(fotos: Paula Carvalho)
(fotos: Paula Carvalho)

"En Rocinha no estamos operando por riesgo de enfrentamientos, pero puede ser que el lunes esté más tranquilo. ¿Para cuándo querías el paseo?". La respuesta no es muy animadora. El sincericidio es de un operador turístico de Río de Janeiro, ante la consulta para contratar una visita a la favela más grande y famosa de Río de Janeiro, donde viven 160 mil personas.

Después de la captura del traficante Rogerio Avelino Silva, conocido como Rogério 157, ex jefe del tráfico de drogas en Rocinha, en diciembre, la comunidad volvió a convertirse en escenario de una guerra cruenta. Las dos facciones narco más grandes de Río, Comando Vermelho (CV) y Amigos dos Amigos (ADA), se disputan a sangre y fuego el control del negocio de la droga. Y con operaciones cada vez más frecuentes de la Policía Militar (PM) y sus grupos especiales, los enfrentamientos armados se volvieron asunto de todos los días.

Luego de dos semanas de búsqueda de tours, finalmente Infobae consigue participar de la salida de un grupo. La empresa que organiza el paseo es local, conformada por vecinos de la Rocinha, y promete un tour "100% a pie" por la favela más grande de Latinoamérica.

El mensaje antes de hacer la reserva intenta ser tranquilizador. "Escuchar tiros de noche, es normal, siempre va a haber. Pero enfrentamientos con muchos tiros, durante el día, no pasan todos los días. Esta semana fue la segunda con una situación más normal", dice Rafael, presidente de Favela Walking Tour.

En los últimos 20 días, de acuerdo a la aplicación colaborativa Fogo Cruzado, que recopila los enfrentamientos armados en Río, sólo en Rocinha hubo casi 30 episodios de tiroteos y 12 muertos.

A bordo de una pick up, el recorrido comienza en la zona sur de Río, punto de encuentro para la recogida de pasajeros. Carlos, vecino y guía de la favela hace 26 años, saluda a los nueve turistas, provenientes de Inglaterra, Francia y Polonia. "Bienvenidos, va a ser un placer mostrarles el otro lado de la realidad brasileña. Van a ver dos países dentro del mismo paseo", dice mientras dejamos Leblon, el barrio más caro de Río.

Como pocas ciudades de Brasil, un país muy desigual, Río de Janeiro es una tierra de contrastes. Tras atravesar en un camino en subida el barrio de Gávea, de clase media alta, con caserones antiguos y mansiones, llegamos a la parte alta Rocinha.

Después de una sucesión de entradas pomposas, con rejas de colores y garitas de seguridad, el estilo arquitectónico cambia por completo: ahora aparecen, una tras otra, construcciones precarias, casas de ladrillo de dos o tres plantas sin revoque, con comercios en la parte baja. No hay lógica en la distribución de los puestos: panaderías, peluquerías y tiendas de ropa aparecen una tras otra.

Bajamos del vehículo en el barrio Rua 1, sobre la Estrada da Gávea. Esa vía fue parte del circuito de la Fórmula 1 en la década del 50 cuando el proceso de ocupación de Rocinha no era, como es hoy, una ciudad dentro de Río y su ocupación apenas comenzaba. Dos patrulleros de la PM estacionados sobre la vereda contemplan el paso de la gente. Se respira una tensa calma en el barrio.

El grupo de turistas ignora los recientes episodios de violencia. El motivo de la visita es coincidente: buscan conocer una realidad radicalmente diferente a la de sus países. "Casi la mitad de las personas en Río viven en favelas. Quería venir acá por curiosidad y hasta por una cuestión de respeto, para conocer cómo son estos barrios y cómo vive la gente", dice Farhad, 30 años, oriundo de Londres.

Tras caminar por la estrada da Gavea, el guía propone comenzar el descenso hacia la parte baja. "Vamos a tomar un atajo", bromea. Entramos en un pasillo que hacia el fondo parece no tener fin. La sensación es la de estar entrando en un laberinto. Por momentos, el camino se estrecha tanto que debemos encogernos de hombros para pasar.

Al mirar hacia arriba, los bordes de las edificaciones parecen tocarse una con otra. El espacio es estrecho y los colgajos de cables de electricidad apenas dejan pasar una rendija de luz.

A medida que avanzamos, el silencio resulta por momentos atemorizador. Es viernes por la tarde, la favela esta casi "vacía" porque, explica Carlos, buena parte de los vecinos está trabajando fuera de la comunidad.

En Rocinha hay un episodio que ningún guía quiere recordar. En octubre pasado, la turista española María Esperanza Ruiz, de 67 años, fue asesinada por la PM cuando hacía una visita turística en la favela. El auto en el que paseaba dentro de la comunidad no se detuvo en un puesto de control y la policía no dudó: disparó. Ese hecho dejó una marca casi indeleble sobre el turismo de favela.

Próximo a la salida de los pasillos, nos detenemos frente a la escuela Municipal Francisco de Paula Brito. Desde hace dos meses tiene sus puertas cerradas porque los maestros dejaron de ir a trabajar. Nadie quiere exponerse y correr el riesgo de entrar en zona de peligro.

La rutina de los guías de favela cambió por completo en los últimos meses. En su mayoría, ahora trabajan en doble turno. Antes de hacer las salidas con turistas, recorren las zonas del paseo o consultan con vecinos del lugar para conocer cómo está el ambiente.

Estamos cerca de una de las numerosas de bocas de humo dentro de la comunidad, donde los narcotraficantes venden droga las 24 horas del día. En una de las casas frente a la escuela, aparece un graffiti con un mensaje desafiante. "Bala a la UPP -Unidad de Policía Pacificadora-. Talibán 157". La firma se refiere al antiguo jefe de la favela, caído en desgracia en noviembre.

A pocos metros de allí, salimos de nuevo a la calle. Unos niños juegan al fútbol sobre el asfalto, mientras en frente, sobre la vereda, una peluquera trabaja con la tijera sobre la cabeza de una señora. En la esquina, nos recibe un grupo de seis policías militares armados con fusiles de asalto. Su presencia intimida, pero para buena parte de los vecinos se convirtió en parte del paisaje cotidiano.

"Con la llegada de la policía hay más armas dentro de la comunidad, pero el tráfico sigue igual de fuerte que hace unos años. Sólo cambió que cada tanto se agarran a tiros", asegura a Infobae un vecino que prefiere preservar su nombre.

En Rocinha, el proyecto de UPP llegó en 2012. Apenas un año después, la delegación local quedó envuelta en un caso de abuso de autoridad y violencia policial que puso en crisis todo el esquema. Amarildo, un ayudante de albañil que vivía en la favela, fue desaparecido el 14 de julio de 2013, después de haber sido detenido y trasladado por policías militares auna unidad de la policía. 12 policías fueron condenados en la Justicia por su asesinato. El cuerpo de la víctima nunca apareció.

"El principal problema acá es social, de carencias, no la presencia de los narcotraficantes. Para la comunidad, los narcos son trabajadores como cualquier otro, con su salario y su jornada de trabajo, y nadie se mete en lo que hacen. Acá todo el mundo tiene algún compañero de la escuela o conocido de la familia que trabaja en el tráfico", dice a Infobae el guía.

De las 786 favelas de Río, Rocinha es la única que tiene bancos en su interior. Son tres, y están en la parte baja, por donde caminamos ahora, cerca de la estrada que la conecta con São Conrado. Aquí vive la población más pudiente de la comunidad.

En la salida de la favela, nos acercamos al punto de encuentro de la camioneta para volver a la zona sur de la ciudad. Sólo después de alejarnos unos 500 metros de la favela, el guía pide al grupo que contemple la enormidad de Rocinha. "Somos una ciudad dentro de la ciudad", concluye.

Mientras los vecinos esperan que la situación de violencia se aplaque, el turismo en Rocinha sobrevive, aprendiendo a convivir con la violencia.

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