
El fútbol amateur, practicado por millones de personas en todo el mundo, podría estar vinculado a alteraciones cerebrales en quienes sufren cabezazos con frecuencia.
Un estudio publicado en la revista Neurology de la Academia Estadounidense de Neurología identificó que la cantidad de cabezazos realizados por jugadores no profesionales se asociaban con cambios en una capa específica del cerebro. Se relacionaron con un peor desempeño en pruebas de memoria y pensamiento.
Aunque la investigación no demuestra una relación causal directa, sus hallazgos plantean interrogantes sobre los posibles riesgos neurológicos de una de las jugadas más características de este deporte.

Los investigadores analizaron a 352 futbolistas amateur con una edad promedio de 26 años y los compararon con 77 atletas de deportes sin contacto físico, cuyo promedio de edad era de 23 años.
Para estimar la exposición a impactos en la cabeza, los investigadores recopilaron información sobre la actividad futbolística de los participantes durante el año previo, al dividirlos en cuatro grupos según la frecuencia de cabezazos.

El grupo con mayor exposición reportó un promedio de 3.152 cabezazos anuales, mientras que el grupo con menor exposición registró solo 105.
A todos los participantes se les realizaron escáneres cerebrales para examinar la microestructura de la sustancia blanca yuxtacortical, una capa situada junto a la corteza cerebral, en los pliegues del cerebro.

Los investigadores analizaron el movimiento de las moléculas de agua en esta región, ya que su organización puede reflejar la integridad de la estructura cerebral.
Los resultados mostraron que los futbolistas con mayor número de cabezazos presentaban una mayor alteración en la microestructura de esta zona en comparación con quienes realizaban menos cabezazos y con los atletas de deportes sin contacto.
El deterioro en la organización del movimiento de las moléculas de agua, observado en los escáneres, se asoció a un peor rendimiento en pruebas cognitivas de memoria y pensamiento.
Además, los investigadores identificaron que las alteraciones en los pliegues de la región orbitofrontal, ubicada justo sobre las órbitas oculares, influían parcialmente en la relación entre los impactos repetidos y el desempeño cognitivo.

La sustancia blanca yuxtacortical, objeto central del estudio, es una capa de tejido cerebral que se encuentra adyacente a la materia gris de la corteza cerebral.
Esta región resulta especialmente vulnerable a traumatismos repetidos, como los que pueden producirse al cabecear un balón en el fútbol.
Michael Lipton, investigador principal del estudio y profesor en la Universidad de Columbia en los Estados Unidos, destacó la importancia de los resultados.
“Nuestros resultados sugieren que esta capa de sustancia blanca en los pliegues del cerebro es vulnerable al trauma repetido por cabezazos y puede ser un lugar clave para detectar lesiones cerebrales”.
Lipton subrayó que, si bien la práctica deportiva aporta beneficios, los impactos reiterados en la cabeza podrían contrarrestar esos efectos positivos.

El estudio reconoce una limitación importante: la estimación del número de cabezazos se basó en la memoria de los propios participantes, lo que podría introducir un sesgo en los resultados debido a la posible inexactitud en el recuerdo de la información.
La investigación recibió el apoyo de la Fundación Dana y del Instituto Nacional de Trastornos Neurológicos y Accidentes Cerebrovasculares.
Los científicos aconsejaron que se realicen más estudios sobre la relación entre los impactos en la cabeza y la salud cerebral, con el fin de avanzar en métodos que permitan identificar de manera temprana las lesiones asociadas a la práctica deportiva.
Qué advirtió un estudio anterior

Otro estudio reciente, que fue realizado por investigadores de la Universidad de Sídney, en Australia, había revelado que cabecear una pelota de fútbol produce cambios sutiles en la química y función nerviosa del cerebro, incluso en ausencia de síntomas o conmoción cerebral.
Las pruebas incluyeron resonancias magnéticas y análisis de sangre a 15 jugadores masculinos, quienes realizaron 20 cabezazos en 20 minutos, y mostraron niveles elevados de proteínas asociadas a lesiones cerebrales, como la proteína ácida fibrilar glial (GFAP) y la luz de neurofilamento (NFL).

Los investigadores destacaron que estos biomarcadores se relacionan con el riesgo futuro de demencia, aunque los cambios detectados fueron mucho menores que los observados en personas con demencia o conmoción cerebral. Ningún participante presentó deterioro cognitivo tras la prueba, según el informe publicado en la revista Sports Medicine-Open.
El análisis de las imágenes cerebrales mostró alteraciones en una región vinculada al movimiento corporal y una disminución de la conductividad eléctrica en varias áreas, lo que sugiere que el cabeceo afecta la forma en que el cerebro utiliza la energía y transmite información a través de la materia blanca.
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