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Quién fue Adolfo Constanzo, el narcosatánico de Matamoros que horrorizó por sus crímenes

A 30 años del caso que marcó a toda una comunidad

El cubano americano Adolfo de Jesús Constanzo, líder de los "narcosatanicos" vinculados con narcos en Tamaulipas.
El cubano americano Adolfo de Jesús Constanzo, líder de los "narcosatanicos" vinculados con narcos en Tamaulipas.
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Nueve de abril de 1989. La policía de Matamoros irrumpe en el Rancho Santa Elena. Los 110 kilos de marihuana que allí encuentran son el menor de los problemas, adentro hay un caldero de hierro que despide un hedor imposible de respirar. En su interior hay sangre seca, un cerebro humano, colillas de cigarro, cuarenta botellas vacías de aguardiente, machetes, ajos y una tortuga asada.

El horror continúa: los alrededores de la casa resultan ser una fosa común, una especie de catacumba con doce cadáveres ocultos y apilados. Todos descuartizados y sin cerebro ni corazón.

Lo más curioso es que todo comenzó esa misma tarde gracias a un evento fortuito. Horas antes del operativo en el rancho, David Serna Valdez, un joven de 22 años, conducía una camioneta en la carretera que conecta a Matamoros con Tamaulipas, cuando repentinamente se topó con un cerco policial que lo detuvo para hacer una revisión rutinaria del vehículo. En el interior encontraron restos de marihuana y una pistola calibre 38. Motivos suficientes para detenerlo. Luego de unas horas de interrogatorio, confesó que pertenecía a una secta ocultista de magia negra, en la que se mezclaban transacciones del narcotráfico con rituales en los que se sacrificaban personas.

Imposible saber si la policía creyó aquellas declaraciones al principio, pero al menos sí fueron lo bastante alarmantes para que se movilizaran de inmediato a la propiedad que les señaló el joven arrestado.

(Foto: Archivo)
(Foto: Archivo)

Los detenidos en el rancho confesaron a la policía judicial que ellos habían cometido todos esos asesinatos, pero también dijeron que una sola persona había dado las órdenes: Adolfo de Jesús Constanzo, un norteamericano hijo de refugiados cubanos que practicaba la santería y el Palo Mayombe, un culto místico de origen afroamericano que se caracteriza por la ausencia total de valores (diferencia entre Bien y Mal) en sus seguidores.

La vida de Jesús Constanzo fue desde el inicio una vorágine de desequilibrios. Antes de aprender a leer y escribir, su madre le enseñó a robar y a “fardear” (robos pequeños a comercios), provocando que a lo largo de su infancia fuera arrestado en múltiples ocasiones junto a su progenitora por crímenes menores como robo y vandalismo. Sin embargo, donde más empeño puso su madre fue en las enseñanzas del culto Palo Mayombe, pues ella misma se consideraba una sacerdotisa.

Ya de adolescente, Constanzo conoció a un sacerdote del mismo culto que lo arropó y le enseñó a enriquecerse vendiendo drogas.

En 1980 comenzó a ofrecer sus servicios de mayombero en Miami, pero al poco tiempo decidió trasladarse a la Ciudad de México, donde empezó a tener mucho éxito como lector de cartas de tarot. Los que lo conocieron dijeron que tenía una especie de magnetismo o carisma difícil de explicar. Los rituales de purificación o limpias le dejaban ganancias que iban desde los USD 8,000 a los USD 40,000 mensuales. Entre sus devotos había jefes del crimen organizado, altos funcionarios, celebridades y agentes de la Policía Judicial Federal.

(Foto: Especial)
(Foto: Especial)

No era extraño que Constanzo, como extranjero, se moviera en Matamoros, uno de los puntos fronterizos más importantes del país. Pronto estableció allí su culto, a través del cuál vendía droga que le proporcionaban sus aliados del narco a cambio de supuesta protección mística.

Deseoso de incrementar su popularidad y ganar más poder, comenzó a efectuar sacrificios en sus rituales para darles un toque de sensacionalismo y espectacularidad. Siempre lo asistía una joven divorciada que terminó siendo su musa y amante: Sara Aldrete, estudiante de Antropología de la Universidad de Texas, a quien conoció casualmente en un café.

Ella misma declaró haber torturado a algunas víctimas, entre ellas Gilbert Sosa, un traficante de drogas al que manipuló para que él mismo se colgara de una soga atada a su cuello, con las manos libres, para que al menos intentara salvar su vida. Luego, ordenó que lo sumergieran en un barril de agua hirviendo, mientras le cortaban los pezones con unas tijeras.

También narró cómo uno de los miembros le cortó el pene a una de sus víctimas y le abrió el pecho para sacarle el corazón mientras seguía vivo.

(Foto: Especial)
(Foto: Especial)

Después de aquellas declaraciones, negó su participación en los rituales, y aseguró que Constanzo la había retenido contra su voluntad. Sin embargo, muchos la señalaron como la gran sacerdotisa del culto, que además participaba activamente en todas las sangrientas ceremonias y se encargaba de reclutar nuevos miembros y de promocionar las actividades de la secta.

Adolfo explicaba que los ingredientes milagrosos para poner en un caldero eran la sangre y algunos miembros humanos mutilados, de preferencia cerebros de criminales o de locos. Lo ideal era que estos fueran de individuos de raza blanca, porque supuestamente eran más influenciables por el verdugo. Constanzo hacía mucho énfasis en este punto, porque, según el culto, para el victimario la tortura a la víctima era un factor muy importante. El alma del sacrificado debía aprender a temerle a su verdugo por toda la eternidad, y así quedar sujeta a él para siempre.

El rito concluía cuando los participantes bebían la sopa del caldero, pues creían que les daba todo el poder deseado por los criminales.

Varias de las víctimas fueron civiles inocentes elegidos al azar. Uno de ellos fue Mark Kilroy, un estudiante norteamericano de medicina que había desaparecido un mes antes que la policía allanara el rancho de Constanzo. Poco después se comprobó que su columna vertebral había sido usada por el líder de la secta como amuleto en forma de corbata.

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Antes de que la policía llegará al rancho Santa Elena, Constanzo, Adolfo, Sara (que siempre sostuvo que estaba secuestrada), Álvaro Valdez (El Duby) y Martín Quintana lograron huir hacia la Ciudad de México, en donde se encontraron con otros “discípulos”.

Después de tres semanas prófugos, las autoridades lograron interceptarlos gracias a que Sara logró enviar una carta en la que afirmaba que era rehén y que temía por su vida.

Al llegar la policía al departamento de la calle Río Sena, fue recibida por una lluvia de balas. Cuando Adolfo vio que una gran cantidad de agentes lo rodeaban, le ordenó a su compañero León Valdez que le disparase con una ametralladora que le arrojó a las manos. Fiel a su líder, Valdez decidió suicidarse con él. Ambos se metieron en un armario y León disparó.

Después de permanecer 22 años recluida en la penitenciaria de Santa Martha Acatitla, Sara Aldrete fue trasladada en agosto de 2011 a una prisión en Mexicali, donde se convirtió en escritora y comenzó a impartir talleres de escritura y lectura. También practica un poco de música y participa de manera activa en obras de teatro.

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