
La gravedad artificial ayudó a preservar el metabolismo basal en un experimento de 60 días que simuló la microgravedad, aunque no evitó la pérdida de fuerza ni el deterioro neuromuscular. El hallazgo, difundido por Muy Interesante, reabre el debate sobre cómo se relacionan el gasto energético, el músculo y procesos como el envejecimiento o la inmovilización prolongada.
El experimento mostró que, en 24 hombres sanos, la combinación de ejercicio y gravedad artificial mantuvo el gasto energético en reposo en valores muy próximos a los previos a una inmovilización prolongada, pero no impidió la caída de la fuerza muscular ni el declive neuromuscular. Según Muy Interesante, el estudio, difundido en The Journal of Physiology, sugiere que metabolismo y deterioro muscular no avanzan siempre por la misma vía.
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La microgravedad figura desde hace años entre los grandes desafíos para la fisiología humana. Pasar semanas o meses sin la carga habitual del peso terrestre altera huesos, músculos y procesos ligados al uso de la energía.
Ese problema va más allá de la exploración espacial. Los cambios que provoca la falta prolongada de movimiento se parecen a los que aparecen en hospitalizaciones largas, inmovilización y envejecimiento, de modo que entenderlos puede servir tanto para astronautas como para personas con movilidad muy reducida.

Cómo se simuló la microgravedad durante 60 días
El equipo recurrió a un modelo terrestre que las agencias espaciales usan desde hace décadas para reproducir parte de los efectos de la ingravidez sin salir del planeta. Consiste en mantener a los participantes acostados con una inclinación de seis grados y la cabeza algo más baja que los pies.
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Esa posición redistribuye los fluidos corporales y reduce la carga mecánica que soporta el esqueleto. En este estudio, 24 hombres sanos permanecieron 60 días en reposo absoluto bajo ese esquema.
Los investigadores dividieron a los voluntarios en tres grupos. Uno no recibió intervención, otro hizo sesiones regulares de pedaleo en posición horizontal y el tercero realizó el mismo entrenamiento dentro de una centrífuga que generaba gravedad artificial mediante rotación controlada.
Durante el ensayo, los autores midieron gasto energético en reposo, composición corporal, uso de combustibles fisiológicos, fuerza, potencia física y otros indicadores. Según Muy Interesante, la hipótesis inicial era que limitar el desgaste por inmovilización también amortiguaría la caída del metabolismo y del rendimiento muscular.
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Qué cambió en el metabolismo y en la fuerza muscular
Los resultados no siguieron del todo ese pronóstico. El grupo sometido solo al reposo registró la reducción esperada del metabolismo basal, mientras que el ejercicio sin gravedad artificial produjo una mejora moderada.

La diferencia más marcada apareció en quienes combinaron entrenamiento y centrifugación. En ese grupo, el gasto energético en reposo se mantuvo en valores muy cercanos a los previos al experimento y el uso de grasas como fuente de energía también quedó mejor conservado.
Ese efecto no se trasladó por completo al sistema muscular. Aunque la estrategia conjunta favoreció algunos indicadores de masa magra y elevó el rendimiento específico en las pruebas de ciclismo, no evitó la disminución de la fuerza máxima ni el declive neuromuscular tras dos meses de inmovilización.
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La separación entre ambos resultados es el punto central del trabajo. El organismo pudo sostener una actividad metabólica más alta mientras la capacidad contráctil seguía en retroceso.
Por qué el metabolismo puede resistir aunque el músculo se debilite
A primera vista, esa conclusión parece contradictoria, porque el tejido muscular consume una parte relevante de la energía corporal incluso en reposo. Si baja la masa o la operatividad del músculo, cabe esperar una caída automática del gasto energético en reposo.

Los autores plantean que intervienen más factores. Observaron que la combinación de ejercicio y gravedad artificial ayudó a conservar compartimentos corporales con alta actividad metabólica y sostuvo una oxidación de grasas más eficiente que la del resto de participantes.
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Ese cambio apareció reflejado en el cociente respiratorio, un indicador que muestra qué combustible usa de forma preferente el organismo para obtener energía. Quienes mostraron mejor capacidad para oxidar lípidos también registraron un metabolismo basal más alto.
Para llegar a esa interpretación, el equipo aplicó modelos estadísticos multivariantes con decenas de variables sobre composición corporal, desempeño muscular, condición aeróbica y otros marcadores fisiológicos. El análisis indicó que el gasto energético en reposo no depende solo del volumen de masa magra, sino también del comportamiento de esos tejidos y de cómo el cuerpo administra sus reservas energéticas.
Ese matiz corrige una idea extendida en la literatura científica. El descenso del metabolismo durante la inmovilización no se explica únicamente por la pérdida de músculo, aunque ese vínculo exista.
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Qué implican los hallazgos para la vejez y los viajes espaciales
La lectura práctica del estudio alcanza varios campos. Según Muy Interesante, entender por separado los mecanismos que regulan fuerza y metabolismo puede ayudar a abordar mejor el envejecimiento, cuando ambos cambios no siempre avanzan al mismo ritmo.

El trabajo también deja un mensaje de cautela para la exploración espacial. La gravedad artificial, al menos con el protocolo empleado, no reprodujo por completo el efecto protector que ejerce la gravedad terrestre sobre el aparato locomotor.
Aun así, sí ofreció ventajas concretas. Los participantes que pedalearon dentro de la centrífuga conservaron mejor la potencia máxima en las pruebas de ciclismo que quienes hicieron ejercicio sin ese dispositivo.
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Los investigadores interpretan esa aparente contradicción como una señal de que las adaptaciones metabólicas y las mecánicas siguen trayectorias parcialmente independientes. Mantener el gasto energético no garantiza conservar la fuerza, del mismo modo que sostener parte del desempeño muscular no asegura la estabilidad del metabolismo.
Esa distinción puede orientar futuras contramedidas para misiones espaciales largas, periodos de hospitalización o inmovilización. Más que esperar una solución única, los datos apuntan a intervenciones combinadas, cada una dirigida a proteger funciones fisiológicas distintas, como el músculo, el equilibrio energético o los sistemas óseo y cardiovascular.
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