La “gallina del infierno” no era un depredador, su mandíbula estaba adaptada para triturar frutos carnosos

El análisis de un cráneo casi íntegro indica que esta especie, contemporánea del T. rex, procesaba alimentos blandos mediante un movimiento inusual de la boca

Dinosaurio con plumas grises sobre el tronco de un árbol caído, con un fruto rojo en el pico, frente a una ciénaga con relámpagos.
Un ejemplar de Infernogallus jamesi consume un fruto silvestre sobre el tronco de un árbol caído en un humedal durante el periodo Cretácico (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Hasta ahora, los dinosaurios que seguían una dieta de plantas solían relacionarse con animales grandes que comían hojas, brotes o vegetación dura.

Un fósil hallado en Estados Unidos modificó esa imagen para un grupo mucho menos conocido: un dinosaurio pequeño habría tenido una mandíbula capaz de triturar frutas blandas hace unos 66 millones de años.

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La incógnita era cómo se alimentaban los caenagnátidos, un grupo de dinosaurios con pico y sin dientes, emparentados de manera lejana con las aves.

Sus restos suelen aparecer incompletos, por lo que resultaba difícil reconstruir sus cráneos y deducir qué comían. El hallazgo de una cabeza casi íntegra permitió investigar esa cuestión.

Infografía con el cráneo de un dinosaurio junto a una fruta partida, una línea de tiempo y varios recuadros con esquemas y texto.
El fósil hallado en 2011 conserva un cráneo casi completo que resolvió la incógnita sobre la alimentación de los caenagnátidos (Imagen Ilustrativa Infobae)

La investigación, publicada en la revista Nature Communications, identifica a Infernogallus jamesi, cuyo nombre significa “gallina del infierno”, como un herbívoro adaptado a procesar frutas carnosas.

El trabajo aporta una de las pruebas más directas de una adaptación corporal al consumo de frutas en dinosaurios que no pertenecían al grupo de las aves actuales.

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Un cráneo casi completo permitió responder una pregunta pendiente

El fósil, descubierto en 2011, conserva un cráneo casi completo y parte del esqueleto. Ese grado de conservación es poco común entre los caenagnátidos, cuyos huesos finos suelen encontrarse rotos, aplastados o separados unos de otros.

Por eso, el ejemplar permitió estudiar por primera vez con mayor detalle cómo podía alimentarse este grupo. Actualmente está expuesto en el Museo Real de Ontario.

Un hombre con chaqueta marrón sostiene un cráneo fósil marrón mientras una mujer con una libreta permanece a su lado en una oficina.
Los investigadores de la Universidad de Stony Brook utilizaron tomografías computarizadas para estudiar la estructura craneal sin dañar el fósil (Imagen Ilustrativa Infobae)

El equipo, encabezado por Gregory Funston, profesor asistente del Departamento de Ciencias Anatómicas de la Escuela de Medicina Renaissance de la Universidad de Stony Brook, utilizó tomografías computarizadas.

La técnica permite observar el interior de un fósil sin dañarlo. A partir de esas imágenes, los investigadores reconstruyeron los huesos de la cabeza y calcularon dónde se ubicaban los músculos que movían la mandíbula.

Los huesos que forman el techo de la boca se curvaban hacia abajo. Esa forma habría dispuesto parte de los músculos de adelante hacia atrás, en vez de orientarlos sobre todo para producir una mordida vertical y potente, como ocurre en muchos dinosaurios carnívoros.

Diversos fragmentos de huesos fósiles de color marrón dispuestos sobre una bandeja blanca
El esqueleto del espécimen permanece en exhibición al público en el Museo Real de Ontario (YouTube/@BBCNews)

La mandíbula inferior podía moverse hacia adelante y hacia atrás. Ese desplazamiento habría permitido aplastar alimentos blandos dentro de la boca, en lugar de limitarse a cortar o desgarrar.

El comunicado de la Universidad de Stony Brook compara esa mecánica con la de los humanos y con la de algunas aves que comen frutas.

“Sabíamos que los dinosaurios evolucionaron para ocupar muchos papeles en los ecosistemas del Cretácico, pero nunca esperábamos descubrir dinosaurios que comieran frutas”, afirmó Gregory Funston, profesor asistente de la Universidad de Stony Brook y autor de correspondencia del estudio, según el comunicado institucional.

“Durante más de 100 años no supimos cómo eran los cráneos de estos animales. Ahora sabemos que eran aún más extraños de lo que podríamos haber imaginado”.

Dinosaurio bípedo con plumaje oscuro, naranja y blanco, que sostiene una fruta morada en el pico dentro de un bosque con helechos y árboles.
Los científicos detectaron similitudes biomecánicas entre este dinosaurio y ciertas especies de loros que consumen drupas (Imagen Ilustrativa Infobae)

La forma de la mandíbula se asemeja a la de algunas aves frugívoras

Los autores compararon los músculos de Infernogallus con los de aves actuales y hallaron similitudes con ciertos loros que comen frutos. En particular, la estructura podía servir para procesar drupas, frutas que tienen una semilla o un carozo duro rodeado de pulpa, como los duraznos y las cerezas.

“Creemos que Infernogallus probablemente estaba adaptado para procesar frutas llamadas drupas”, explicó Funston, profesor asistente de la Universidad de Stony Brook, según el comunicado institucional.

El trabajo describe “un procesamiento oral extenso de alimento blando” por medio del movimiento de la mandíbula de adelante hacia atrás, según se detalla en el estudio. También señala que esta combinación de rasgos no se conoce en otros dinosaurios bípedos que no eran aves.

Esqueleto de un dinosaurio con cresta craneal expuesto frente a una pintura de la criatura en un bosque
El desarrollo mandibular de la especie coincidió en el tiempo con la diversificación de plantas con frutos hacia finales del Cretácico (YouTube/@BBCNews)

Sin embargo, sí se parece a la de loros que se alimentan de frutos. Esa semejanza no indica un parentesco cercano, sino que grupos distintos desarrollaron rasgos parecidos para resolver una necesidad similar.

“Es poco común que los animales se especialicen en una dieta de frutas y, cuando ocurre, aparecen adaptaciones notables”, afirmó Thomas Dudgeon, investigador posdoctoral Rebanks del Museo Real de Ontario y coautor del estudio, según el comunicado institucional. “La anatomía de Infernogallus es extraña entre los dinosaurios”, explicó.

El vínculo con las plantas con flores todavía no está demostrado

El hallazgo coincide con una etapa en la que las plantas con flores dieron frutos más grandes y más frecuentes.

Los caenagnátidos descendían de una rama de dinosaurios carnívoros y, según los autores, desarrollaron una forma especializada de masticar mientras esos recursos vegetales se expandían.

Un animal emplumado camina sobre piedras junto a un arroyo, cerca de un arbusto con frutos rojizos y una orilla con helechos.
El estudio concluyó que no existen evidencias directas de que este dinosaurio cumpliera la función de dispersar semillas (Imagen Ilustrativa Infobae)

Esa coincidencia en el tiempo no prueba que un proceso haya causado el otro.

El estudio plantea que la evolución de los caenagnátidos y la expansión de los frutos carnosos pueden ayudar a entender los cambios en los ecosistemas del final del Cretácico, pero no establece una relación directa entre ambos fenómenos.

Tampoco hay pruebas de que Infernogallus dispersara semillas cuando se alimentaba, una función que hoy desempeñan aves, reptiles y pequeños mamíferos. El posible papel de estos dinosaurios en la expansión de los frutos sigue sin resolverse, según concluye el estudio.

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