Héctor Abad Faciolince: “Para escribir se necesita distancia; no se puede estar en el furor de la pelea, sino uno se vuelve activista”

El autor colombiano dialogó sobre su última obra, “Lo que fue presente”. Además, la vulnerabilidad, la violencia como epidemia, la empatía en su literatura y los políticos de su país, entre otros temas

Héctor Abad Faciolince (MaremotoM)
Héctor Abad Faciolince (MaremotoM)

Héctor Abad Faciolince tiene la virtud de la empatía. No es que tenga un gran carácter y sea siempre simpático (sí, lo es), lo que quiero decir es que su literatura representa muchas de las cosas que sentimos. Le digo eso ahora que nos encontramos para una entrevista por sus diarios y se ríe cómplice, para decir que “hay unos cuantos escritores” poco empáticos.

La novela de Héctor sobre su padre asesinado, El olvido que seremos (Alfaguara) ha tenido tanto éxito como por ejemplo una canción de la banda argentina Divididos. El tema se llamaba ¿Qué ves? y cada vez que salían Mollo y Arnedo a tocar, odiaban que le pidieran esa canción.

Claro, no odia Abad el libro que publicó en el 2006, que es cuando se termina su diario y que comienza en 1985 (cuando él apenas tenía 27 años), pero hay algo que suena a trillado cuando sólo se lo juzga por una historia, por un drama, por una tragedia.

Pero lo cierto es que El olvido que seremos define al autor, que al principio pensaba que era incapaz de escribir. Un testimonio descarnado sobre cómo nace una vocación y cómo se aprende a enfrentar la dura y emocionante aventura de vivir marca ese libro y estos diarios donde lo secreto se hace público y lo más notable es su ambigüedad. Alfaguara publica Lo que fue presente (Diarios 1985-2006): “Parece que no soy capaz de ser, si es que pretendo ser algo. No soy nada: un escritor que no escribe nada, salvo un diario. Un amante que no es capaz de amar. Un padre que no ejerce. Un marido lejano.”

"Lo que fue presente (Diarios 1985-2006)" (Algaguara), de Héctor Abad Faciolince
"Lo que fue presente (Diarios 1985-2006)" (Algaguara), de Héctor Abad Faciolince

–¿Estos diarios te ayudaron a describir tu ambigüedad?

–Me gusta mucho esa palabra. Sí, creo que sí. Anteayer salió una reseña en Colombia, de una feminista colombofrancesa, llamada Florence Thomas y ella decía que en mis páginas aparecía muchas veces la palabra quizás. Y que quizás era la palabra que mejor me definía. No hay una palabra que exprese mejor la ambigüedad que quizás. Creo que sí, manifiesta la ambigüedad mía, la inseguridad, la incertidumbre, la dificultad.

–En ese sentido, ¿la literatura sirve para expresar la vulnerabilidad?

–Usaste la palabra vulnerabilidad, me gusta mucho. Hay una educación en América Latina donde los hombres, el macho, tiene que ser un macho. Tiene que aceptar estoicamente los dolores, no manifestar que sufre, no manifestar que es inseguro, que fracasa, que es un manojo de contradicciones y de ambigüedades. Me parece que ese papel es nefasto para los machos. No fui educado así, fui educado por muchas mujeres y por un padre muy ambiguo también. Me enseñaron que la expresión de la vulnerabilidad, que soy vulnerable, que no soy para nada un bloque de hierro o de hielo, es lo que es, porque los seres humanos somos así. No me molesta para nada manifestar mi invulnerabilidad. Soy vulnerable, siempre lo fui, lo sigo siendo y todos los humanos lo somos.

–Hay también un fracaso de la civilización, ese hombre que asó a la parrilla a la novia y salen los amigos a decir que hace mucho tiempo que él decía que la iba a matar…

–Hay indicios en las canciones, Les Luthiers se burla de una manera muy educada, cuando se exalta a la madre en el tango. “Si no me pasás más guita me voy a vivir con mamá”, dice la letra. Tal vez explica esa obsesión argentina por lo psicoanalítico. Pero si uno se fija en los corridos viejos mexicanos, hay un salvajismo no civilizado en el que se cometen feminicidios una y otra vez. El macho se siente despreciado o traicionado. Yo viví en México en 1978, con qué asombro y con qué gusto uno se aprendía canciones como la de Rosita Alvirez, que Hipólito la mata porque ella no quiso a salir a bailar con él. Ella desprecia a Hipólito, lo desprecia. Como la casa donde vivía Rosita era rosa, con su sangre le dan otra pasada a las paredes. Es algo tremendo. Hay corridos en que el hombre va a devolvérsela al suegro a su esposa porque ella lo traicionó y como el suegro no la quiere, él la mata. Estaba pensando en los feminicidios en México en esos corridos, es terrible eso de México.

–No sólo en México, como bien dijiste en Argentina, donde matan a una mujer cada 26 horas, está el tango, como esa milonga “Amablemente”, que cuando él llega a la casa, le pide que le haga mates y luego le da 34 puñaladas…

–En Colombia también. Hay una espantosa: “Si no me querés te corto la cara / con una cuchilla esas de afeitar y en el casamiento te saco los ojos, el ombligo y mato a tu mamá”…no creo que haya canciones así en Alemania, debe de haber canciones sobre los judíos, pero no sobre matar a las mujeres.

–Tú eres el hijo de un asesinado, mientras venía para aquí pensaba en mi infancia y jamás tendré que decir algo semejante…

–Es el acontecimiento que partió en dos mi vida. Es algo que no quisiera que no me definiera pero que de alguna manera me define, pero sobre todo en estos tiempos de virus y de peste, es como para mí la figura que se parece a este médico de Wuhan, Li Wenliang, el que descubrió el coronavirus, denunció esta neumonía atípica, rara, luego lo censuran, lo regañan y luego cae contagiado y muere por ese mismo virus que las autoridades niegan. Pienso también en La peste, de Albert Camus o el Ensayo sobre la ceguera, de Saramago. O Decamerón, en Los novios, de Alessandro Manzoni. Mi padre escribió un artículo muy importante para la historia de la salud pública de Colombia, en 1961. El artículo se llamaba “Epidemiología de la violencia”. Trataba de analizar a la violencia como una epidemia. De alguna manera él, desde principios de los años 60, cuando yo acababa de nacer, se dedicó a combatir esta peste latinoamericana. No es una violencia internacional sino una violencia interna, violencia en la familia, el feminicidio tiene mucho de violencia cercana. Mi padre trató de entender esa violencia y soy un hijo de alguien que muere víctima de esa epidemia que él trata de combatir. Tiene que haber esos médicos que combatan nuestra peste de la violencia.

–Hablas de la literatura como la gran vía para retratar estos males, pero también hablas de ella como de un gran encierro.

–Es difícil saber, porque uno para poder escribir necesita calma. Necesita aislamiento, distancia, silencio, no puede estar en el furor de la pelea, si uno se dedica al furor de la pelea uno se vuelve activista y eso no tiene menos valor que la literatura, lo que sí impide que seas un novelista. Cuando me he involucrado en polémicas muy agitadas en la vida pública, ha sido nefasto para mí. Claro, la tentación de involucrarse en ciertos aspectos está siempre presente. Es cuando aparece la ambigüedad. ¿Qué es más importante? ¿Estar en la calle o estar de alguna manera activa con las mujeres que van a salir el domingo y no van a salir el lunes o estar analizando para escribir historias? No tengo una respuesta clara y definitiva. Mi papá optó por un activismo social. No creo tener el carácter de él y él me enseñó a ser libre, a que yo hiciera lo que considerara que podría ser más útil. Creo que mi destino es estar en silencio, tratando de entender y de escribir.

–¿Qué te dio la edición?

–En algún momento de los diarios digo que quiero dedicarme a cosas con libros. Si no logro ser escritor, quiero traducir, quiero vender libros, corregirlos, algo con los libros. Lo he tratado de hacer todo, hasta dirigí una biblioteca de una universidad durante algunos años. Ahora con mi esposa tengo una pequeña editorial. En ella nos hemos concentrado en descubrir a jóvenes nuevos talentos de la narrativa colombiana. Me da mucha alegría la edición, porque los escritores tenemos mucha necesidad de apoyo al principio. Yo recibí el apoyo que me dejó de herencia mi padre, a dos amigos a los que les debo la publicación de mi primer libro y que yo siguiera publicando mis libros. Era un libro de cuentos malísimo, no merecía ser publicado, pero que si no me lo publicaban no hubiera tenido el ánimo de seguir. Esa compasión, esa solidaridad, ese amor, esa dulzura, los hizo apoyarme en un producto tan imperfecto. Ellos mintieron diciéndome que era buenísimo, mintieron convincentemente. Lo agradezco mucho.

–También tuviste hijos, Marguerite Duras dice que de los hijos no se duda, así como tampoco se duda del libro

–Ahí la perspectiva cambia al otro lado. Mis hijos y me vuelvo totalmente impúdico son mi cosa definitiva. Yo sé que hay padres muy abandonadores, que fecundan y se van, pero aprendí de mi padre a ser un padre muy madre. Creo que hay que estudiar mucho la paternidad en América Latina. En Colombia hay un montón de mujeres con hijos solas. En otras culturas, como por ejemplo, en Japón, el sueldo del marido va directamente a la cuenta de la madre. Es ella la que maneja el dinero y ella le da para algunas cervecitas. Aquí, el hombre puede salir, emborracharse y jódanse.

–¿Cuándo los hijos dejan de ser una obligación y pasan a ser una responsabilidad, ese ser padre como madre?

–Uno tiene que descubrir la dicha del contacto. Las mujeres tienen la gran ventaja de llevar el niño adentro, de parirlo, de pegarlo a la teta, de cambiarlo, de limpiarlo, si nosotros no compartimos esos oficios, podemos dar el tetero, de llevar el niño a nuestro pecho, si no nos convertimos en padres más madres las cosas no funcionan. Mis hijos crecieron sin mí, no quiero decir que soy el padre más perfecto. El hecho de que se hayan ido para Italia, fue después del asesinato de mi padre la experiencia más devastadora de mi vida. Mi mujer, en castigo, y la entiendo, se los haya llevado para Italia, cuando yo no tenía plata para irme detrás, me hizo entender que a mis hijos no los iba a perder. Los voy a llamar todos los días. Mi sueldo se iba en hablarles a ellos. Aunque ellos no hablaran, pues los niños hablan muy poquito. Y no los perdí. Ellos viven en Medellín. La madre vive en Italia. Mis hijos son parte de mí y hay una relación muy física que aprendí de mi padre.

–Me haces acordar a Marcello Mastroianni, que en los contratos pedía el teléfono libre, para poder hablar horas y horas con sus hijas…

–Uno de los momentos más emocionantes de mi vida es una vez que yo iba en un bus en París y vi por la calle pasar a Marcello Mastroianni. Si fuera mujer me hubiera enamorado profundamente de Mastroianni.

"El olvido que seremos" (Alfaguara), de Héctor Abad Faciolince
"El olvido que seremos" (Alfaguara), de Héctor Abad Faciolince

–Colombia me cuesta mucho, es un país bastante ensimismado…vi un documental del fotógrafo Jesús Abad Colorado, todo lo que pasó en Colombia, ¿qué pasa ahora con tu país?

–Colombia es muy raro. Un ex presidente colombiano muy ambiguo, muy astuto, muy inteligente, decía que Colombia era el Tíbet de América Latina. Es pleno trópico, con tres cordilleras, a causa del calor todos vivimos encaramados en las montañas, tenemos los Andes pero no son como los Andes argentinos, secos, en los Andes colombianos hay selva húmeda tropical, llueve, llueve y llueve. Todas las carreteras son muy malas y estamos totalmente aislados del resto del mundo. Es un país ensimismado, no hay viento nunca…pasan cosas horribles. Tenemos unos gobernantes de una insensibilidad y de una torpeza. Anteayer la ministra del interior dijo que en Colombia matan a más personas por robarles el celular que por defender los derechos humanos. Es una frase muy tonta y torpe. Es cierto que es estadísticamente, así como en México pueden matar por un sombrero, en Colombia pueden matar por un celular. No puedes comparar las cifras de los pocos que se dedican a defender los derechos humanos y los matan, con los que tienen teléfono celular y los matan. Tenemos que analizarla como si fuera una frase seria y no una frase inhumana. Colombia a uno le produce mucha rabia y mucha indignación, permanentemente. Pero si me dedico a vivir en la ira voy a perder toda la paz que necesito para leer y escribir. Tal vez las montañas produzcan algo tibetano para conseguir una vida más monacal.

–Pienso en las FARC, esta cosa de secuestrar a una persona y tenerla años…

–Es una gente que ha padecido y ha sufrido una violencia tan inmensa dentro de sus familias que han perdido toda la capacidad de compasión. Cuando atacan y se vuelven malos cometen actos que es imposible defender. Llegan a unos abismos que ni siquiera se dan cuenta de la maldad. Ahora están declarando que Ingrid Betancourt se merecía el secuestro. Yo estoy a favor de la paz, de condonar ciertas condenas, pero muchos están locos.

–Hablas de compasión y me parece que siempre has buscado la empatía…

–Creo que siento como un deber mío como escritor de entenderme a mí mismo. No soy un santo, no soy una persona de una pieza, soy un ser ambiguo, con buenas y malas inclinaciones, con buenos y malos actos. Cuando entiendo eso de mí mismo puedo mirar a los seres humanos con más claridad y más compasión. Lo que tú has hecho, yo lo he pensado o lo he hecho. Esa educación es la que nos da la ficción y la literatura. Una educación en la empatía.

–Pero hay escritores que no son empáticos

–Debe haberlos (risas)

­­–¿Qué sientes con respecto a los diarios que publicaste?

–Cuando los publiqué, en diciembre, yo tenía mucho miedo. Yo estaba mal. Tenía como terror. Yo he tenido la suerte sobre todo con El olvido que seremos y con La oculta, de ser muy querido por mis lectores. Pero también sentía yo que los lectores tenían una imagen muy mentirosa de mí mismo, alguien idealizado. Yo no soy tan bueno como mi padre, yo soy otro, soy el de los Diarios. Puse en juego ese cariño que me tenían los lectores. A medida que vienen personas como tú y no me escupen, ya me tranquilizo bastante. Mis hijos dijeron que publicara los diarios que ellos no los iban a leer. Para mi esposa sigue siendo duro. Ella y yo estamos hace 10 años, los leyó cuando ya los pasó en limpio y yo era un hombre que fue infiel en los dos matrimonios anteriores. Ella dice, ¿cómo confiaré en ti? No lo sé. Yo ahora estoy muy seguro de no tener que cambiar de pareja nunca.

­–¿Qué pasa ahora?

­–Cuando me mandaron un video de la imprenta con los Diarios, ese día empecé mi nueva novela. No tiene nada que ver conmigo, el protagonista no soy yo, está en tercera persona y cuenta la historia de unos periodistas en Medellín que tuvieron una experiencia tremenda: la de que su diario, El Espectador, por orden la mafia, no podía circular. Las oficinas tenían que ser clandestinas y los periodistas trabajar en silencio, como topos y no firmar nada. Quiero contar esa historia.

Este artículo se publicó en Maremoto (Maristain)

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