
Una investigación sobre la relación entre las poblaciones humanas y el atún determinó que su pesca comenzó hace unos 44.000 años y evolucionó desde prácticas costeras de pequeña escala hasta una industria que actualmente extrae millones de toneladas al año.
El estudio, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), reunió restos arqueológicos, arte rupestre, documentos históricos y testimonios indígenas de distintas regiones del mundo. A partir de la información aportada por 18 especialistas, analizaron dónde, cuándo y por qué se capturaban estos peces.
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De acuerdo con The Conversation, la prueba más antigua procede de Timor-Leste, en el sudeste asiático, donde se hallaron huesos de peces que probablemente pertenecían a bonitos, un tipo de pez similar al atún e incluido dentro de ese grupo.
Los autores del artículo son Emma Elliott Smith, investigadora asociada en Antropología del Museo Nacional de Historia Natural de la Institución Smithsonian y de la Universidad de Nuevo México, y Torben Rick, curador de Arqueología de América del Norte de la Institución Smithsonian.
Ambos plantean que con el tiempo la actividad pasó de la subsistencia a una industria global que mueve unos USD 40.000 millones al año. Esta transformación también plantea interrogantes sobre el impacto de la pesca, ya que tres de sus especies comerciales están amenazadas, son vulnerables o se encuentran cerca de esa condición.
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La evidencia más antigua de pesca de atún

Los restos encontrados en Timor-Leste datan de hace aproximadamente 44.000 años. La investigación plantea que los canales de aguas profundas pudieron acercar a los peces a la costa, lo que habría permitido su captura sin viajes lejanos mar adentro.
Este caso es excepcional: en la mayor parte del planeta, las pruebas arqueológicas de pesca de estos organismos no aparecen hasta hace 10.000 años o más tarde.
La palabra atún abarca 15 especies de peces. Entre las principales variedades comercializadas figuran ocho especies del género Thunnus y el bonito listado. Algunos ejemplares superan los tres metros de largo y viven más de cuatro décadas. El rojo del Pacífico, por ejemplo, puede recorrer 8.000 kilómetros por el Pacífico Norte en pocos meses.
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Además de su valor alimentario, estas especies cumplen una función ecológica como depredadores situados en la parte alta de la cadena marina. Por eso, son considerados indicadores de la salud del océano.
Asia y Europa pescaron atún durante milenios

En Japón y Corea existen registros de captura de estos individuos de al menos 7.000 años, la práctica mantuvo una tradición culinaria prolongada y derivó en pesquerías de gran escala. En Europa, el noreste del Atlántico y el Mediterráneo se consolidaron como áreas históricas de captura del atún rojo del Atlántico.
En el sureste de Grecia, en la península del Peloponeso, una cueva con vista a la bahía de Kiladha conserva miles de huesos de ejemplares depositados hace entre 9.000 y 11.000 años. Desde hace unos 8.000 años, los yacimientos europeos con restos de estos peces aumentan de forma marcada, de acuerdo con ICES Journal of Marine Science.
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También en Gibraltar se localizaron huesos en un sitio neandertal de unos 26.000 años, aunque posiblemente obtenidos como carroña. Las comunidades antiguas empleaban anzuelos, arpones, trampas y redes, y aprovechaban la forma de la costa para acercar los cardúmenes a zonas accesibles.
En la antigua Grecia, el atún podía ser sacrificado para los dioses y ofrecido a Poseidón. Hace 3.000 años, ya funcionaba en el Mediterráneo una pesca comercial con trampas y redes especializadas.
Los indígenas del Pacífico Norte dominaban la caza

Los pueblos indígenas del noroeste de América del Norte, sobre todo en el territorio Nuu-chah-nulth, practicaron una pesca compleja de atún rojo del Pacífico durante más de 5.000 años. Los relatos recogidos de los adultos mayores indígenas describen capturas efectuadas a finales del verano, durante episodios particulares de aguas cálidas.
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Los pescadores navegaban de noche por los fiordos —valles costeros estrechos y profundos formados por glaciares— y se guiaban por el brillo natural del plancton bioluminiscente, organismos microscópicos capaces de emitir luz propia en la oscuridad.
Mientras observadores ubicados en tierra comunicaban la presencia de peces, las personas encendían fogatas en las canoas para atraer a los ejemplares y arponearlos. Algunos ejemplares podían medir más de dos metros y pesar 290 kilos. La existencia de vértebras de atún rojo en 23 yacimientos arqueológicos respalda esa actividad.
De la pesca indígena a las fábricas

Más al sur, en las cercanías de la isla Santa Catalina, comunidades indígenas capturaron durante 6.000 años atún rojo del Pacífico, albacora, aleta amarilla y bonito.
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La explotación comercial y deportiva de gran escala en el sur de California surgió recién durante los siglos XIX y XX. El crecimiento de la industria se aceleró durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial según Wiley Online Library.
Las fábricas de conservas de Los Ángeles y San Diego concentraron parte de esa expansión, con la participación de comunidades pesqueras inmigrantes japonesas y portuguesas. Ese proceso contribuyó a la formación de la actual industria mundial.
La pesca industrial multiplicó las capturas

El contraste entre las pesquerías antiguas y las actuales es central: a partir de la cantidad de espinas halladas en sitios arqueológicos, los autores estimaron que incluso las mayores capturas históricas del Mediterráneo retiraron solo miles de toneladas a lo largo de milenios.
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La diferencia con el presente es amplia, ya que cada año se extraen millones de toneladas de atún de los océanos. Por eso, se abren interrogantes sobre las consecuencias de esa expansión en un período relativamente corto y sobre las formas de administrar las poblaciones de manera sostenible.
En algunas regiones, la combinación de controles de captura, monitoreo y una gestión eficaz permitió estabilizar poblaciones pese a la pesca intensiva. Sin embargo, el rojo del sur, el rojo del Pacífico y el patudo continúan bajo distintos niveles de riesgo.
La cooperación internacional y las decisiones basadas en la ciencia pueden contribuir a sostener las reservas globales de atún, aunque probablemente no recuperen la abundancia anterior a la extracción comercial.
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