
La crisis que atraviesa el sistema de salud en Cuba se refleja en casos como el de Rosa Valentina Pérez, quien lleva casi tres semanas esperando una tomografía computarizada en la principal clínica oncológica de La Habana. La urgencia de su diagnóstico contrasta con la realidad: solo un escáner funciona en la capital y la lista de espera es larga.
“No se pueden imaginar lo que es tener este dolor, saber que tu esperanza de vida se está reduciendo y oírles decir: ‘Veamos cuándo podemos hacer esa tomografía’”, relató Pérez. Su historia ilustra el deterioro de un sistema que durante décadas fue considerado el emblema de la revolución cubana.
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Aunque Cuba fue célebre por su atención médica gratuita y de calidad, hoy la sanidad pública está al borde del colapso. Factores como la pandemia, el endurecimiento de sanciones internacionales y una crisis energética agravada por el bloqueo de combustible llevaron la infraestructura hospitalaria a una situación crítica.
En los hospitales cubanos, los cortes de energía y la escasez de medicamentos son el pan de cada día. A esto se suman el éxodo de profesionales hacia el exterior y la obsolescencia de los equipos médicos, lo que deja áreas prioritarias como oncología, cardiología y nefrología al límite de sus capacidades.
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El director del Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología, Luis Eduardo Martín, expuso la magnitud del problema: “El 80% de los equipos utilizados en diagnóstico y tratamiento están obsoletos o averiados”. Este déficit tecnológico obliga a los médicos a “administrar medicamentos sin poder verificar en ocasiones que estén teniendo el efecto que esperamos... porque no contamos con los reactivos ni el equipo para controlarlos”.

La lista de espera para acceder a la radioterapia en el INOR supera los 1.200 pacientes. El relato de Pérez a la agencia AFP, quien tras una cirugía de cáncer de mama necesita saber si la enfermedad avanzó o no, se repite entre quienes enfrentan el drama de la demora diagnóstica.
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La situación actual en el sistema de salud cubano es insostenible: la falta de recursos, equipos dañados y la escasez de personal también provocaron que los tratamientos y diagnósticos se ralenticen o se limiten, poniendo en riesgo la vida de miles de pacientes. El deterioro afecta tanto a adultos como a niños, y las soluciones improvisadas rara vez bastan para evitar consecuencias graves.
La crisis no distingue edades. Según datos oficiales, la supervivencia al cáncer infantil cayó del 85% al 65% en pocos años. “Es muy frustrante saber que puedes salvar al niño, lograr una mayor tasa de supervivencia, y no puedes hacerlo porque tienes las manos atadas”, lamentó Mariuska Forteza, jefa de oncología pediátrica del INOR.
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La falta de reactivos y combustible para transportar muestras entre hospitales obligó a recortar análisis sanguíneos esenciales. A pesar de la adversidad, los técnicos intentan mantener los equipos en funcionamiento. “A veces tengo que venir al hospital a medianoche o a las 2 de la madrugada para reparar equipos para que el paciente pueda comenzar su tratamiento”, contó Alexis Amado Domínguez, técnico de reparaciones.

En el Instituto Nacional de Cardiología y Cirugía Cardiovascular, el número de operaciones cardíacas anuales cayó de más de 400 a apenas 100, según el médico José Esteban Abreu. Unos 130 pacientes esperan la implantación de un marcapasos, mientras el personal recurre al canibalismo de piezas para mantener algunos equipos activos.
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“Siempre estamos inventando, trabajando, innovando”, dijo el técnico Luis Alexis Duncan, mostrando equipos desmantelados que esperan ser reparados en el taller que atiende el 80% del equipamiento médico de la ciudad.
La inventiva cubana, aunque legendaria, no alcanza para sortear todas las limitaciones. Incubadoras y respiradores neonatales defectuosos se acumulan en los talleres, mientras el éxodo de médicos y enfermeros agrava una situación ya crítica. Los salarios estatales, pagados en pesos muy devaluados, no alcanzan para retener al personal sanitario.
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En la unidad de diálisis del Hospital Hermanos Ameijeiras, la jefa de nefrología Iamara Castro admitió que debieron reducir las sesiones de cuatro a dos horas para atender a más pacientes. “Cuando se acorta el período de hemodiálisis, se acorta la vida”, señaló con gravedad, subrayando que el servicio se sostiene por la pura “compasión”.

Nelson Companioni, paciente de 81 años, describió su temor a que los equipos fallen antes de terminar su tratamiento. “Se ve a las enfermeras arrodilladas allí, golpeándolo para que funcione”, relató sobre la escena habitual en el hospital.
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(Con información de AFP)
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