
Debajo de los pies, invisible y sin hacer ruido, existe una red que conecta plantas, mueve nutrientes y ayuda a regular el clima del planeta.
Un grupo científico liderado por investigadores de los Países Bajos publicó el primer mapa global de los organismos que forman esas alianzas subterráneas con cerca del 70% de las plantas terrestres: los hongos micorrízicos arbusculares.
Los resultados del trabajo, publicado en la revista Science de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia, cambian la forma de entender la vida bajo la tierra.
La cifra central del estudio es difícil de imaginar: los suelos superiores del mundo contienen aproximadamente 110 cuatrillones de kilómetros de redes fúngicas vivas, una distancia casi mil millones de veces mayor que la que separa la Tierra del Sol.
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Esas redes están formadas por hifas, los filamentos microscópicos más finos que un cabello humano, que actúan como tuberías vivas entre las plantas y los hongos.
El trabajo fue liderado por Justin Stewart y Toby Kiers, de la Sociedad para la Protección de las Redes Subterráneas (SPUN) y la Universidad Libre de Ámsterdam, en los Países Bajos. También contaron con la colaboración de científicos de Sudáfrica, Canadá, Reino Unido, Bélgica y Estados Unidos.
La red que nadie había podido medir

Durante décadas, se sabía que esos hongos existían y que eran vitales, pero nunca había podido calcular cuántos hay ni dónde están con precisión. Las mediciones previas mezclaban distintos tipos de hongos sin distinguirlos, y los mapas globales no existían.
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Esa falta de datos era un problema real: sin saber dónde están esas redes ni qué tan densas son, resultaba imposible evaluar su aporte al ciclo del carbono o diseñar políticas concretas para proteger el suelo.

La agricultura intensiva añadía otra preocupación: se sospechaba que los cultivos dañaban estas redes, pero nadie lo había medido a escala planetaria.
Los investigadores que publicaron en Science se propusieron construir un mapa por primera vez, con una resolución de un kilómetro cuadrado por punto de predicción, e identificar qué ecosistemas albergan las redes más densas y qué factores del ambiente las determinan.
Robots, datos y 300.000 mediciones bajo tierra

Reunieron datos de más de 16.000 muestras de suelo que obtuvieron en nueve biomas distintos, desde desiertos hasta bosques tropicales.
Con esa base, entrenaron modelos de aprendizaje automático, que son sistemas informáticos que detectan patrones en grandes volúmenes de datos, para predecir la densidad de las redes en zonas sin muestras disponibles.
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El paso más novedoso fue un robot de imágenes diseñado a medida, capaz de fotografiar redes fúngicas vivas con altísima velocidad y precisión.
Con ese sistema, el equipo tomó más de 300.000 mediciones del grosor de las hifas de tres especies distribuidas en todo el mundo.

Esos datos de grosor fueron la clave para calcular el peso real de las redes: aproximadamente 300 megatones de carbono almacenado en biomasa fúngica viva, una cantidad equivalente a entre cuatro y seis veces todo el carbono que contienen los cuerpos de todos los seres humanos del planeta.
Los resultados mostraron que los pastizales concentran alrededor del 40% de toda la biomasa global de estos hongos.
Zonas como los Everglades en Florida, los humedales del Sudd en Sudán del Sur y la estepa tibetana registraron las densidades más altas, un dato que llamó la atención del equipo porque los pastizales tienen menor vegetación que los bosques tropicales.
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Las tierras agrícolas contaron otra historia: sus densidades de hifas fueron, en promedio, un 47,3% menores que en ecosistemas silvestres. El uso de fertilizantes con fósforo y nitrógeno reduce el incentivo de las plantas para alimentar a sus hongos, y los fungicidas los atacan directamente.

“Es difícil exagerar la importancia y la magnitud de estos hongos”, dijo Stewart. “Puede haber hasta 10 metros de red micorrízica en apenas una cucharadita de suelo”, resaltó.
Esas redes mueven hacia el interior del suelo unos 3.900 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente cada año, provenientes de las plantas.
“Los hongos han sido ignorados en las políticas climáticas y de conservación por demasiado tiempo”, dijo Kiers. “Ahora es el momento de cambiar esa trayectoria.”
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Tras los resultados, los investigadores advirtieron que los datos de suelos profundos son escasos (apenas el 2% de la base corresponde a profundidades mayores de 50 centímetros) y que las tasas de renovación de las hifas permanecen mal documentadas.
El mapa quedó disponible para su descarga por parte de gobiernos y tomadores de decisiones, con el propósito de servir como línea de base para monitorear la salud de estas comunidades fúngicas subterráneas.

En diálogo con Infobae, José Martín Scervino, investigador independiente del Conicet que estudia las relaciones entre las comunidades de hongos y bacterias en el Instituto INIBIOMA, en Bariloche, Argentina, comentó: “Este mapa revela una enorme red biológica oculta bajo nuestros pies que hasta ahora no podíamos dimensionar”.
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Los hongos micorrízicos son esenciales para la vida terrestre porque -remarcó el científico- “ayudan a las plantas a obtener nutrientes, mantienen la salud de los suelos y favorecen el almacenamiento de carbono. Saber dónde se encuentran y cómo se distribuyen nos brinda una herramienta clave para proteger ecosistemas y afrontar los desafíos ambientales del futuro”.
Scervino agregó: “Para América Latina, una región que alberga algunos de los ecosistemas más biodiversos del planeta y cuya economía depende fuertemente de los recursos naturales, esta información puede contribuir al diseño de estrategias de conservación, restauración de tierras degradadas y desarrollo de prácticas agrícolas más sostenibles”.
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