
Los incendios forestales han acompañado la historia de la Tierra mucho antes de la aparición del ser humano. Durante milenios, formaron parte del pulso natural de los ecosistemas, marcando ciclos de renovación y adaptación. Sin embargo, la duración y el ritmo actuales de la temporada de incendios forestales ya no siguen únicamente las reglas de la naturaleza: hoy dependen, en gran medida, de la actividad humana.
Según un reciente estudio de la Universidad de Tasmania, la intervención humana ha añadido, en promedio, 40 días a la temporada global de incendios forestales. Más de la mitad de las áreas que hoy se queman lo hacen fuera de los periodos en que tradicionalmente ocurrían incendios naturales, lo que supone un cambio radical y trae consigo desafíos ambientales todavía poco comprendidos.
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Todd Ellis, Grant Williamson y David Bowman, responsables de la investigación, analizaron datos sobre humedad del combustible y descargas eléctricas en más de 700 regiones del planeta.
El resultado fue contundente: desde sabanas tropicales hasta bosques boreales y paisajes mediterráneos, la huella humana ha desplazado y ampliado el momento en que arden los paisajes.
“Nuestro estudio separa las temporadas de incendios naturales de aquellas impulsadas por las personas, mostrando hasta qué punto la influencia humana ha transformado el calendario de los incendios forestales en todo el mundo”, explicó Todd Ellis, citado por la Universidad de Tasmania.

Cómo y por qué los humanos extienden la ventana del fuego
Entre los factores que provocan esta prolongación, el estudio destaca la quema agrícola, el desmonte, las igniciones accidentales, la supresión de incendios, así como las prácticas culturales, incluidas las quemas tradicionales aborígenes. Estas acciones han extendido la ventana temporal en la que pueden iniciarse y propagarse incendios, incluso en los lugares más remotos.
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Las consecuencias son especialmente notorias en las sabanas tropicales, donde hoy la temporada de fuego se ha extendido cerca de tres meses y la mayoría de los incendios ocurre bajo influencia humana. Sin embargo, el fenómeno también se observa en los bosques boreales, la tundra y los ecosistemas mediterráneos, que presentan temporadas cada vez más largas y alejadas de los límites impuestos por la naturaleza.
Una naturaleza fuera de tiempo y bajo presión
El avance del fuego fuera de su calendario tradicional genera impactos ecológicos considerables. Las especies y los paisajes evolucionaron para tolerar incendios en periodos determinados del año; romper ese ciclo significa exponerlos a estrés y amenazas inéditas.
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Grant Williamson, coautor del estudio, advirtió: “No solo estamos viendo más incendios forestales y de mayor intensidad, sino que ocurren en épocas del año para las que los ecosistemas no están preparados”. Este desfase puede obstaculizar la recuperación de especies y alterar procesos reproductivos, afectando una biodiversidad cuya vulnerabilidad apenas comenzamos a entender.
El desplazamiento de los incendios exige que los servicios de emergencia permanezcan en guardia durante periodos más extensos, lo que incrementa los costos y complica la organización de recursos. La pérdida de previsibilidad debilita las estrategias de prevención y afecta directamente la vida de comunidades rurales, que dependen del equilibrio del entorno para subsistir.
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El cambio climático, un agravante sin pausa
El cambio climático intensifica el problema. El aumento de las temperaturas y la disminución de la humedad han expandido aún más la ventana en la que los incendios de origen humano pueden empezar y propagarse, abriendo la posibilidad de temporadas de fuego prácticamente continuas.
La Universidad de Tasmania subraya que, frente a esta tendencia, gestionar y prevenir incendios resulta cada vez más difícil, mientras se multiplican los riesgos para la biodiversidad y las comunidades humanas.
Frente a este escenario, los autores insisten en la necesidad de repensar la gestión del fuego y la responsabilidad humana en su uso. David Bowman, del Fire Center de la Universidad de Tasmania, señala que administrar el fuego de forma sostenible es uno de los grandes retos contemporáneos y que las prácticas indígenas pueden ofrecer claves valiosas.
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El trabajo de la Universidad de Tasmania deja clara la magnitud de la influencia humana sobre los incendios forestales y plantea que, para restaurar el equilibrio entre el fuego y la naturaleza, recuperar el conocimiento ancestral podría ser tan importante como la más moderna de las tecnologías.
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