“Les Âges de la Femme” Photo (C) RMN-Grand Palais (MuCEM) / Franck Raux. Musée des civilisations de l’Europe et de la Méditerranée http://www.mucem.org/
“Les Âges de la Femme” Photo (C) RMN-Grand Palais (MuCEM) / Franck Raux. Musée des civilisations de l’Europe et de la Méditerranée http://www.mucem.org/

Juliette Rennes es una socióloga francesa, docente de la prestigiosa École des Hautes Études en Sciences Sociales de París y especialista en temas de género. Desde hace varios años sus investigaciones se centran en la Historia y la sociología del género, del trabajo y de las discriminaciones. Por estos días Rennes está en Buenos Aires: llegó invitada por el Centro Franco Argentino (Universidad de Buenos Aires/ Embajada de Francia en Argentina) para dictar un seminario de posgrado sobre la sociología de las movilizaciones y del discurso contestatario, junto con las profesoras Ana Natalucci y Ana Soledad Montero de la UBA. Infobae Cultura pudo entrevistar a Rennes, quien entre sus focos de estudio ha dedicado diversos artículos a una forma particular de discriminación contra las mujeres: la edad. En francés lo llaman âgéisme y en inglés, ageism. Tal vez en español debamos empezar a hablar de viejismo.

-¿Por qué el feminismo demoró en tomar el tema del envejecimiento de las mujeres como objeto de análisis?

-Las luchas feministas de los años 1970-1980 fueron en gran parte organizadas tras los pasos de las movilizaciones estudiantiles y los movimientos juveniles, con una identidad generacional muy fuerte. Hay numerosos testimonios de feministas que, porque en esa época eran mayores que el promedio, no se sentían bienvenidas en esos colectivos y tenían la impresión de que su vejez podía generar rechazo en los otros militantes. En términos de reivindicaciones, los movimientos feministas apuntaron siempre a destacar los problemas de las mujeres "en general". Pero el retrato de mujer tipo que perfilaron, y que aún perfilan, es el de una mujer asalariada en doble o triple jornada de trabajo parental y doméstico, que lucha contra el techo de cristal y contra el acoso sexual en el trabajo, que aborta clandestinamente o toma anticonceptivos, por lo que se sitúa, teniendo en cuenta el conjunto de estas prácticas, en una cierta franja etaria: la edad de procrear, de trabajar, de tener hijos pequeños. Sin embargo, el feminismo no es la única causa militante que ha integrado débilmente las cuestiones vinculadas al avance de la edad. Cualquiera sea la causa defendida, muchos movimientos valoran sistemáticamente la juventud como fuerza de transformación social y reproducen, sin cuestionarlo, el discurso dominante que descalifica la vejez. En ciertos casos, el hecho de estar entre jóvenes de la misma edad facilita la elaboración de un discurso de acción común. Pero construir colectivos militantes que se apoyan sistemáticamente sobre un clivaje entre "jóvenes" y "viejos" debilita las luchas y no tiene mucho sentido: los clivajes fundados sobre opiniones y opciones políticas concretas son mucho más pertinentes que las diferencias vinculadas a la fecha de nacimiento.

Muchos movimientos valoran sistemáticamente la juventud como fuerza de transformación social y reproducen, sin cuestionarlo, el discurso dominante que descalifica la vejez
Susan Sontag
Susan Sontag

-¿Cuáles son las características de "doble estándar del envejecimiento", como lo llamaba Susan Sontag?

-Susan Sontag escribió sobre el envejecimiento en 1972, una época justamente muy marcada por los movimientos juveniles. Ella fue una de las pioneras, al igual que Simone de Beauvoir, en pensar en conjunto sexismo y discriminación por edad. Ella demostró, sobre todo, que en nuestras representaciones culturales hay al menos dos modelos de belleza masculina, la del hombre joven y la del hombre maduro, un modelo en el cual el avance de la edad puede ser en sí mismo un elemento de seducción. En el caso de las mujeres, por el contrario, solo la juventud sirve como patrón de belleza, al punto de que habitualmente se dice de una mujer mayor que "seguramente ha sido bella", como si fuera imposible pensar al mismo tiempo la belleza y el avance de la edad. En comparación con la época en que Sontag publicó su trabajo, la mirada social ha evolucionado un poco: las mujeres tienden a ser consideradas "viejas" más tarde en 2018 que en los años 70, pero el mandato de preservar la apariencia joven pesa todavía muy fuertemente en las mujeres y en menor medida en los hombres. Este mandato es fuertemente sostenido y renovado sin cesar por las industrias que viven de la venta de productos farmacéuticos y cosméticos "anti-age" o los promotores de la cirugía estética.

Habitualmente se dice de una mujer mayor que “seguramente ha sido bella”, como si fuera imposible pensar al mismo tiempo en la belleza y el avance de la edad.

-¿Una mujer mayor entonces sufre mayor discriminación que un hombre mayor?

Las discriminaciones vinculadas al avance de la edad afectan también a los hombres pero adquieren formas diferentes según el sexo. En los oficios en los cuales la apariencia corporal es considerada central, las mujeres son mucho más frecuentemente víctimas de la discriminación por edad que los hombres: actrices, modelos, presentadoras de TV o responsables de comunicación generalmente tienen carreras más cortas que los hombres porque son consideradas demasiado viejas antes que ellos. Pero la discriminación por edad no tiene que ver solamente con la apariencia corporal: en un mundo del trabajo focalizado en la competencia por la innovación y la aceleración de los cambios tecnológicos, los trabajadores mayores de cualquier sexo son devaluados y percibidos incluso como inadaptados u obsoletos. Su experiencia, sus hábitos de trabajo, sus conocimientos son considerados caducos cada vez más rápidamente. En ciertos sectores profesionales muy masculinos vinculados con las nuevas tecnologías es un lugar común decir que hace falta "sangre joven" para estar a la cabeza de la competencia globalizada.

Una imagen del 3 de junio de 2015, en la primera concentración de Ni una Menos.
Una imagen del 3 de junio de 2015, en la primera concentración de Ni una Menos.

-¿Las mujeres mienten con su edad desde siempre o es algo relativamente nuevo en términos históricos?

-Para que alguien mienta sobre la edad es necesario que tenga conciencia de su edad. Así de extraño como puede parecer, hasta hace dos siglos la mayoría de las personas no sabían su edad con precisión; la fecha de nacimiento de la gente no estaba registrada ni se utilizaba como ahora para organizar el conjunto de la vida social y administrar el flujo de las poblaciones: regular el ingreso en el sistema escolar o en el mercado de trabajo, el acceso a la mayoría de edad en términos cívicos, políticos, penales, sexuales, el derecho a la jubilación, etc. A partir del momento en que la edad adquiere tal importancia, las estrategias para disimular la edad y parecer más joven o más viejo se convierten en algo inevitable. El hecho de que las mujeres busquen más que los hombres parecer más jóvenes de lo que son en realidad obedece a que el juicio social sobre su envejecimiento es mucho más severo. Pero no habría que ver el hecho de aspirar a ser más joven como una práctica social inevitable, que estaría traduciendo un miedo "natural" al envejecimiento. En las sociedades de tradición gerontocrática, estudiadas por muchos antropólogos, los adultos de ambos sexos tienen tendencia a "envejecerse" para ser beneficiados con los privilegios que se les otorgan a los mayores. El hecho de que este caso en concreto sea tan infrecuente en nuestras sociedades es revelador de la descalificación que hace la modernidad de la vejez.

El movimiento #MeToo cobró fuerza desde las acusaciones a Harvey Weinstein (REUTERS/Lucy Nicholson)
El movimiento #MeToo cobró fuerza desde las acusaciones a Harvey Weinstein (REUTERS/Lucy Nicholson)

-¿Cree que los diferentes movimientos en los países, desde el Ni una Menos en Argentina al #MeToo en Hollywood o el #BalanceTonPorc en Francia son hitos en el camino de la igualdad entre hombres y mujeres? ¿Vivimos el momento histórico de mayor igualdad entre los géneros?

-Las denuncias recientes de violencias sexuales en Francia, en Argentina o en Estados Unidos son, en mi opinión, un vínculo directo con la aspiración a la igualdad que caracteriza la historia de las luchas feministas. Esas denuncias se focalizan en particular en la inequidad entre mujeres y hombres en la esfera íntima y en la erotización de la dominación masculina. Para un hombre en una posición de poder, imponer relaciones sexuales o un "ambiente sexual" a mujeres más jóvenes era tradicionalmente percibido como una marca de virilidad. Es este género de representación de la sexualidad masculina lo que cuestionan los movimientos feministas recientes al descalificar formas de la virilidad que hasta ahora eran valoradas. En Francia, el activismo feminista en favor de compartir las actividades domésticas y parentales tuvo un proceso comparable en parte: las luchas feministas han podido poco a poco contribuir a que un hombre que no hace nada en su casa se sienta avergonzado. Antes, para preservar su virilidad un hombre debía evitar "entrometerse" en los asuntos domésticos. Es en parte así como progresan los movimientos de igualdad: descalificando prácticas antes aceptadas, incluso valoradas, y transformando las normas de lo que hay que hacer o hay que decir.

(Célia Pernot)
(Célia Pernot)

-¿Siente que en los movimientos feministas que siempre buscaron justicia y equidad hay en estos momentos un mayor sentimiento de revancha?

-Desde mi punto de vista, los movimientos feministas como #MeToo, Ni una menos o #BalanceTonPorc se inscriben plenamente en la continuidad de las luchas anteriores por la equidad y la justicia, en particular las luchas por una igual libertad para disponer de su propio cuerpo. Su consigna no es por ejemplo hacerles padecer a los hombres violaciones, agresiones sexuales o acoso callejero, que es lo que uno podría imaginar cuando se habla de "revancha". Cuando, a principios del siglo XX, las feministas reclamaban en Estados Unidos y Europa el acceso a las universidades, las profesiones y los derechos políticos, sus adversarios las acusaban de buscar dominar a los hombres, de querer tomar su lugar en el espacio público y de someterlos a las tareas domésticas y parentales en el espacio privado. Los caricaturistas difundieron largamente este género de representación al mostrar a las feministas como dominadoras, violentas y animadas por un espíritu de revancha. Hoy en día las reivindicaciones feministas de hace 120 años nos parecen elementos básicos en materia de igualdad entre los sexos. Pero las luchas por la igualdad que se han jugado en las calles, a través de la Justicia, de los medios, de las redes sociales o en el espacio parlamentario no avanzan por un camino encantador y bucólico. Esas reivindicaciones encuentran fuertes resistencias de parte de quienes se aferran a las jerarquías entre los sexos y los conflictos vuelven a comenzar con cada nuevo avance hacia la equidad: el día en que el feminismo no incomode a nadie, es que habrá dejado de ser necesario…

 

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