
Corría el año 2001, o 2002, no recuerdo. Yo trabajaba en una oficina cerca de Corrientes y Florida, por lo que en las horas de almuerzo solía escaparme al El Ateneo a mirar libros. Un día de esos me crucé con Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel, que tenía en la tapa un corazón hecho con balas. Lo había visto reseñado en algún suplemento cultural, y el vendedor, que me conocía, me dijo que me iba a gustar. Sin poder explicar bien por qué, le tenía fe.
Tengo miedo torero es la historia de un amor imposible entre Carlos, un guerrillero chileno militante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, y "La loca del frente", un homosexual que habita los márgenes del género masculino y el femenino. En la primavera de 1986, en plena dictadura militar, Carlos forma parte de la célula que se dispone a atentar contra el dictador Augusto Pinochet; por esos días, conoce a "La loca del frente", una despolitizada marginal que se gana la vida bordando manteles para la clase alta de Santiago. Primero por conveniencia -Carlos le pide la casa para organizar reuniones y esconder "libros" (armas)-, y luego por genuina pasión, entre ambos va surgiendo una tierna relación -¿amor?-, al calor de discusiones políticas que de a poco comienzan a interesar a la enamorada.
La novela está bordada en un español exquisito, pero a la vez coloquial y sin pretenciones. La historia y la política son su telón de fondo, ingenuo y romántico por momentos, y descarnado a la hora de las definiciones. El título, uno de los más bellos que ha dado la literatura latinoamericana reciente, alude a la canción española "Tengo miedo torero", que fue interpretada por diversas artistas, entre ellas, Marifé de Triana, Sara Montiel, Lola Flores o Carmen Sevilla, un universo que sobrevuela la novela. "Tengo miedo, torero/ De que el borde de la tarde, el temido grito flote", cantaba.
Ese ejemplar de Tengo miedo torero se cansó de pasar de manos: cuando le perdí el rastro, había sido leído por varias decenas de amigos, conocidos y compañeros de trabajos a quien, insistentemente, les taladraba el cerebro insistiéndoles en sus virtudes. Cuando Seix Barral puso en liquidación el libro, compré varios, que regalaba para cumpleaños a quienes aún no lo habían leído, hasta que en un momento me quedé sin ejemplares.

Cuando viajé a Cuba, en 2012, acompañado por un amigo, vimos en una calle de La Habana el festejo comunitario de un cumpleaños y rememoramos una de las escenas más tiernas de esa novela. A mi vuelta, ese mismo amigo siguió su recorrido por Cuba unos días más, y encontró en una librería de Santiago de Cuba una edición barata, de Casa de las Américas, que me trajo de regalo. Por supuesto, ese nuevo ejemplar volvió a circular entre mis amigos.
Recuerdo que cuando se lo presté a una amiga -a sus horas, militante en la Unión de Estudiantes Secundarios-, me dijo que no tenía tiempo para leerlo: cerca de las 4 de la mañana de ese día, me escribió para decirme que no podía dejarlo, que por mi culpa no iba a dormir. También a ese ejemplar le perdí el rastro, a fuerza de prestarlo una y otra vez. Enfático, insistente e intenso, tanto lo he recomendado que no hay amigo que no sepa de mi predilección: gracias a ello, un nuevo ejemplar llegó a mis manos meses atrás, esta vez traído desde Chile. Por supuesto, ya está errando de mano en mano.
Cuando murió Pedro Lemebel, las necrológicas insistieron, con razón, en sus dotes de cronista, con las que documentó el mundo homosexual y de la marginalidad en Chile: las crónicas reunidas en Loco afán, donde contó la llegada de la epidemia del sida a estas latitudes en los años 80 y 90, fueron sin duda el punto más alto de su literatura. El primer aniversario de su muerte me dio una buena excusa para volver a insistir, y recomendarles que lean Tengo miedo torero, el libro más lindo del mundo.
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