
En el interior de Australia, un fósil apodado “BOB” abrió una ventana inusual sobre el pasado al aportar la primera evidencia confirmada de que un ictiosaurio se alimentó de un pterosaurio antes de morir hace unos 100 millones de años.
El hallazgo, analizado a partir de restos encontrados en Queensland, al noreste de Australia, también sugiere que ese gran reptil marino pudo haber sido atacado por Kronosaurus queenslandicus, un pliosaurio (un reptil marino extinto) considerado uno de los grandes depredadores del antiguo mar de Eromanga.
El estudio publicado en ScienceDirect explicó que el conjunto de restos pertenecía a un ictiosaurio de entre 6 y 7 metros de largo, integrante de un grupo de reptiles marinos con aspecto similar al de los delfines que convivió con los dinosaurios durante la era Mesozoica.
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Un hallazgo raro dentro del registro fósil

Los restos fosilizados de contenido estomacal constituyen un tipo de evidencia poco frecuente, ya que su preservación depende de condiciones muy precisas. Matt White, coautor del estudio e investigador asociado de la Universidad de Nueva Inglaterra en Australia, explicó que “el entierro rápido tras la muerte es esencial para evitar la descomposición y la dispersión de los restos”.
White señaló que el animal también debió morir poco después de su última comida para que los ácidos estomacales no destruyeran por completo lo ingerido. Esa combinación de factores permitió que el ejemplar fosilizado conservara indicios sobre la dieta del ejemplar y sobre su final.
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El análisis se apoyó en técnicas avanzadas de imagen de neutrones, que permitieron observar el interior del estómago de BOB sin dañar las estructuras fosilizadas. A partir de esos escaneos, los investigadores detectaron huesos ocultos y concluyeron que los restos hallados probablemente formaban parte del sistema digestivo del reptil marino.
Qué revelaron las imágenes del fósil

White indicó a Live Science que los avances en la tecnología de imágenes están permitiendo detectar pruebas que antes quedaban encerradas dentro de los fósiles. También sostuvo que estas herramientas no solo ayudan a identificar qué comían estos animales, sino que además ofrecen información sobre “la forma de diversos órganos” y sobre estructuras óseas internas.
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Uno de los aspectos que más llamó la atención del equipo fue la ubicación de los restos del pterosaurio. En lugar de aparecer en la posición esperable para una presa ya digerida, los fragmentos se encontraron cerca de la parte delantera de la cavidad corporal.
Esa disposición llevó a los investigadores a plantear que el animal pudo haber impactado con la cabeza contra el fondo marino poco después de morir. Según esta interpretación, el golpe habría desplazado hacia adelante parte del contenido estomacal y alterado su posición original dentro del cuerpo fosilizado.
La posible intervención de un superdepredador

El esqueleto de BOB, descubierto en 2019, presenta varios indicios de un final traumático. Entre ellos figuran huesos fracturados, costillas ausentes y grandes heridas por aplastamiento, lesiones que los autores del estudio consideran compatibles con un ataque severo.
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“Creemos que el animal murió en la columna de agua —quizás por el ataque de un pliosaurio (Kronosaurus) o por causas naturales— y luego se hundió”, declaró White. Añadió que su rostro impactó contra el fondo marino y que los tejidos blandos conectados mantuvieron la mayor parte del cuerpo en su lugar.
Este superdepredador habitó el antiguo mar entre hace 120 y 100 millones de años, en una etapa del Cretácico temprano en la que amplias zonas del centro de Australia permanecían cubiertas por agua.
Hasta ahora, se sabía que los ictiosaurios comían peces y animales similares a los calamares, pero no había pruebas claras de que también consumieran pterosaurios. Un nuevo estudio sugiere que algunos pudieron alimentarse de estos reptiles voladores cuando descendían al agua o tras morir, mientras flotaban en la superficie.
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