidegkuti y József Tóth. Syd Owen, quien afrontó la titánica tarea de reemplazar a Johnston, reconoció resignado: “Fue como jugar con gente de otro planeta”.

Con un invicto de 31 partidos a cuestas, Hungría aterrizó en Suiza como el máximo candidato a conquistar la Copa del Mundo. Los Magiares Mágicos debutaron con un contundente 9-0 frente a Corea del Sur y en la segunda fecha respaldaron sus pergaminos con un impresionante 8-3 frente a Alemania Federal en una victoria pírrica en la que Puskás sufrió una lesión que lo marginó hasta la final.

En su camino hasta el encuentro decisivo, Hungría se impuso a Brasil por 4-2 en la memorable y violenta Batalla de Berna que se celebró bajo la lluvia. “Fue una batalla, un partido salvaje y brutal”, reflexionó post partido Sebes, quien debió recibir cuatro puntos por un corte en la cara producto de la pelea entre ambos planteles una vez concluido el encuentro.

Uruguay -que en cuartos de final eliminó a Inglaterra- fue su víctima en semifinales, un 4-2 que los húngaros consiguieron en tiempo suplementario gracias a un doblete de Kocsis. La Celeste, que había remontado una desventaja de dos goles durante los noventa minutos reglamentarios, entregó su invicto mundialista después de conseguir los títulos en los Mundiales de 1930 y 1950.

Hungría volvió a reencontrarse con Alemania Federal en la final. Con el antecedente del 8-3 de la primera ronda y con Puskás recuperado, Hungría acariciaba el trofeo Jules Rimet. Bajo un diluvio, se adelantó por duplicado y a los ocho minutos ya ganaba por 2-0.

Sin embargo, Alemania Federal descontó a los 10′, empató a los 18′ y sentenció su milagro, el famoso milagro de Berna, a los 84′ con el agónico gol de Helmut Rahn. Los teutones aprovecharon las bondades de sus desconocidos botines Adidas, capaces de adaptarse a cualquier condición climática, y se quedaron con el trofeo después de que la terna arbitral le anulara el empate a Puskás.

Tras la derrota, Sebes siguió al frente del equipo nacional e hilvanó otra racha de partidos sin perder con triunfos significativos frente a Escocia y la Unión Soviética, la primera derrota de la URSS en su territorio.

La revolución húngara provocó la disolución del Equipo de Oro en octubre de 1956. También del mítico Honvéd que en diciembre de 1954, sin saberlo, sentó las bases de la Copa de Europa después de su derrota por 3-2 frente al Wolverhampton que la prensa inglesa rotuló como el “campeón del mundo”.

Tras el estallido social de la revolución húngara y la derrota del Honvéd en España frente al Athletic de Bilbao por la primera ronda de la Copa de Europa, las principales figuras de los Magiares Mágicos decidieron no regresar a su país. El equipo estuvo a punto de recibir asilo de México pero finalmente viajó en su totalidad a una gira por Brasil en la que enfrentó al Botafogo de Garrincha y Nilton Santos. Tras el tour y con la FIFA presionando a Brasil para que impidiera esos amistosos, Czibor y Kocsis se mudaron al Barcelona, mientras Puskás viajó a la Casa Blanca para vestir la camiseta del Real Madrid.

“¿Qué hubiese sido de nuestra selección, de nuestro Honved, si nada de esto hubiese pasado?”, se preguntó tiempo después Puskás, ya convertido en estrella del Real Madrid. Czibor y Kocsis volvieron al Wankdorfstadion suizo en el su selección perdió la final frente a Alemania Federal. Su Barcelona cayó en la final de la Copa de Europa de 1961 frente al Benfica y Czibor fue lapidario: “Este estadio está maldito para cualquier húngaro que lo pise”.

Hungría, campeón sin corona, dejó un sello indeleble en el fútbol y el legado de Sebes penetró incluso en el fútbol inglés: Matt Busby adoptó sus fundamentos en el Manchester United, Don Revie calcó los movimientos de Hidegkuti para su Manchester City, Bill Nicholson lo replicó en el Tottenham que consiguió el primer doblete en el fútbol inglés y Ron Greenwood lo instaló en el West Ham campeón de la Recopa Europea. También sentó los cimientos de la Selección brasileña de Vicente Feola que con un Pelé estelar fue campeón en Suecia 1958, del fútbol total de Rinus Michels e incluso viajó en el tiempo como primer gen del Barcelona de Pep Guardiola y Lionel Messi

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