Una planta fija sus hojas hacia la luz, se enrolla o modifica su forma. En un patio o en la selva, realiza estos movimientos de manera sutil, casi invisible para el ojo humano. Nadie le da indicaciones y no posee sistema nervioso. Sin embargo, percibe el entorno con una sensibilidad notable. ¿Qué es, dónde ocurre y cómo sucede este proceso? La respuesta se encuentra en el modo en que la planta recibe, interpreta y utiliza las señales del ambiente para adaptarse.
Según AFP, las plantas no tienen emociones ni sentimientos como las personas. Sin embargo, captan información del ambiente de manera precisa y constante. Esta información genera reacciones en sus tejidos, algunas pueden ser vistas y otras permanecen ocultas a simple vista.
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Delphine Arbelet-Bonnin, doctora en biología celular y autora del libro “Sensibles por nature”, explicó al diario francés Le Figaro, que la sensibilidad vegetal implica la recepción y el procesamiento de señales del medio para favorecer la supervivencia y el desarrollo.
El conocimiento sobre la sensibilidad vegetal no es nuevo. Charles Darwin y Claude Bernard ya habían propuesto esta idea en el siglo XIX. Sin embargo, los avances recientes en biología confirman y amplían estos conceptos. Actualmente, los especialistas comprenden que el reino vegetal detecta y traduce las señales del entorno, como la luz, el contacto o los sonidos.
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De acuerdo con Le Figaro, el proceso comienza en el nivel celular. Las plantas cuentan con sensores en las membranas de sus células. Estos sensores capturan los cambios externos y los convierten en señales eléctricas.
Un ejemplo citado por Arbelet-Bonnin es la Drosera tokaiensis, una planta carnívora de flores violetas. Si una oruga se acerca, la planta genera señales eléctricas que activan respuestas. Estas señales difieren de las del sistema nervioso animal, pero cumplen una función similar en la coordinación de respuestas.

Las plantas también disponen de fitohormonas. Estas moléculas permiten la comunicación entre distintas partes del organismo y transportan la información recogida por los sensores. Según la bióloga, tanto las señales eléctricas como las hormonas intervienen en reacciones bioquímicas. Estas reacciones determinan el crecimiento, la dirección de las hojas y la respuesta a posibles amenazas.
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La Drosera tokaiensis, por ejemplo, puede cerrar parcialmente sus órganos reproductores si detecta el ataque de una oruga. Este mecanismo resulta de la operación combinada de señales eléctricas y hormonales. La planta no decide protegerse. Su reacción es el resultado de millones de años de selección que favorecieron a los individuos capaces de adaptarse.

Existen numerosos ejemplos de sensibilidad vegetal visibles para cualquier persona. El girasol orienta su flor para captar la luz durante el día. La enredadera, como el lúpulo o la bryona, se aferra a estacas y trepa sin descanso. La Alsomitra macrocarpa, una planta japonesa, libera semillas con alas que planean distancias largas mediante el viento. Cada caso representa una adaptación originada en la capacidad de detectar variables externas.
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El concepto de “ceguera vegetal”, propuesto por el botánico estadounidense James Wandersee en 1986, señala que la falta de movimientos rápidos o sonidos hace que las personas subestimen la sensibilidad de las plantas. Delphine Arbelet-Bonnin afirmó que, por no moverse de manera evidente, las plantas pasan inadvertidas y el ser humano olvida su capacidad de reacción ante el medio.

Según AFP, la percepción sobre la sensibilidad vegetal cambió en los últimos años. Lucia Sylvain Bonfanti, co-autora del libro citado, señaló que tanto la antropología como la geografía y otras disciplinas estudian la capacidad de agencia y de comunicación de las plantas. El interés social y científico por el entorno vegetal creció tras la pandemia, cuando se valoró el contacto con jardines y áreas verdes como fuente de bienestar.
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Este cambio cultural pone en primer plano la importancia de las respuestas de las plantas a los cambios ambientales. Estudiar el modo en que procesan información ayuda a entender cómo se adaptan a sequías, ataques de insectos o variaciones de luz. Según los especialistas mencionados por Le Figaro, los mecanismos incluyen desde la detección de contaminantes en el aire hasta el intercambio de señales a través de las raíces.
Múltiples estudios documentan que árboles y arbustos pueden comunicarse entre sí mediante compuestos químicos que viajan por el aire o el suelo. Incluso existen reportes donde un ejemplar afectado alerta a los vecinos de la presencia de plagas. Estos hallazgos alimentan un debate nuevo sobre la capacidad de respuesta de los vegetales y su papel en el equilibrio ecológico.
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