
Las luces exteriores pueden mantener activos durante más tiempo a los mosquitos que transmiten el virus del Nilo Occidental. Los investigadores compararon insectos criados bajo iluminación nocturna común con otros mantenidos en zonas oscuras para medir cómo esa exposición alteraba su entrada en la dormancia invernal.
El estudio fue liderado por la Universidad Estatal de Ohio y realizado en Columbus, Ohio. Se centró en Culex pipiens, el principal vector en Estados Unidos que infecta a miles de personas cada año.
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Aunque la mayoría de los casos no presenta síntomas, algunos pueden derivar en enfermedades neurológicas graves, sobre todo en adultos mayores y personas con sistemas inmunitarios debilitados.
De acuerdo con la investigación publicada en Journal of Applied Ecology, el trabajo buscó separar 2 factores habituales: el calor acumulado por el entorno urbano y la iluminación artificial nocturna, ya que ambas condiciones pueden prolongar la actividad de los ejemplares.
Una señal estacional bajo interferencia

Las hembras adultas de Culex pipiens suelen detectar en otoño que los días se acortan y, a partir de esa señal, comienzan a prepararse para el invierno. En ese proceso dejan de buscar sangre, frenan su desarrollo reproductivo y acumulan reservas para sobrevivir hasta la primavera.
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Ese estado de reposo se conoce como diapausa: un mosquito en esta fase deja de picar, por lo que ya no puede transmitir enfermedades. La duración del día funciona como la principal referencia estacional para estos insectos, ya que se repite de manera constante cada año.
Sin embargo, la luz artificial puede interferir en esa señal. El equipo encabezado por Lydia Fyie, actualmente en la Universidad de Maine, instaló pequeños recintos con larvas de organismos en propiedades privadas de Columbus. En cada patio se colocó un recinto bajo una luz exterior ya existente y otro similar en un rincón oscuro del terreno.
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Las luminarias utilizadas no fueron dispositivos especiales, sino las que ya tenían los propietarios, en su mayoría luces cálidas blancas en la entrada de la casa, garajes y senderos. Una vez que las larvas se convirtieron en adultas, los ejemplares fueron llevados al laboratorio para evaluar distintos indicadores biológicos.
La contaminación lumínica marcó la diferencia

Los investigadores midieron la longitud de los folículos de los huevos, ofrecieron comida y comprobaron si las hembras podían producir descendencia. Esos datos permitieron distinguir cuáles habían entrado en diapausa y cuáles seguían preparadas para picar y reproducirse.
El experimento se desarrolló durante 2 otoños, en 2022 y 2023, en decenas de patios de la ciudad y sus alrededores. Algunos recintos quedaron fuera del análisis cuando falló la iluminación o un animal alteró la instalación.
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La diferencia entre ambos grupos fue amplia. En septiembre, los mosquitos criados bajo luz entraron en estado de reposo a una tasa de 1/4 de la registrada entre aquellos mantenidos en la oscuridad.
En los insectos criados sin esta exposición, las condiciones térmicas sí influyeron: en los patios más cálidos, menos hembras quedaron inactivas. Bajo iluminación, en cambio, la temperatura no modificó el resultado.
En octubre, la distancia entre los grupos fue todavía mayor. Todos los ejemplares mantenidos en recintos oscuros habían entrado en reposo invernal, mientras que el 59% de los expuestos a la luz seguía activo.
Fyie resumió el hallazgo al afirmar que “la contaminación lumínica fue un inhibidor mucho más fuerte de la dormancia invernal que la temperatura”.
Más actividad, más riesgo de transmisión

El estudio también observó que incluso una iluminación de 0,87 lux, un nivel similar al brillo de un cielo estrellado, fue suficiente para mantener activos a los insectos. Esa prolongación de la actividad implica más tiempo para alimentarse de sangre y, por lo tanto, más oportunidades de contraer y transmitir patógenos.
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En septiembre, el 70% de las hembras expuestas a la luz tomó una comida de sangre, frente al 37% de las que quedaron en la oscuridad. Los casos de virus del Nilo Occidental suelen disminuir entre octubre y noviembre, cuando estos mosquitos comienzan su reposo invernal. Si ese proceso se retrasa, también se alarga la ventana de riesgo.
El problema no se limita a las picaduras, ya que incluso a fines de octubre algunas hembras sometidas a la contaminación lumínica se alimentaron y luego produjeron crías, lo que añade una generación adicional que podría llegar a la primavera.
Dina Fonseca, bióloga especializada en vectores de la Universidad Rutgers y ajena al estudio, sostuvo que “cuanto más larga sea la temporada, más generaciones de Culex se obtienen”. Esa observación refuerza la posibilidad de que la alteración del ciclo estacional tenga efectos acumulativos.
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Cambiar la lamparita no alcanza

El trabajo también puso en duda una solución simple basada solo en cambiar el tipo de lamparita. Según la investigación, la luz cálida blanca, incluso en niveles bajos, siguió retrasando la entrada en diapausa. Algunas bombillas LED cálidas todavía emiten picos de luz azul, una parte del espectro que muchos insectos detectan con facilidad.
Por eso, el equipo de Fyie sugirió proteger mejor las luminarias, incorporar temporizadores o sensores de movimiento y reducir los lugares de cría de mosquitos en los patios. Disminuir las horas en que una lámpara permanece encendida cada noche puede ser tan importante como el tipo de bombilla utilizado.
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Fonseca señaló una limitación del trabajo: los individuos que procedían de una colonia de laboratorio mantenida durante mucho tiempo y no de poblaciones silvestres. “Para lograr un resultado óptimo, lo ideal es utilizar mosquitos recolectados en su hábitat natural”, dijo, aunque agregó que criar ejemplares salvajes en cautiverio resulta difícil.
Por su parte, Katie Westby, bióloga de vectores de Washington University in St. Louis, consideró que “cada vez hay más pruebas de que [la luz nocturna] influye significativamente en la biología y el comportamiento de los mosquitos”.
El siguiente paso, será observar durante varios años a los ejemplares silvestres en sitios iluminados y oscuros para determinar con precisión cuándo comienza y termina su dormancia.
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