Hay una escena breve, en apariencia casual, al comienzo de Parasite, que resulta significativa cuando los acontecimientos más violentos, mucho más adelante, se empiezan a precipitar, uno tras otro, casi en cadena. La familia Kim, que vive en una suerte de subsuelo cuya mínima ventana da a la calle a la altura de la vereda, está compuesta por padre, madre y sus hijos veinteañeros. Ninguno de los cuatro tiene un trabajo formal y sobreviven doblando cajas de pizza para una cadena. Cuando la empleada de la pizzería viene a buscar sus cajas, les quiere hacer un descuento en el pago por las que doblaron mal y ellos protestan por ese dinero que perderán. Ki-woo, el hijo menor, le sugiere despedir al empleado “poco confiable” que tienen y contratarlo a él. Como la chica no le asegura que eso va a ser posible, Ki-woo la convence de que no le hagan ese descuento.

La escena pasa desapercibida en medio de una serie de acontecimientos que se van a ir volviendo más grandes, graciosos, intensos y, finalmente, violentos. Pero es ahí donde los giros narrativos del film y, más aún, su complejidad ideológica quedan en evidencia. Si no fuera porque el punto de vista, aunque omnisciente en términos técnicos, está con los Kim y nos pone de su lado a través de sus desventuras, la familia protagónica tranquilamente podría ser la villana de la historia que se cuenta. Ante sus evidentes necesidades económicas han hecho una cultura del rebusque, de la trampa (del “plan”, como le dicen) y eso será lo que utilizarán a la hora de ir entrando, uno a uno, en la lujosa casa de los Park para trabajar todos allí, a partir de una oportunidad que se le presenta a Ki-woo de ser el tutor de inglés de la hija mayor de esa adinerada familia.

El joven, que no pudo seguir los estudios universitarios como sus amigos y tiene que falsificar sus credenciales, hace entrar primero a su hermana mayor, Ki-jeong (que se presenta con la estudiada expresión “Jessica, hija única, Illinois, Chicago”), quien convence a la un tanto inocente “mamá Park” de que su hijo menor necesita una terapia artística que ella puede proveer. La chica, luego, hace echar al chofer de los Park y mete a su padre a cumplir esa función. E inmediatamente después, mediante un plan aún más elaborado, Ki-jeong logra enfermar a la mucama de la casa y reemplazarla por su propia madre. Es así que los Kim han pasado a estar todos empleados por los Park sin que estos millonarios, un poco distraídos en sus propias necedades, se den cuenta. Claro que los dueños de casa no tienen la menor idea de que los Kim son una familia: suponen que no se conocen entre sí. El único que siente algo raro es el pequeño niño, que nota que los cuatro “huelen parecido”.

Esto es solo el comienzo, el punto de partida narrativo de Parasite, la película-sensación de la temporada, otro inclasificable juego de saltos entre géneros de Bong Joon-ho, el director coreano de las magníficas Memories of Murder y The Host. Esta mezcla de comedia, película de suspenso, thriller policial, film de terror y drama familiar con tintes políticos ganó la Palma de Oro en Cannes y acaba de obtener seis nominaciones a los premios Oscar, algo rarísimo en películas no habladas en inglés. Rarísima es también la unanimidad crítica y el fervor que despertó a su paso. A diferencia del 99 por ciento de las películas de tanta repercusión, es virtualmente imposible leer o escuchar malos comentarios acerca del film de Bong. No será aquí donde leerán necesariamente eso, pero sí tengo la impresión de que la película –de casi perfecta construcción narrativa y visualmente impecable en función de sus limitados espacios de acción y movimientos– tiene algunas ideas complicadas o desafiantes, dependiendo del punto de vista de cada espectador, acerca del mundo que retrata. Y que no son tan sencillas de desentrañar.

La mayoría de los análisis de Parasite ponen el eje –además de celebrar su impecable trama de engaños, la acumulación de sorpresas narrativas en su segunda mitad y la creciente tensión que se va desarrollando– en la especie de literal lucha de clases que tendría lugar entre los Park y los Kim, cuando en realidad la película disimula o esconde otras batallas igual o más centrales: la de los Kim con las otras personas de su mismo estrato social (sí, esos a quienes hacen echar de sus respectivos trabajos) o con las que aún están en peor situación, personajes que luego surgirán de las profundidades cuando uno menos se los espera. Como es imposible avanzar más sobre esta línea de pensamiento sin revelar detalles de la trama, la dejaré aquí, en suspenso, entendiendo que el espectador, al ver la película, sabrá a lo que me refiero.

Es ahí que Parasite se vuelve una película ya no en términos de “gato contra ratón” (o viceversa), en la que los trucos y trampas de una familia necesitada se vuelven justificables en función de engañar a ensimismados millonarios, sino en una suerte de “perro come perro” (por seguir con las metáforas del mundo animal), una especie de vale todo entre los desclasados del sistema para poder entrar en él, para pertenecer, para poder estar a salvo de los peligros, naturales o socioeconómicos, del mundo real. Es un formato que hemos visto en varias películas –solo en Argentina están los casos de Los dueños o Buena Vida Delivery, mientras que, internacionalmente, algunos títulos de Michael Haneke presentan también similares ideas y temáticas– solo que aquí están enmarcados en una propuesta en apariencia tan de género que cualquier comentario social parece quedar en segundo plano.

El inteligente truco de Bong, el que hace que la película sea bastante más compleja de lo que parece presentar esa simplista mirada inicial del mundo, consiste en desviar la atención hacia un lado cuando la verdadera historia pasa por otro y, luego, volverla a hacer girar sobre su eje. No solo eso sino que, cuando uno ya cree haber asimilado la lógica de la película, el realizador junta esas líneas de las maneras más inesperadas, revelando su pase de magia y justificando, de una forma quizás un tanto cruel y cínica pero sin dudas inteligente, sus decisiones narrativas previas. Es un mundo cruento y agresivo, aspiracional, en el cual el que no tiene nada quiere tener algo, el que tiene ese algo quiere tener más a costa de quien sea y, finalmente, el que lo tiene todo preferiría que todos los de abajo siguieran viviendo escondidos, sin “pasarse de la raya”, en subsuelos o refugios, donde no se los huela y, preferentemente, tampoco se los vea.

El director Bong Joon-ho fue premiado en su categoría en los SAG Awards 2020. (REUTERS/Mario Anzuoni)
El director Bong Joon-ho fue premiado en su categoría en los SAG Awards 2020. (REUTERS/Mario Anzuoni)

Parasite –lo ingenioso del título es no saber de quién/es habla la película– es un brillante retrato de esa carnicería social, una suerte de experimento siniestro de esos que tantos psicólogos tendían a organizar poniendo algún elemento conflictivo en medio de un heterogéneo grupo de personas hasta hacer sacar, a algunos de sus integrantes, lo peor de sí mismos en pos de ganar esa batalla. En su manera ideológicamente confusa pero narrativamente muy eficaz (a tal punto que toma un par de visiones notar esas ambigüedades), Bong termina reafirmando que no hay culpable alguno entre los personajes de esta graciosa pero finalmente macabra historia, que la culpa es fundamentalmente sistémica y que para muchos tiene el nombre de “capitalismo salvaje”. De hecho, esa expresión no le quedaría mal como título a este film que seguramente dejará a casi todo el mundo extasiado pero, a la vez, mirando sospechosamente para todos los costados al salir del cine.


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