
Herman Melville nació hace doscientos años. Un 1 de agosto de 1819. Basta una sola obra maravillosa para pasar a la inmortalidad. Melville escribió por lo menos dos. A la inmortal Moby Dick, hay que sumarle Bartleby, el escribiente. Si esa obsesión del Capitán Ahab por la ballena blanca todavía depara mil y una adaptaciones, artículos académicos y ensayos psicológicos, no menos interés despierta Bartleby con su célebre "preferiría no hacerlo". Gilles Deleuze la llamó "la fórmula", Giorgio Agamben sostiene que no hay en la cultura occidental otra fórmula que mantenga tal equilibrio entre afirmación y negación, entre aceptación y rechazo.
Enrique Vila-Matas tomó la filosofía de Bartleby y escribió Bartleby y compañía para indagar qué pasa por la cabeza de los escritores que dejan de escribir (como Rulfo, como Walser, como Salinger). Aquellos que tienen el don y prefieren no hacerlo. ¿Le pasó lo mismo a Melville? Dice Vila-Matas que a los treinta y cuatro años Melville llegó a la conclusión de que había fracasado. En M, Eric Schierloh nos cuenta que en 1857 Melville decidió dejar de escribir, y que ya solo esperaba obtener un puesto en la Aduana de Nueva York. No pasó un año que ya estaba escribiendo poesía. En el largo catálogo de bartlebys que construye Vila-Matas (que incluye a Melville, a pesar de nuestras dudas), no hay escritores orientales.
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Moby Dick tiene posiblemente uno de los mejores comienzos de la historia de la literatura. "Llamadme Ismael", dice. Apenas dos palabras bastan para que se produzca el hechizo. "Llamadme Ismael. Hace unos años, no importa cuántos hace exactamente, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo". El Pequod, con Ahab y con Ismael a bordo, navega el Atlántico Sur rumbo al Cabo de Hornos. Varios rincones reales de la Antártida remiten hoy a Melville y a su buque ballenero. Hay un glaciar Melville, y en la isla 25 de Mayo llevan su nombre un cabo y un monte. Incluso existe una formación geológica del mioceno, con registros de plantas y de invertebrados marinos: la Formación del Cabo Melville, parte del Grupo Moby Dick.

Ray Bradbury era todavía joven cuando el legendario John Huston le encargó escribir el guion de Moby Dick. Se cuenta que Huston, que ya había dirigido clásicos como El halcón maltés o El tesoro de Sierra Madre, había leído su cuento La sirena de la niebla, y sintió el espíritu de Melville corriendo por sus páginas.
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En el cuento, dos hombres a cargo de un faro miran maravillados los misterios del mar. El pueblo más cercano queda a cincuenta kilómetros de costa, solamente un camino estrecho cruza los campos muertos. El más veterano de ellos, llamado McDunn, le dice al otro que a pesar de todas nuestras máquinas, pasarán diez mil siglos antes de que pisemos realmente el fondo de las tierras sumergidas, el reino de las hadas que hay allí y conozcamos el verdadero terror. Piénsalo, insiste: allí es todavía el año 300.000 antes de Cristo. Al pie del faro, con la sirena zumbando en la alta garganta de la torre, hablan de un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa. Después suben los ochenta escalones, apagan las luces del cuarto para que no aparezcan reflejos en el cristal cilíndrico, y entonces McDunn le cuenta al otro el secreto que le escondió los últimos meses, desde su llegada: en esta época del año, le dice, algo viene a visitar el faro.
Huston tenía razón: Bradbury evoca la sombra terrible de Moby Dick con ese algo que viene de visita, un monstruo cachalotesco, un plesiosauro que confunde el faro –ese gran ojo de luz que zumba y gira, aullando– con un enorme animal solitario, y se enamora.
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Cuenta Bradbury que se fue a Irlanda con Huston y que leyó y releyó Moby Dick hasta que pasó a formar parte de él y las metáforas se soldaron como un todo. La convivencia con Huston –y acaso también con Moby Dick– no fue fácil. Esa experiencia fue a parar a una novela autobiográfica: Sombras verdes, ballenas blancas.

Con Bradbury todo es épica y gloria. Es el intento por acceder a un hombre que marcó para siempre la literatura norteamericana y occidental. Nada de eso está presente en M, la novela de Eric Schierloh que acaba de editar Eterna Cadencia y que ganó la última edición del Premio Fondo Nacional de las Artes, quizás el más prestigioso del país. Esa M corresponde a Melville, la novela reconstruye su vida, sobre todo el tramo final, a partir de 1863. No el tiempo de gloriosa literatura, sino el que vino después, el tiempo en que "vive oculto". Schierloh consigna ausencias y define la estatura de una vida a partir de la falta. "Se perdió el manuscrito", leemos por ejemplo en algún pasaje de M, con relación a un libro de poemas, o "¿Dónde, permítasenos preguntar, está M?", publica un periódico en 1868.
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Con citas eruditas y la atención a detalles curiosos y mínimos, Eric Schierloh nos invita a espiar secretos. M es a la vez una biografía, una reconstrucción histórica y una novela. Podemos creer en sus reglas (que no es lo mismo que creer en todo lo que Schierloh nos cuenta) y seguir adelante (como grumetes que confían en su capitán de la pata de palo) o podemos buscar ayuda. Hoy bastan algunos clicks en la computadora para corroborar o refutar, porque a Schierloh no le basta con "informar", también provee las fuentes, como hace la gente que quiere que le crean. Todas son de lo más heterodoxas y llamativas. Las marcas de autoridad son aquí un libro subrayado o la anotación marginal en un libro ajeno.

A este catálogo de pequeñas rarezas se suman algunas magias mayores, de un orden incomprobable, como en la entrada correspondiente a 1864. Junto a sus hijos y su hermana, M pasó un día de campo en Glen Falls. ¿La fuente? "Una carta". No hay más precisiones. Y enseguida agrega: "Debió haber sido un día espléndido". Otra, ahora de 1866, dice: "Tumbado en el pasto, M contempla el cielo cubierto de nubes, y acaso ve en las nubes formas extrañas." Y agrega: "pero esto M no lo comenta con nadie".
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La historia de Melville se construye en esas líneas que juegan a eludir la ficción y lo que hacen en realidad es convocarla, como Borges en Examen de la obra de Herbert Quain o en Pierre Menard, autor del Quijote, si Herbert Quain y Pierre Menard hubieran existido.

Hay una bibliografía en las páginas finales. Es el propio Eric Schierloh el que señala en la dirección de esas migas de pan que lo llevaron hacia la escritura de M, para que nosotros mismos recorramos el camino que él recorrió. Destaca un libro entre todos: The Melville Log, de Jay Leyda. Incluso dedica su libro al propio Leyda. Pero aun así, después del camino andado, nos cuesta creerle a Schierloh, hemos aprendido a ser lectores porfiados, a desconfiar del dato erudito. Mirar con recelo la primera plana del diario o una página cualquiera de literatura. No podemos evitarlo. Hay mucho Borges en nuestra biblioteca. Hay posmodernismo y fin de las utopías. Dice Schierloh que el libro de Leyda es cachalotesco, y el mismo adjetivo, tan enfático y afectuoso, le sienta bien a Schierloh. Porque M recuerda a esos largos capítulos de Moby Dick en los que Melville explica minuciosamente, en un tiempo anterior a Wikipedia y la televisión, los pormenores de ese universo marino al que no teníamos forma de acceder, y de amar.
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Luis Cattenazzi, otro ganador reciente del Fondo Nacional de las Artes, le hace decir la consabida frase de Bartleby a uno de sus personajes en el cuento que abre A ciencia incierta. En Temas ornitológicos, un escritor freelance devenido especialista en aves patagónicas, es conminado por su suegra a deshacerse de una paloma que se posó en sus sábanas recién lavadas. Preferiría no hacerlo, dice él. Es posible rastrear esta frase en nuestro adn cultural, una idea fuerza que nos recorre y nos constituye. Hoy como hace doscientos años.
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