Hay dos hombres sentados en un banco de un patio a la luz del sol. Son dos testigos que esperan que continúe un juicio: Legasov y Scherbina. El científico encarnado por Jared Harris (Mad Men, The Crown) y el burócrata del PCUS que interpreta el genial Stellan Skarsgård (River). Es una escena bellísima: vemos a un personaje –Scherbina— que sabe que le queda poco tiempo de vida, quebrándose en sus convicciones más profundas. Derrumbándose. Su principal miedo es haber sido "intrascendente". En algún punto, se juzga a sí mismo por la forma en que desperdició su tiempo. Luego de esta confesión los dos hombres callan unos segundos. De pronto, una pequeña oruga aparece paseándose por la mano del político, quien la acoge y la observa con una mirada cargada de tristeza, pero también como quien se toma el tiempo de mirar algo por primera vez.

Asistimos a un personaje que enfrenta sus contradicciones y que está decidiendo hacer algo que al principio de la historia nadie suponía que podría hacer: propiciar que se diga la verdad. La escena es de conflicto interior y de cambio, pero también tiene silencio y algo de metáfora: esa oruga será tal vez una mariposa, o es el tipo de gusano que terminará con el cuerpo de estos hombres que se consideraban eternos. La escena es crucial para el desenlace del conflicto central de la serie, pero a la vez tiene fuga, abre otros mundos, es despiadadamente poética. La escena tiene, al fin de cuentas, todo aquello a lo que Chernobyl renuncia en el resto del programa.

Una noche de cristal que se hace añicos

Todavía crepitaban los últimos fuegos de dragón, y las broncas disparadas desde las redes por el final de Game of Thrones, cuando HBO estrenó otro éxito: Chernobyl, una miniserie que es tal vez todo lo opuesto a GOT. Para empezar, por ser mini. Ya nos promete que no va a tenernos de acá para allá durante años y eso se agradece. Pero, además, acá no hay nada de fantasía: el monstruo que escupe fuego y mata existió.

Chernobyl tiene toda la logística de la ficción: actores, guion, locaciones, música. Y sin embargo, muchas veces, se habla de ella como si no lo fuera. Se la evalúa por lo que muestra y lo que demuestra. Los aciertos que se le atribuyen son históricos. Los errores, también. El drama que conmueve es el real, del que la pantalla es apenas un posible pero fiel reflejo. Eso es al menos lo que se desprende de los comentarios celebratorios que pueden leerse en las redes sociales y hasta en la mayoría de las críticas de prensa.

Viendo Chernobyl (como tantas otras series y películas "basadas en hechos reales") uno no puede dejar de preguntarse cómo funcionaría si la tragedia de la planta nuclear no hubiese ocurrido. Si el programa no fuera un material que refiere a algo "real". Si fuera ficción pura (si es que existe tal cosa). Lo que está claro es que la serie está construida para dialogar con esa "realidad histórica", para basar en ella todo su atractivo, sus contadas dosis de suspenso, sus pequeñas porciones de intriga, su coqueteo con el terror.

Chernobyl elige ubicarse en un terreno que no es documental pero que por momentos funciona como si lo fuera

En este sentido, el programa renuncia a cierto espesor dramático, a la incertidumbre y a la sorpresa, para que funcione mejor su veracidad. Y es esta veracidad la que le termina reponiendo el interés y la emoción de los espectadores. Porque Chernobyl elige ubicarse en un terreno que no es documental pero que por momentos funciona como si lo fuera: "te voy a mostrar cómo ocurrió". Tiene todos los elementos del drama, pero la consumimos como una pieza didáctica.

¿Dónde ubicarla entonces? ¿Documental actuado? ¿Ficción documentada? Tal vez estemos ante un tipo de material que debamos llamar de otra manera. Por ejemplo, Recreación. Chernobyl es, por sobre todas las cosas, una gran Recreación.

No mires, por favor, y no prendas la luz

Hubo un tiempo en que los programas periodísticos que ficcionalizaban algún episodio a modo ilustrativo, nos avisaban de que se trataba de una "recreación". Esta pieza era muy reconocible: además del zócalo que decía "recreación", era muchas veces realizada con ciertas puestas de cámara y acciones que permitían distinguirlas de un archivo o una mera ficción. Con el tiempo estos segmentos fueron creciendo y realizándose de un modo en el que muchas veces no podríamos reconocer si se trataba de una escena falsa o verdadera. El lenguaje audiovisual es una convención que va cambiando con el tiempo. Los espectadores vamos entendiendo y naturalizando sus reglas. Y hoy ya nadie necesita avisar que una recreación lo es. O peor aún: ya dejó de importar.

Chernobyl parece venir de ese embrión: del material filmado para ilustrar un relato acerca de cómo ocurrió algo. Funciona como recreación minuciosa de los acontecimientos, pero también de los lugares, del vestuario, de las costumbres y hasta de los colores de la URSS de mediados de los 80. Y esta construcción de ambiente, que en otras ficciones puede ser un detalle, en el dispositivo Chernobyl cobra un valor fundamental. El fondo termina por construir la figura.

La serie logró que tuviéramos por primera vez y de un modo absolutamente vívido imágenes de la catástrofe nuclear más grave de la historia

La serie de HBO logró que tuviéramos por primera vez y de un modo absolutamente vívido imágenes de la catástrofe nuclear más grave de la historia, pero también de ese mundo desconocido y siempre sospechosamente narrado que fue la Unión Soviética. Ya no habrá modo de pensar nada sobre el tema que no nos traiga alguna imagen de esta serie. Y eso es, sin dudas, dejar una marca en la cultura de una época.

Los ojos ciegos bien abiertos

La paradoja de Chernobyl es que en ese escenario de absoluto realismo histórico aparecen personajes que prácticamente no tienen historia. No sabemos qué era de ellos antes y no sabremos en la mayoría de los casos qué fue de ellos después, al menos hasta que una serie de placas sobre música emotiva nos lo diga.

Antes de que le anoticiaran del desastre, Valery Legasov estaba durmiendo, solo. A partir de esa maldita llamada pasará a ser un científico preocupado, y no habrá nada de ese pasado no dicho que lo interrumpa en su camino por salvar a la humanidad, ni nada que lo retenga ante una misión que –él sabe- lo lleva a la muerte. Un héroe trágico, o un superhéroe moderno. Aunque no tanto como quien se convertirá enseguida en su compañera de ruta, la física nuclear Ulana Khomyuk. El personaje, a cargo de la siempre perfecta Emily Watson, tiene aún más ribetes de superheroína. A ella ni siquiera la obligan a hacerse cargo: simplemente va solita al foco de la cuestión porque el mero escrutinio de una pieza de grafito en su ventana la lleva a saber todo lo que está pasando. De Ulana tampoco conocemos si tiene familia, o pasado, o ganas de fumar sustancias ilegales encerrada en el baño para relajarse. Patea puertas, insulta burócratas, interroga moribundos y cuando la apresa la KGB, es liberada a las pocas horas para sentarse casi sin escalas frente al mismísimo Gorbachov.

La verdad es el tema de Chernobyl

En tiempos en los que hasta Iron Man tiene el dilema de quedarse con su familia o ir a salvar a la humanidad, los protagonistas de Chernobyl no tienen ninguno. Esto no la convierte en una "mala" serie porque, como ha enseñado el crítico norteamericano J. Hoberman, sólo podemos hablar de "cine malo" cuando aparece lo involuntario, cuando no había intención de hacer eso que estamos viendo. Y aquí, en cambio, hay una clara voluntad de guion. Privilegiar la verdad sobre el drama. Porque la verdad es el tema de Chernobyl. Y tal es el tributo a la verdad, que su creador, Craig Mazin, fue contando en podcasts y en diversas notas algunas de las operaciones que decidió efectuar sobre el material periodístico o histórico para ir escribiendo cada capítulo.

Así nos enteramos por ejemplo de que el Legasov de la vida real no era un hombre que vivía solo sino que tenía una esposa y una pequeña hija. Tal vez se decidió "liberarlo" de esta carga para que un conflicto interior no lo distrajera (a él ni al espectador) del conflicto central: frenar el desastre como sea. Es decir, allí donde la realidad tenía aún más espesor dramático, los guionistas decidieron simplificarla.

El personaje que hace Watson, en cambio, es totalmente inventado. Al final del último capítulo se nos dirá que está allí para "representar" a los científicos que lucharon por saber la verdad.

La serie se parece a los cuadros del realismo socialista, los personajes son totalidades condensadas: cada soviético es todo el pueblo soviético, todos los burócratas del Partido son uno solo

Pero acá "representar" no refiere a los términos aristotélicos de mímesis, de imitación de lo real. En la Recreación de Chernobyl "representar" adopta más bien su significado político, delegativo: cada personaje representa a un grupo social, a un actor de esa sociedad soviética de 1986. De allí lo que podemos ver como trazo grueso a la hora de delinear a los burócratas del Partido, todos más o menos torpes, más o menos mentirosos, más o menos ignorantes; y también al ciudadano común soviético (los mineros, los bomberos, los soldados), todos indefectiblemente solidarios, puros, bonachones. En el sistema de la recreación, los personajes se vuelven símbolos. El chiste es que, en este sentido, la serie de HBO se parece a los cuadros del realismo socialista, los personajes son totalidades condensadas: cada soviético es todo el pueblo soviético, todos los burócratas del Partido son uno solo.

El procedimiento llevó a que desde algunos lugares la serie fuera leída (con indignación o alegría según el caso) como una denuncia contra el régimen comunista. Nadie puede negar que hay escenas que tienen la "sutileza política" de Rocky 4, como el intercambio de la científica con el burócrata (¡que hasta hace 5 minutos era zapatero!), quien le niega ayuda mientras brinda con vodka "a la salud de los trabajadores", o la anciana que mientras ordeña una vaca nos cuenta que para ella el socialismo y los zares fueron lo mismo. Sin embargo, hay que leer esas escenas menos en un sentido propagandístico lineal que como parte de un fresco intencionalmente didáctico que la serie diseña para decirnos eso que nos quiere decir. Porque Chernobyl trae mensaje. Y le gusta hacerlo.

El montaje final es muy curioso

Chernobyl arranca con la voz de Legasov grabando las cintas que dejará antes de suicidarse. "¿Cuál es el precio de las mentiras?", escuchamos aún antes de verle la cara al protagonista. Ese fragmento es retomado a modo de voz en OFF al final de la serie: "Antes temía el precio de la verdad, ahora solo pregunto: ¿Cuál es el precio de las mentiras?". La última frase termina incluso imprimiéndose en blanco sobre negro. Para que quede claro que todo se trata de la verdad, algo que para Mazin, excede largamente la anécdota nuclear: "Vivimos en un tiempo en que la gente parece creer de nuevo en esta corrosiva idea de que lo que queremos que sea verdad es más importante que la verdad misma. Es como si la verdad se hubiera convertido en un chiste", explicó en más de una ocasión.

Por eso Chernobyl fue menos drama que Recreación. Y como el sistema de la Recreación plantea su efectividad en torno a lo que es cierto, algunos hasta cuestionaron que los personajes no hablaran en ruso. Como si alguien se retirara ofendido del teatro porque los personajes de Hamlet no hablan en danés antiguo.

Esta frontera cada vez más problemática entre la realidad y la ficción no empieza ni termina con Chernobyl. Hace bastante tiempo que el cartel "basado en hechos reales" antecede a algunos de los éxitos más importantes de las pantallas. Basta recordar la histeria despertada por la biografía autorizadísima de Luis Miguel.

Ya ni siquiera hay que esperar que alguien muera para filmar su biopic

Porque ya ni siquiera hay que esperar que alguien muera para filmar su biopic. Se estrenó por estos días la película del vivaz Elton John y en nuestro quehacer audiovisual venimos de las diferentes versiones sobre el clan Puccio, Sandro, Robledo Puch y vamos hacia los estrenos de series sobre Maradona y Carlos Tévez. La lista seguirá.

Justo cuando el documental echa mano cada vez con más frecuencia a las herramientas de la ficción (estructura dramática, construcción de personajes contradictorios, importancia del conflicto como dinamizador del relato), la ficción parece que necesita referirse a episodios reales para generar interés. En tiempos en que los discursos periodísticos están cada vez más cuestionados, cuando la posverdad pasó a ser una epidemia, resulta por lo menos curioso que la demanda de apego a la noticia recaiga justamente sobre la ficción.

Craig Mazin, creador de la serie
Craig Mazin, creador de la serie

En ese contexto, Chernobyl ha generado un fervor que difícilmente habría obtenido en otro momento. Se la ha llegado a votar como mejor serie de la historia en el ranking de los usuarios de IMDB (la más importante base de datos de la industria audiovisual). Ranking que, vale decir, tiene a Los Soprano en el puesto 13, a Seinfeld en el 42 y a Mad Men en el 118. Se ha llegado hasta escribir, como en tantos otros casos, que Chernobyl es una ficción imprescindible. Pero afortunadamente no hay ficciones necesarias, ni antibióticos emocionantes.

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