
En las calles de La Habana, la imagen de personas rebuscando entre la basura para alimentarse se ha vuelto cotidiana. William Abel, de 62 años, es uno de ellos. Desde que su vivienda colapsó hace dos años, duerme al aire libre y sobrevive hurgando en contenedores. “He estado hurgando en los basureros por dos años para comer”, declaró.
Abel no es un caso aislado. La visibilidad cada vez más común de personas sin hogar refleja el deterioro profundo de la economía cubana, considerada por analistas como la peor crisis en más de tres décadas. La escasez de alimentos, la inflación descontrolada y el colapso de servicios sociales han expulsado a miles de cubanos a la indigencia.
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En una isla donde el régimen evita reconocer la existencia de pobreza con cifras o términos precisos, el fenómeno se agrava mientras las autoridades insisten en utilizar eufemismos como “personas vulnerables”.

Oficialmente, 350.000 personas reciben ayuda social en Cuba, según datos de la propia dictadura. No obstante, especialistas aseguran que esa cifra está lejos de reflejar la magnitud real de la crisis.
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La reciente renuncia de la ministra de Trabajo y Seguridad Social, Marta Elena Feito, dejó en evidencia la desconexión entre el discurso oficial y la realidad en las calles. Feito provocó una ola de indignación al declarar que “en Cuba no hay mendigos”. Las críticas obligaron al dictador Miguel Díaz-Canel a intervenir públicamente: “Son expresiones concretas de desigualdades sociales que debemos atender”, dijo ante la Asamblea Nacional, distanciándose del discurso de su ex ministra.
La reacción del régimen fue inusual, ya que históricamente ha minimizado cualquier señal de desigualdad social. El primer ministro, Manuel Marrero, también reconoció la gravedad de la situación: “Tenemos un problema real”, afirmó.
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Para los cubanos afectados, como Juan de la Cruz, de 63 años, el problema es más que evidente. Tras perder una pierna por diabetes, recibe una pensión estatal equivalente a menos de tres dólares mensuales al cambio informal. “No me alcanza ni para un kilo de pollo”, comentó mientras pedía comida en una calle del centro habanero. Su vivienda, aunque “muy pequeña”, está vacía.
El país enfrenta una inflación acumulada que ha hecho subir los precios de los alimentos hasta un 500% en los últimos cuatro años. La libreta de racionamiento, históricamente utilizada para distribuir productos subsidiados, ya no garantiza ni lo básico. Mientras tanto, el la dictadura reconoce que no tiene divisas suficientes para mantener los programas sociales que fueron emblema de la llamada “revolución”.
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El colapso económico tiene múltiples causas. Entre ellas, los analistas destacan el impacto prolongado de la pandemia sobre el turismo, la ineficiencia estructural de la economía centralizada y las sanciones de Estados Unidos. Sin embargo, muchos expertos señalan que las decisiones internas del régimen han tenido un peso determinante en la actual crisis.
La socióloga cubana Mayra Espina Prieto ha estimado recientemente que “entre el 40 y el 45 por ciento de los cubanos vive en condiciones de pobreza”. La cifra contrasta con el silencio oficial sobre estos indicadores, ya que Cuba no publica datos de pobreza ni permite estudios independientes sistemáticos sobre desigualdad social.
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El deterioro también golpea a los más jóvenes. UNICEF informó en 2023 que casi uno de cada diez niños cubanos vive en condiciones de “pobreza alimentaria severa”, lo que significa que sólo acceden a uno o dos grupos de alimentos al día, en ocasiones menos.

En las afueras de La Habana, Arnaldo Victores, de 65 años y con discapacidad visual, duerme en un taller de motos sobre bolsas plásticas. Al no tener dirección fija, no puede acceder a los beneficios sociales. “Mi sueño es un cuartico con baño”, afirmó a la prensa internacional. Frente al lugar donde pide limosna cada día se levanta un hotel estatal de 42 pisos, el más alto de la capital. Para muchos, es un símbolo de prioridades distorsionadas.
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En un país donde durante décadas se presumió de haber eliminado la indigencia, la realidad diaria desmiente el discurso. Las imágenes de ancianos durmiendo en portales y buscando sobras entre desechos evidencian una fractura social que el régimen ya no puede ocultar.
(Con información de AFP)
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