Las 37 identidades de Boris Vian y la obra del genio rebelde de la literatura francesa

Especial para Infobae
Boris Vian
Boris Vian

"En la vida, lo esencial es hacer juicios a priori sobre todas las cosas. Es evidente, en efecto, que las masas se equivocan, y los individuos siempre tienen razón. Pero hay que guardarse de deducir de ello reglas de conducta: éstas no tienen por qué necesitar ser formuladas para que uno las siga. Existen sólo dos cosas: son el amor, en todas sus manifestaciones, con chicas bellas, y la música de Nueva Orleans o la de Duke Ellington. El resto debería desaparecer, porque el resto es feo, y las pocas páginas de demostración que siguen extraen toda su fuerza del hecho de que la historia es completamente verdadera, porque me la he inventado de cabo a rabo. Su realización material propiamente dicha consiste, esencialmente, en una proyección de la realidad, dentro de una atmósfera oblicua y recalentada, sobre un plano de referencia irregularmente ondulado y sometido a distorsiones. Como se puede ver, es un procedimiento honesto, si es que los hay."

(Nueva Orleans, 10 de marzo de 1946)

Boris Vian escribió este breve prólogo para uno de sus libros-insignia: La espuma de los días.

¿Quién fue? Lo que el diccionario define como un polímata. Que un calambur, juego que Boris adoraba, bien podría transformarse en El que mucho mata… Politalentos que se citan fácil y rápido –¡injusticia flagrante!–: novelista, dramaturgo, poeta, músico de jazz (trompeta), ingeniero, periodista, traductor, bastonero de fiestas desaforadas –las surprise parties–, y émulo de Proteo en eso de ser muchos: como Fernando Pessoa y otros, se disfrazó y firmó como Vernon Sullivan, Boriso Viana, Baron Visi, Brisavion, Navis Orbi… Treinta y siete identidades en sus apenas 39 años de vida…

Biografía elemental. Nació en Ville-d´Avray, afueras de París, en 1920, cuando ya escribían Hemingway, Pound, Faulkner, Steinbeck, Scott Fitzgerald, y Getrude Stein los bautizaba la Generación Perdida: final de la primera gran guerra hasta la crisis de 1929…

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Casa de clase media casi alta. Paul, el padre, rentista. Yvonne Ravenez, madre, tocaba piano, arpa, y amaba la ópera. Pero el cachetazo del 29 les reduce la bonanza: el padre trabaja por primera vez a sus 36 años, y pasan a vivir en una antigua casa de la familia judía Menuhin: Yehudi, el hijo, de 13 años, ya asoma como el más genial violín del siglo XX…

Apenas a sus 12 años, Boris es azotado y marcado para siempre por dos fiebres: reumática y tifoidea, estigmas que determinarán su corta vida: 39 años.

En 1941 se casa con Michelle Léglise-Vian. Nacen sus dos hijos: Patrick y Carole. Seguirían una segunda esposa, Úrsula Kübler, y una pareja sin papeles: Hildegard Knef…

Un año después se recibe de ingeniero: influencia de su padre, apasionado por los misterios de la mecánica y la electricidad. Pero pronto desecha el título, y como si presagiara que La Muerte, "envuelta en encerada tela negra y encaramada sobre altos coturnos", como la definió Jean Cocteau, no tardaría mucho en llamar a su puerta…, urdió una obra aluvional.
Doce novelas. Cuatro obras de teatro. Letras de canciones. Cuentos, crónicas, críticas sociales, publicados en Les Temps Modernes por invitación de Jean Paul Sartre. Críticas de jazz en Combat, el periódico de Albert Camus.

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En 1946, un notable experimento: la novela policial Escupiré sobre sus tumbas, que firma como Vernon Sullivan, un supuesto escritor negro norteamericano…, y Boris Vian oculto tras el rol de traductor.
Escándalo. Las pudibundas almas burguesas lo crucifican: "Su contenido de violencia y sexo es intolerable". Cien mil francos de multa por "ultraje a las buenas costumbres". Pero eso no le impide reincidir en A tiro limpio, traducida como Jaleosas andadas, Todos los muertos tienen la misma piel, El arrancacorazones y su sátira al psicoanálisis y al existencialismo, La hierba roja –la más autobiográfica–, en la que su héroe, Wolf, construye una máquina liberadora de terrores y obsesiones…que acaba por matarlo.
Fragmento: "El vasto cuadrilátero seguía desierto, y la gran máquina de acero se iba desmoronando lentamente, a merced de las tempestades del cielo. A pocos centenares de pasos hacia el oeste yacía el cuerpo de Wolf, desnudo y casi intacto"…

En cuanto a Escupiré sobre sus tumbas, la piedra de escándalo, encierra un ritmo y un suspenso no menor que la mejor novela de Raymond Chandler: "Hay errores que un negro no debe cometer, porque pueden costarle la vida. Por ejemplo, enamorarse de una mujer blanca".

Pero la novela que nos enamoró a los jóvenes que descubrimos a Boris Vian a mediados de los 60 o principios de los 70 fue La espuma de los días: el amor, el destino, la muerte, tratados con belleza, fantasía y –para entonces– un lenguaje nuevo. Poco importan la mentira, la mitomanía del autor, ¡que juró haberla escrito en 48 horas!

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Vivió hasta el fin orgulloso de sus títulos: Miembro del Colegio de Patafísica desde 1952 como Sátrapa Trascendente expedido el 22 de Palotin de 80 (11 de mayo de 1953), y Promotor Insigne de la Orden de la Gran Gidouille, expedido en la misma fecha. Por cierto, jamás se la ofrecieron. Pero habría rechazado la Legión de Honor.

Al tiempo, vendió los derechos de Escupiré sobre sus tumbas para su versión en cine. Le encargaron el guión, pero luego de duras pugnas con la empresa productora y el director, quedó fuera del proyecto.

El 23 de junio de 1959, de incógnito, fue al preestreno del film, en la sala Le Petit Marbeuf, cerca de los Campos Elíseos. Al final, y al encenderse las luces, lo encontraron muerto en su butaca. Ataque al corazón.
Tenía 39 años, y supo desde siempre que partiría temprano…

(Post scriptum. Mis cinco libros de Boris Vian, editados por distintos sellos y comprados en distintas épocas, estaban en el quinto estante de mi biblioteca –el último– y en el extremo derecho del espectador, como rezan las indicaciones de las piezas teatrales. Curiosamente y a despecho de un desorden que está exigiendo a gritos echarle mano, los cinco se apretaban juntos… y en la V corta. Poco me costó encontrarlos y bajarlos. No se habían ocultado ni declarado en rebeldía. Pero sólo por una razón: porque Boris Vian llevaba cincuenta y nueve años muerto. De lo contrario, me habría sacado la lengua y escapado por el tubo de la chimenea…)

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