“Cumbia & Jazz Fusion” en el Parque
“Cumbia & Jazz Fusion” en el Parque

Una pieza, la última que faltaba, se agregó al rompecabezas. La legendaria Cumbia & Jazz Fusion, que Charles Mingus grabó en 1977, sonó por primera vez con gaitas, flauta de millo y tambor alegre. Y, también por primera vez, el saxofonista Justo Almario, factótum del proyecto original al que una gira con el percusionista Mongo Santamaría alejó del registro del disco, fue parte de la potente y desenfadada versión que se estrenó en el Festival Jazz al Parque, de Bogotá, Colombia. Más de veinte mil personas cada día asistieron a este encuentro en los magníficos terrenos recuperados por el Estado de lo que alguna vez fue un campo de polo y un country privado. Y la música, con puntos altísimos, fue protagonista de la fiesta.

Jazz al parque es parte de una serie de festivales que con el mismo nombre recorre un amplio espectro de la música de tradición popular (Rock al parque y Salsa al parque son las estrellas en cuanto a convocatoria, con asistencias que rondan las 100.000 personas) y que incluye, también, un capítulo dedicado a la ópera.

Se trata, en todo caso, de una política de estímulo al aprovechamiento del espacio público a la que no son ajenas las multitudes en bicicleta que participan de los múltiples recorridos que los domingos propone la Alcaldía y la cinemateca al aire libre que está próxima a inaugurarse.

El espíritu mingusiano, esa especie de milagroso diálogo entre la máxima libertad y la veneración por ciertas tradiciones –Ellington y el blues en particular–, fue puesto en escena por una banda de Barranquilla en la que fueron herramientas fundamentales la trombonista Melisa Baena, el baterista Einar Escaf –que fue el director musical del proyecto, producido por Daniella Cura– y Joaquín Jacob Pérez Arzuza, un virtuoso en la flauta de millo. Y el cruce entre ese aire libertario, las tradiciones nativas (tanto la gaita como la flauta de millo, los instrumentos típicos de la cumbia y el porro, son de origen indígena) y un público para el que escuchar y bailar fueron una misma cosa, tuvieron mucho que ver con esa idea de apropiación del espacio.

Entre los grupos de Bogotá, que fueron elegidos a través de una convocatoria pública, se destacaron los quintetos La Soledad –con excelentes solistas– y el del notable guitarrista Santiago Sandoval, y el trío Hombre de barro, integrado por Juan Manuel Toro Guerrero en bajo, Urian Vladimir Sarmiento Obando en percusión y Ernesto Dumas Ocampo Yepes en guitarra, con una propuesta sumamente interesante.

Arocena, Bunnett y Maqueque
Arocena, Bunnett y Maqueque

También la big band de la ciudad, dirigida por la talentosa bajista Esther Rojas, mostró ajuste y muy buenos aolistas y brilló con la presencia de la cantante Victoria Sur, que comenzó su actuación con Hasta el nuevo sol, una suerte de bello tango fragmentado que se desarrolla en un espacio de original modernidad y que da título a su reciente álbum solista. Y el contrabajista español Javier Colina, que tenía previsto participar en un trío junto con guitarra flamenza y cajón, acabó haciéndolo con un grupo de luminarias colombianas que incluyó a Tico Arnedo en saxo tenor y soprano y a Nicolás Ospina en piano.

Uno de los ejes de esta edición 23 de Jazz al parque fue la presencia de las mujeres en el jazz y parte de los aciertos de la programación tuvo que ver con ir más allá del consabido lugar de la cantante. Las hubo, desde ya, como la estadounidense René Marie y la deslumbrante Daymé Arocena. Pero hubo además trombonistas, directoras, compositoras, pianistas (la extraordinaria Dánae Olano García, del grupo Maqueque), percusionistas y saxofonistas. Arocena, que fue además una de las fundadoras de Maqueque, esa fantástica banda femenina que llegó aquí de la mano de la saxofonista y flautista canadiense Jane Bunnett, se presentó el sábado, al frente de un grupo de solidez demoledora (Jorge Luis Lagarza Pérez en piano, Rafael Aldama Chirole en bajo y Marcos Morales Valdés en batería) y el domingo actuó como invitada en un tema junto a Bunnett. Entre Bunnett y Arocena hicieron justicia a un festival de larga historia donde hasta el clima, a pesar de las siempre amenazantes nubes bogotanas, estuvo "bien rico y sabroso".

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