(Gustavo Gavotti)
(Gustavo Gavotti)

En los ojos claros, casi transparentes, de Ángela Becerra se esconde una paciencia arrolladora. Su último libro, Algún día, hoy, un universo de 800 páginas y pico, está escrito con la tranquilidad de las grandes historias: un viaje a la Colombia de principios del siglo XX donde la opresión social y política es una moneda mucho corriente de lo que es hoy. Aunque, al igual que estos tiempos, hay quienes se resisten. El personaje central, digamos la protagonista, es Betsabé Espinal, una de las líderes sindicales que dirigieron la primera gran huelga de obreras en la Fábrica de Tejidos de Bello en Antioquia, entre febrero y marzo de 1920, y que la historia oficial ha sepultado en el olvido. La autora de 62 años —aunque ahora, en esta entrevista, aún tiene 61; mañana cumple 62— ha decidido rescatarla y elaborar una biografía novelada de largo, larguísimo aliento que la excede: aparece su amistad con una joven aristocrática llamada Capitolina, el amor con el vanguardista y revolucionario Emmanuel, los entramados políticos que tejen los patrones con el clero. Todo esto burbujea en una novela que no baja jamás el tono épico, como si estuviera narrando una shakesperiana historia latinoamericana. Acaso lo es.

Cuando se hace presente en el gigantesco patio —arbolado, clásico, bien europeo— del hotel donde se aloja en Recoleta, Ángela Becerra sonríe de par en par. Sus ojos claros, imposiblemente claros, y su larga y rubia cabellera completan el impacto visual. Le gusta Argentina, le gusta Buenos Aires. Una de sus hijas vivió acá durante un tiempo prolongado, entonces ya le resulta un país familiar, en todo el sentido del término. "A Argentina la veo muy vibrante en el tema feminista —comenta—, y la veo con dificultades en el tema de manejo a nivel de Estado. Y la veo mucha fuerza, porque si algo tiene el argentino es la capacidad de sobreponerse frente a las dificultades".

Esta visita tiene por objetivo promocionar su sexta novela. Aún es reciente, así que sus personajes todavía hablan, gritan, corren y dan vueltas dentro de su cabeza. Antes de la literatura, antes de que aquel poemario inicial, Alma abierta, de 2001 y de su primera novela, De los amores negados, en 2003, antes de convertirse en la autora más leída de Colombia luego de Gabriel García Márquez, trabajó alrededor de quince años como publicista. "La publicidad me dio el rigor y la disciplina de cada día sentarme y saber que va a salir algo. No decir: 'la inspiración no sé si hoy llega…' No, la inspiración la buscas y la encuentras. El ritmo. El arranque de una historia tiene que coger del cuello al lector y decirle: 'te quedas conmigo porque te voy a seducir'", explica. Alumbrada por la luz del día que se filtra por el techo vidriado de este patio, Ángela Becerra sonríe y responde cada una de las preguntas que le hace Infobae Cultura. Aunque más que responder, el verbo es otro: conversa.

(Gustavo Gavotti)
(Gustavo Gavotti)

—¿Se podría decir que esta es una novela feminista? 

—¿Qué quieres decir con feminista, primero?

—Bueno, en principio hay un empoderamiento femenino y una visibilización del rol de las mujeres en la historia. ¿Amerita leerla en esos términos?

—Sí, pero también diría que es una novela de justicia. Una novela que quiere dar voz a una persona que fue silenciada y que merece tener su lugar en la historia. Es una novela que, para mí, es un canto a la liberación de las mujeres. También un monumento a la amistad, porque hay una historia de amistad entre dos mujeres maravillosas. Y un monumento al amor. Como es una novela grande, larga, también hay un trasfondo de denuncia a las injusticias sociales, a esa época donde estaba tan marcado el clasismo.

—Y pese al antagonismo de clases se genera una amistad entre estas dos mujeres que vienen de distintos orígenes.

—Yo lo que quería hacer, aparte de enseñar todo lo que fue la huelga que lideró y lo que consiguió Betsabé Espinal, esta niña de 23 años, era hermanar, aún estando en las antípodas sociales, a dos mujeres que, sin embargo, están viviendo lo mismo: primero son rechazadas incluso por sus propias madres por su condición femenina. Tienen algo en común y es que deben estar sumisas a sus condición de mujer, cada una desde su ámbito social. Tienen que cumplir un rol que las ponen por debajo del hombre. En eso están hermanadas. Y eso es lo que, incluso hoy en día, todavía pervive. Esa palabra que ahora se usa tanto que es la sororidad, que nos une a todas las mujeres, no sólo de Oriente, Occidente, sino en general, y sin condición de razas ni condición social. Es en esa lucha por encontrar el espacio que la mujer merece. Nada más que eso.

(Gustavo Gavotti)
(Gustavo Gavotti)

—El feminismo usa mucho la frase "lo personal es político". En este sentido, ¿se podría decir que es una novela política?

—Sí, evidentemente hay algo de eso. Por ejemplo, todo lo que es la estructura que monta el dueño de la fábrica en la que crean una sociedad. Hay un político muy importante que es el Gobernador de Antioquia que es dueño de la mitad de la fábrica, otro que es dueño de la mitad del país, que es un empresario, y otro personaje que tiene mucha menos visibilidad pero que también tiene importancia. Estos estamentos están unidos también al clero y forman una unidad que se apropia de lo que es el poder. Y ahí, en la novela, esa denuncia a la injusticia en la cual están participando todos ellos, cada uno pensando qué es lo mejor que están haciendo por estas mujeres. Es un momento histórico importante: acaba de terminar una guerra de los mil días, una guerra partidista en donde muchos hombres mueren y se quedan niñas huérfanas y viudas que se mueren de hambre. En esta sociedad que se ha creado, pues aprovechan para hacer una expansión económica y cogen estas niñas entre 11 y 25 años y las someten aprovechando su docilidad en las manos para estos telares. Ahí ya hay una injusticia. Y además hay un amangualamiento con la Iglesia puesto que ellos crean un patronato donde los dueños son los dueños de la fábrica y que están regentadas por monjas que las tienen en un estado de cárcel, prácticamente, y esclavitud, porque ellas salen del patronato al trabajo y del trabajo al patronato. Entonces sí que hay un alegato político. Además, en eso momento también está entrando el socialismo a Colombia, un socialismo bastante escondido, que se le llama socialismo criollo, y que hace que se creen unas revistas, como la revista del obrero católico, donde están tratando de combatir ese animal que acaba de entrar y a desestabilizar la educación que están dando a todos estos obreros y a todas estas niñas.

—¿Cómo surge la idea de construir esta novela, no sólo el personaje de Betsabé Espinal, sino el proceso histórico completo?

—Pues esta novela surge en el año 2013. Esta niña me busca a mí. Yo siempre he dicho que ella me busca a mí, porque yo no veo nunca la televisión y por no sé qué cosa la enciendo a las dos y media de la mañana y aparece esta cara, y sus ojos me miran directamente y siento que está comunicándose conmigo, es como un acto mágico. no sabría explicar qué sucedió, pero lo que sí es cierto es que inmediatamente quedé seducida por esta historia. Y sobre todo me movió el interior, porque si algo hay en mí es el afán por luchar por la justicia, y este me pareció un hecho de una injusticia tremenda. A esta niña la silencian porque el poder político, económico y social tenía también sus tentáculos en el tema de las publicaciones. Había alguien allí que también tenía poder y la silenció. Se fue hablando de otra cosa e incluso elevan a los altares a otra chica que es sobrina de uno de los dueños de un diario, que lucha y que también un papel importante dentro de la historia, pero que lo hace siete años después. Y parece que esta hubiese sido la precursora de todo lo que sucedió, y no fue así. Lo que pasa es que esta niña venía de un estrato social muy baja, era además bastarda, y una desechable, por decirlo de alguna manera.

—¿Cuánto cambió este mundo? ¿Cree que sigue vigente o ya fue erradicado?

—Tristemente está muy actual. Se está luchando por lo mismo todavía. Por una igualdad de salario, por un respeto a la mujer, a su cuerpo, a su valía, a su talento, a la explotación. Así que tristemente es muy actual. Betsabé Espinal podría estar en este momento dando un discurso en Naciones Unidas como lo hizo Emma Watson, porque además tenía un poder de oratoria importante. En aquel momento, si bien había un tipo de lenguaje florido de la época, pues tenía el agarre y la fuerza suficiente para movilizar. Movilizó a 400 obreras. Es una niña que yo pensaba que sólo había una foto de ella… 

(Gustavo Gavotti)
(Gustavo Gavotti)

Entonces la autora colombiana, que permanecía acodada en la mesa, quita los dedos de su larga cabellera y toma el libro, su novela, este artefacto enorme de tapa verde, con sus dos manos. Lo abre y se pone a buscar en las últimas páginas las fotos que ha decidido colocar, In memorian. Mientras sus dedos buscan la página indicada, explica que "todos conocen una sola foto de Betsabé Espinal y es esta". Abre el libro y muestra aquel retrato, el famoso, el conocido, el icónico. Cuando investigó, se topó con muchos documentos, entre ellos los del patronato de obreras donde entró a los trece años. "Hay una foto que yo le llevé a una fisonomista y coincidimos las dos en lo que transmite esa mirada, esa mirada desafiante, pero por otra lado esa feminidad que tiene, que a mí también me llevó a pensar quién fue su padre. Ella no tiene unos rasgos absolutamente mestizos. Sus rasgos son más bien refinados. Eso también me ayudó a mí a la hora de escribir y crear", agrega.

Continúa recorriendo Algún día, hoy, texto ganador del Premio de Novela Fernando Lara 2019. Continúa y entonces, catorce páginas después, otra imagen. "Patronato de Obreras, 1018", dice en el epígrafe. Unas sesenta mujeres posan para la cámara. "Empiezo a buscar, porque soy bastante curiosa, en qué foto estaba ella, y encuentra esta. Y está aquí. Es ella", dice y señala. Y sonríe. "Amplío y luego cotejo con la foto, la que todos conocen, y se la mando a la fisonomista que me dice: 'evidentemente es ella'. Es un descubrimiento. Tú la ves aquí, que es una niña, y ya le ves el arrojo que tiene, el 'aquí estoy'", completa. Y es cierto.

(Gustavo Gavotti)
(Gustavo Gavotti)

—Hay algo particular con el tono de la novela. ¿Cómo se encuentra y cómo se mantiene?

—No sabía qué tono iba a tener la novela. Uno empieza a escribir y luego es ella la que te da el tono. No eres tú el que se lo impone. Y esta novela luego me pidió el diario de ella. Yo no sabía que iba a escribirlo, pero era tan íntimo todo lo que le estaba pasando que no había otra manera de que ella se abriera a contar cómo se sentía si no era a través de la primera persona y a través de un diario. Entonces cuando sale el primer capítulo allí me doy cuenta de que tiene una épica. El tono, la voz, todo va a ser épico. Y eso me va llevando, a lo largo de la novela, a que ese canto épico esté allí hasta el final. Esa es la magia de la escritura. Y ella misma me va pidiendo más denuncia, me pide una amiga, me pide el amor. Aquí aparecen los hombres. Hay uno, secundario pero muy importante para mí, que es Benicio de la Cruz, un mulato que se ve avocado a convertirse en la madre de estas dos criaturas, de estas dos niñas que, aún cuando tienen madre, son huérfanas. Y esa potestad de este hombre es una evocación a ver a los hombres de otra manera. La novela está llena de mensajes sutiles, para el que lo quiera ver. Por ejemplo, Emanuel viene de un París bohemio, revolucionario, abierto, transgresor, capaz de romper reglas, y se codea con Simone Veil, que la adelanto en el tiempo, que es una gran filósofa y sobre todo una defensora de los derechos humanos, luego se convierte en una mística maravillosa, que le inocula la igualdad. Luego, cuando él conoce a Betsabé, ya no la ve desde otro ángulo que no sea el de la igualdad. Ese momento mágico donde él la descubre con esa feminidad, con ese punto salvaje que tiene ella, y con esa fuerza, y la respeta desde el primer momento. Entonces allí también hay una figura masculina que es adonde hay que ir. Cuando empiezo a escribir esta novela todavía no ha arrancado el movimiento feminista que actualmente está cogiendo tanta fuerza. Aquí, en esta novela, ya está ese feminismo, un feminismo que está respetando al hombre, que no está compitiendo con el hombre, que necesita que el hombre se sume para hacer realmente el cambio. Yo creo que desde cada lugar que tenemos cada persona en el mundo desde su profesión está obligado a poner un grano de arena para que la sociedad sea cada vez más mejor: más justa, más equitativa. Y para mí esta novela es un grano de arena en eso. ¿De qué manera? De la que yo tengo: la escritura. Ojalá dejemos de pensar que este libro es sólo para mujeres, porque es un libro humano, un libro que está hablando de injusticia, de amor, de emociones. Un libro que está buscando asombrar de nuevo, hacer que la gente vuelva a percibir los sentidos. ¿Y eso es de hombres o es de mujeres? No, eso es del ser humano. ¿Qué es más valioso: las lágrimas de un hombre o las de una mujer? Las dos. Y la risa también. ¿Y eso tiene nacionalidad? ¿Nos reímos en japonés? ¡No, los sentimientos son universales! Estaría bien que ya dejáramos de estar clasificando.

—En estos tiempos donde se repiensan viejos conceptos y viejas ideas, ¿se puede seguir apostando al amor romántico?

—Pero claro. Es que para mí el gran problema actual en el amor está en una cosa, que siento mucho decirlo: la tecnología está matando la capacidad de asombro, la capacidad de esperar, de emocionarnos. No paramos con los WhatsApp. No te contestan inmediatamente y ahí hay una frustración brutal. Hay una interpretación de las cosas. Son regalos que rasgas el papel y no ves que hay dentro. Y vas rasgando, rasgando. Es como si cogiéramos un niño y le diéramos cuarenta regalos. Antes se daba un regalo y, hasta que no se dañaba, se gastaba. La tecnología atraviesa un momento particular, sobre todo con este movimiento que está pasando y que yo comparto y además lucho en favor de. Digo 'este feminismo' y no del otro, que trató de abrir caminos pero que los estaba abriendo de una manera equivocada, imitando el comportamiento masculino y cargándose al hombre.

(Gustavo Gavotti)
(Gustavo Gavotti)

—¿Cuál sería ese feminismo?

—El de los años sesenta y setenta, que la intención era buena, pero no la forma, porque las mujeres tenían que renunciar a la feminidad para poder ser respetadas. Y al renunciar a la feminidad estaban tratando de ocupar el espacio de los hombres. Cada espacio tiene lo suyo. Entonces, la tecnología, en el sentido de viralizar este movimiento es fantástica; en el tema emocional creo que nos está quitando la capacidad de sentir, de emocionarnos. La gente no está viviendo ver el mar, sentir el mar, sino hacer la foto del mar y colgarla para que se vea que está en el mar, que es muy distinto. Y ya percibir las olas, el silencio… si no hay fotografía no existe, si no se registra ese momento no existe.

—Y la literatura, en este panorama, ¿qué lugar ocupa? Sobre todo con este libro, que tiene una extensión enorme y parece estar en disonancia con internet y el consumo fugaz de las redes sociales. ¿Qué lugar ocupa la experiencia de la lectura?

—Yo, por la edad que tengo y por el poder que me otorga mi edad, que algo me tiene que otorgar, soy consecuentemente conmigo misma. Amo los libros y los amo en papel. Me encanta olerlos, me encanta subrayarlos, me encanta sentirlos en mi mano, doblar las hojas, gastarlos. Este libro pretende que la gente, por un momento, se olvide de que existe un móvil al lado. Cuando se abre ese libro hay olor a humedad, a tierra, a musgo, a pájaro que están cantando, hay flores que están naciendo, está el sonido de las chicharras, hay tempestad, el olor a lluvia. Hay una cantidad de sensaciones. Hay algo que yo, cuando era muy joven, amé de los libros japoneses, de la escuela de las sensaciones creada por Kawabata, Mishima, Tanizaki, que rodeaban sus libros de unas atmósferas que al final no te importaba lo que estaba pasando porque estabas tan inmerso en la nieve que caía o en aquel incendio que sucedía que era como que te elevaba a un estado que nosotros no tenemos la capacidad de crear. Dejarnos ir en la imaginación, soñar. Aquella capacidad de asombro que tenemos cuando somos niños, poder recuperarla. Está allí, simplemente la hemos pisado y la hemos silenciado.

—¿Y el idealismo mágico está un poco en función de eso?

El idealismo mágico es la magia al servicio de los personajes, y nada más que eso. Cómo hacer que brille, que tenga una pátina de luz el momento en donde una emoción se hace presente en la novela: la rabia, el amor, la ilusión, la tristeza, las lágrimas. Cómo hacer que de repente se vuelva muy importante en la novela y que te toque a tí, como ser sensible, y te haga empático con los personajes.

(Gustavo Gavotti)
(Gustavo Gavotti)
 

—¿Piensa en el lector?

Siempre. Escribo los libros que a mí me gustaría encontrarme. Si me encontrara este libro, me metería. No puedo separar mi parte lectora de mi parte escritora. Es un suplicio también, porque es alguien que te está respirando al cuello y te va diciendo: "No, sí, por aquí". Pero bueno, convivo con él.

—¿Qué significa ser bestseller?

—Ni me va ni me viene. Yo escribo para ser feliz y no estoy escribiendo nunca para el final. Eso lo aprendí hace muchos años, cuando me hice mayor, cuando hice un viaje a la India y reconvertí mi vida totalmente. Ahora el camino es la vida.

—La última: ¿para qué leer, para qué escribir?

Para vivir muchas vidas. Igual que el escritor escribe para vivir muchas vidas, el lector cuando lee vive otras vidas, se mete en otras personas, entiende el alma de mucha gente. Cuando tú lees y haces un monográfico te estás metiendo en el alma del autor. El escritor que dice 'aquí no hay nada mío' está mintiendo absolutamente. Siempre hay. Si tú te lees a Coetzee, sabes lo que hay en él: hay una tristeza, un punto oscuro y además toda esa Sudáfrica. Entonces es imposible que no estés dentro de la literatura.

 

SIGA LEYENDO