José María Arguedas
José María Arguedas

“Yo no soy un aculturado; yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio, en español y en quechua. Deseaba convertir esa realidad en lenguaje artístico y tal parece… lo he conseguido”.

Estas palabras son solo un extracto del célebre discurso que el gran escritor peruano José María Arguedas (Andahuaylas 1911 - Lima 1969) dio un año antes de su muerte, al recibir el premio Inca Garcilaso de la Vega. Palabras que sintetizan una obra vasta, con 6 novelas y alrededor de 20 trabajos relacionados a lo etnológico, antropológico y lo folclórico, pero que también incluyó cuento y poesía.

En 2010, cuando Mario Vargas Llosa recibió el Premio Nobel de Literatura citó a Arguedas para explicar al mundo de qué se trataba la cultura del Perú. Un año después, durante el centenario de Arguedas, volvió a comentar: “Es uno de los grandes escritores peruanos. Su obra tiene una significación múltiple: pluralidad literaria, por un parte, y por otra, una obra de integración. Arguedas conoció tanto la tradición india, quechua, como la occidental y su obra es un gran esfuerzo por unir esas dos mitades en una sociedad integrada, de todas las sangres, como él la llamó en uno de sus libros. Es una obra de antropólogo, de etnólogo, de folclorista, de un extraordinario traductor tanto de poesía como de leyendas y mitos indígenas a la lengua española. Su obra tiene que ser leída por las nuevas generaciones. Es una manera de conocer el Perú profundo, como él lo hizo a través de la experiencia, tarea a la que dedicó toda su vida”.

En ese sentido, sus estudios antropológicos y su literatura se surcen en un tejido indivisible con su experiencia de vida. Dejó como legado una profunda y original reflexión de la lucha entre el colonialismo hispánico, sus efectos en las generaciones posteriores y las tradiciones de los pueblos originarios en su país y que en mucho sentidos puede ser aplicada al conflicto de toda América Latina, incluso en la actualidad.

Nacido en las sierras del sur, hijo de un abogado, huérfano de madre a los 3 años, sus primeros recuerdos están atravesados por los paisajes, el misterio, las leyendas y las injusticias que, sin entender, le tocaban vivir. Su madrastra, una hacendada, rápidamente hizo en él carne los contrastes de una sociedad en pleno conflicto: mientras su padre salía de viaje por largos períodos, ella lo maltrataba y lo exiliaba al mundo de la cocina con los indios, y cuando su progenitor regresaba lo peinaban, limpiaban y sentaban en el comedor principal.

Así, vivió en primera persona esos mundos en conflicto, las desigualdades y contrastes que atravesaban la vida del indio y del gamonal, esos hacendados sin casta de cuño colonial ni educación que proliferaron durante la segunda mitad del siglo XIX y ejercieron su poder a costa de expropiar por medios ilícitos y violentos a las comunidades indígenas, hasta la aplicación de la reforma agraria en los años 70.

En aquellos tiempos, sin embargo, serían riquísimos para su universo literario: conoce a muchas de las personas que luego llevaría al papel, como el cornetero Pantacha de su cuento Agua, Víctor Pusa de la magnífica Los ríos profundos, el sabio Felipe Maywa de la póstuma El zorro de arriba y el zorro de abajo, por nombrar algunos. Y es que gran parte de su obra se nutrió de los campesinos, los músicos, los artesanos, los artistas de pueblo, de la tierra y la montaña, de las sierras y la selva.

Luego de escapar de la casa de su madrastra y vivir unos años junto a su tío, recorre el Perú junto a su padre, de Ayacucho a Ica y Arequipa, del Cusco y Abancay a Huancayo, Pampas, Lima y Yauyos. Y en cada viaje, una experiencia, y en cada persona, una historia.

“A mi me echaron por encima de ese muro, un tiempo, cuando era niño; me lanzaron en esa morada donde la ternura es más intensa que el odio y donde, por eso mismo, el odio no es perturbador sino fuego que impulsa”, dijo Arguedas.

Y en el medio de esas experiencias del Perú profundo, vive los los procesos sociales más importantes del siglo XX. Entre los 9 y 14 años fue testigo de las primeras manifestaciones sociales y culturales que buscaban reivindicar la identidad del aborigen de las sierras que habitaba y, entre los 20 y 23 años, asiste los levantamientos en contra del gamonalismo.

Ya asentado en Lima para 1931 comienza sus estudios universitarios y trabaja en el correo, se publica su primer cuento Warma kuyay, que junto a los relatos Agua y Los escoleros, conformó su primer libro, Agua, publicado en 1935. Para 1937, ya con una diplomatura en literatura, es detenido y encarcelado en la prisión limeña de El Sexto junto a otros estudiantes por sus protestas antifascistas.

“En la primera juventud estaba cargado de una gran rebeldía y de una gran impaciencia por luchar, por hacer algo. Las dos naciones de las que provenía estaban en conflicto: el universo se me mostraba encrespado de confusión, de promesas, de belleza más que deslumbrante, exigente”, diría más tarde.

Mausoleo de Arguedas en su pueblo natal, Andahuaylas
Mausoleo de Arguedas en su pueblo natal, Andahuaylas

En la cárcel escribe Canto Kechwa, donde produce una profunda recopilación folclórica, y que logra filtrar a través de las visitas de Celia Bustamante Vernal, su primer gran amor y con quien estuvo casado 26 años, y la de la hermana de su futura esposa, Alicia, quien pertenecía a Socorro Rojo, un organismo del Partido Comunista.

Se casa, se muda al Cusco y como maestro sigue investigando sobre las tradiciones orales andinas y ya para 1941 fue agregado al Ministerio de Educación para colaborar en la reforma de los planes de estudios secundarios y publica la fantástica y cruda Yawar Fiesta (Fiesta de sangre), su primera novela, que se centra en una corrida de toros andina (turupukllay) durante la celebración de yawar punchay.

La novela ofrece un trasfondo histórico de la invasión territorial con fines ganaderos de los misti (gente blanca) para luego dar paso a una descripción de la fiesta, que se ve atravesada por el deseo del gobierno central de romper la tradición y colocar a un torero español en el centro de la escena, lo que genera el descontento y la reacción de los habitantes de Puquio, pueblo que habitó debido al oficio paterno. De acuerdo a la crítica, el texto es una versión auténtica de la vida andina, que escapa a los convencionalismos y al paternalismo de la anterior literatura indigenista de denuncia.

"Yawar Fiesta" (Editorial Horizonte), de José María Arguedas

En los siguientes años, su rol como recopilador y protector de las tradiciones pre-hispánicas va en ascenso dentro de la esfera del Estado, publica revistas como Folklore Americano y saca su nouvelle (o cuento largo) Diamantes y pedernales, 13 años después de Yawar Fiesta. Un año antes, en 1953, su cuento La muerte de los hermanos Arango obtiene el primer premio del Concurso Latinoamericano de Cuento, en México. Es entonces, considerado en Perú en autor destacado, más allá de su rol como investigador.

Pero Arguedas no solo indagó en su literatura en los conflictos más arraigados de su país, también fue un cronista de los cambios que se produjeron a partir de los movimientos migratorios internos masivos, que abandonaban la agricultura tradicional del interior y daban nacimiento a nuevos pueblos y barriadas periféricas en la ciudad. Su mirada sobre este cambio se percibe, sobre todo, en El Zorro de arriba…, en la que en un mercado un grupo de migrantes luchan por un proyecto común. La pieza fue en su momento esencial para reflotar el debate sobre la mirada etnocentrista que dominaba la escena cultural, que tenía en Luis Felipe Angell, Sofocleto, y su novela La tierra prometida, como máximo referente.

Tanto en la recreación del mundo del indio, como de los migrantes luego, la pluma de Arguedas está lejos de la idealización o el romanticismo. En entrevistas, comentaba, que su gran objetivo era el de develar “una realidad mal conocida por los prejuicios” para luego “golpear como un río la conciencia del lector”. Y que para eso no solo debía representar con agudeza al indio o al migrante, con sus virtudes y defectos, sino también debía hacerlo con los personajes que lo circundan, que lo confrontan y que lo reconfiguran, como el clero, los gendarmes, el gamonal o los jueces.

“Intenté convertir en lenguaje escrito lo que era como individuo: un vínculo vivo, fuerte capaz de universalizarse, de la gran nación cercada y la parte generosa, humana, de los opresores”, dijo en su discurso de 1968.

"Los ríos profundos" (Estruendo Mudo), de José María Arguedas

Además de varios ensayos y tesis por las que obtiene diferentes galardones, su trabajo literario continuó con Los ríos profundos -obtiene el Premio Nacional de Novela de 1959 y fue finalista en Estados Unidos del premio William Faulkner- a la que la crítica considera su máxima obra y la que da inicio a la corriente neo-indigenista, que también tuvo en el mexicano Juan Rulfo a otro gran referente.

Después llegaría El Sexto, basada en su experiencia en el presidio capitalino; La agonía de Rasu Ñiti, considerado su cuento más logrado, y el poema A nuestro padre creador Tupác Amaru, entre otras.

En Todas las sangres, su pieza más extensa y ambiciosa, intenta retratar el conjunto de la vida peruana a través de dos ejes: el peligro de la penetración imperialista en el país por intermedio de las grandes transnacionales y el problema de la modernización del mundo indígena. La novela, publicada en 1964, fue duramente criticada por el Instituto de Estudios Peruano. De hecho, Arguedas fue invitado junto a otros intelectuales a una mesa redonda para participar de un debate en el que se sostuvo que era versión distorsionada de la sociedad de entonces. Luego de aquella jornada escribió: “Casi demostrado por dos sabios sociólogos y un economista que mi libro Todas las sangres es negativo para el país, no tengo nada que hacer ya en este mundo. Mis fuerzas han declinado creo que irremediablemente”.​

"Todas las sangres" (Editorial Horizonte), de José Maía Arguedas

Ya para aquellas épocas, la salud mental del autor atravesaba una profunda depresión. El 28 de noviembre de 1969, tras renunciar a su cargo en la Universidad Agraria, se encerró en uno de los baños de la casa de altos estudios y se disparó en la cabeza. Luego de cinco días de agonía falleció, el 2 de diciembre de 1969, hace 50 años.

En una carta a su segunda esposa, Sybila Arredondo, no dejaba dudas sobre su decisión: “¡Perdóname! Desde 1943 me han visto muchos médicos peruanos, y desde el 62, Lola, de Santiago. Y antes también padecí mucho con los insomnios y decaimientos. Pero ahora, en estos meses últimos, tú lo sabes, ya casi no puedo leer; no me es posible escribir sino a saltos, con temor. No puedo dictar clases porque me fatigo. No puedo subir a la Sierra porque me causa trastornos. Y sabes que luchar y contribuir es para mí la vida. No hacer nada es peor que la muerte, y tú has de comprender y, finalmente, aprobar lo que hago”.

En un artículo para el medio español El País, el escritor y crítico literario chileno Jorge Edwards, quien conoció a Arguedas y hasta participó de fiestas regionales junto a él, sotuvo: “Arguedas, en su persona y en su obra, era una síntesis extraordinaria del ancestro hispánico y de la cultura indígena. Es posible que él mismo no haya entendido a fondo esa dualidad, no haya sabido asimilarla, y que ese conflicto lo haya llevado a la más profunda depresión y al suicidio”.

"El zorro de arriba y el zorro de abajo" (LOM Ediciones), de José María Arguedas

En la póstuma (y no finalizada) El zorro de arriba y el zorro de abajo se intercalan un relato del boom pesquero en Chimbote -plantea la pérdida de la identidad andina y la degeneración moral que causa en los pobladores los vicios de la ciudad, con sus bares y burdeles- con sus diarios personales, en los que se explaya sobre los padecimientos psicológicos de sus últimos años.

Allí escribe: “Yo no voy a sobrevivir al libro. Como estoy seguro que mis facultades y armas de creador, profesor, estudioso e incitador, se han debilitado hasta quedar casi nulas y sólo me quedan las que me relegarían a la condición de espectador pasivo e impotente de la formidable lucha que la humanidad está librando en el Perú y en todas partes, no me sería posible tolerar ese destino. O actor, como he sido desde que ingresé a la escuela secundaria, hace cuarentitrés años, o nada”.

Ediciones peruanas pre centenario de la obra de José María Arguedas
Ediciones peruanas pre centenario de la obra de José María Arguedas

En la narrativa peruana José María Arguedas, junto a Manuel Scorza y Ciro Alegría, formaron parte de una generación con un profundo interés en lo social y lo histórico. Autores de gran pluma e historias, que fueron desapareciendo del mapa cultural regional, como otros tantos, tras el Boom Latinoamericano, que si bien eyectó al mundo a algunos escritores de esta parte del planeta, fagocitó a su vez a muchísimos otros aún en su propia tierra. Solo por dar un ejemplo, hasta su centenario en 2011, la obra de Arguedas estaba fuera de catálogo e incluso en Perú se publicaba en editoriales pequeñas, muchas ya inexistentes, en un formato pocket de tapa blanda y papel de bajísima grama, con errores de tipeo.

A modo de epilogo, una pequeña anécdota narrada por Eduardo Galeano sobre el día que le leyó a Juan Carlos Onetti un pasaje de El Zorro de arriba y el zorro de abajo.

El día que Galeano hizo llorar a Onetti tras leerle un texto de José María Arguedas

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